Aún Respiro 1: Dolor, dulce dolor... [+18]



Estaba solo en la oscuridad. Hacía ya rato que sus ojos se habían acostumbrado a la penumbra. Pero, a pesar de ello, entre las sombras solo podían adivinarse las siluetas negras de los muebles de la habitación como una amalgama de formas mezcladas y difusas. El aire aclimatado se mantenía a temperatura ambiente todo el rato. De hecho, si se mantenía silencioso unos segundos podía llegar a escuchar el vaivén susurrante del aire acondicionado entrando sinuosamente por las rejillas que revelaban los conductos del techo.

No obstante, no estaba en posición de quedarse escuchando los sonidos amortiguados que había en la sala. Su respiración pesada, de hecho, enmascaraba cualquier indicio de actividad más allá de las cuatro paredes que le rodeaban. El sonido de su corazón bombeando agitadamente sangre a su cerebro, haciéndole retumbar las sienes, bloqueaba por completo sus pensamientos.

Plic, plic… El sonido del sudor resbalando por su rostro y su cuerpo, estrellando sus gotas contra el suelo.
Tu-tum, tu-tum… Su corazón sin dejar de taladrarle el cerebro.

- Hah… hah… - su respiración agitada y ruidosa, abrasando el aire en sus pulmones.
Clinc, clinc… las cadenas que ataban los grilletes que mordían la piel de sus muñecas, manteniendo sus brazos alzados en el aire.
Crick, crack… los huesos de sus rodillas sobre el suelo a cada movimiento que hacía sobre el parqué.

Estaba a oscuras, solo, a temperatura estable. Pero él tenía calor. Jadeaba y sudaba como si acabara de correr una maratón. Parecía que el aire de la sala estuviera viciado para él y respirarlo le costara todo un esfuerzo.

Otro espasmo recorrió su cuerpo. Ahogó un gemido entre los dientes. La presión bajo la muda de cuero que aprisionaba sus genitales aumentó, haciendo crecer con ella el sudor y el calor. Parecía tener fuego en las venas, un fuego venenoso que le recorría por entero. Que tensaba sus tendones e hinchaba sus músculos. Al principio, la sensación le había parecido placentera, incluso podría decirse… deseable. Pero a medida que habían pasado los minutos, el deseo se había transformado en tortura.
Su cuerpo estaba tan excitado que no podía dejar de temblar. Las rodillas, entumecidas y doloridas de haber estado cargando con todo el peso de su cuerpo, a menudo fallaban y resbalaban. Y entonces todo el peso se descargaba sobre sus doloridas muñecas, quedándose colgado de los grilletes de cuero que ataban sus manos al techo.
Le dolía la espalda y los hombros, tenía agarrotado el cuello y las piernas. Y aun así, no podía dejar de disfrutar. Eso era lo peor de todo.

- Ha… ha… - jadeó de nuevo, se mordió el labio, ahogó otro gemido. – Bas…ta… basta… - suspiró, con la garganta rota por su respiración. Sólo podía suplicar entre sus pensamientos: “Por favor… que alguien… me…” – Ha… ¡Nngh!

Otra convulsión. Esta vez gimió sonoramente. Su núcleo de placer palpitaba fuertemente bajo el cuero que lo aprisionaba. Deseaba salir y ser saciado, culminar el placer. Pero aunque los espasmos hicieran que él intentase bajar las manos para tocarse y terminar con aquello; obviamente las cadenas se lo impedían.

Durante los minutos inmediatamente posteriores a la incomodidad producida por aquella excitación, había gritado, increpado y blasfemado. Había ordenado, implorado y suplicado clemencia, con tal de que aquella insufrible situación terminara.

- ¡Aagh! – gimió de nuevo cuando una de sus rodillas resbaló por el sudor y de nuevo su cuerpo hirviente quedó colgando de sus agotados brazos. El tintineo de las cadenas inundó el vacío oscuro a su alrededor.

“No puedo más…”, se lamentó mientras echaba la cabeza hacia atrás, sintiendo aguijonazos en su cuello, apretando las mandíbulas. “Quiero acabar… quiero correrme… Joder… Joder…”

- Mier…da… - masculló, apretando los puños. - ¡Mierda! – alzó la voz ronca en su garganta, repitiendo con más énfasis.

Otro tintineo de cadenas. Una gota de sudor que, empapando su pelo albino y resbalando por su frente, rodeó sus ojos negros y cayó al suelo con otro “plic”.
Escuchó el suave crujir del cuero. Si era de los grilletes de sus manos, del arnés de su pecho o de su castigada entrepierna, nunca llegó a saberlo.
Tiritó, gimiendo a caballo entre el placer y el dolor, el llanto y el disfrute.

Y en ese momento de debilidad, la puerta de la sala por fin se abrió. La luz del pasillo exterior se derramó en el interior y cegó a su único ocupante hasta el momento. Los muebles dibujaron sus verdaderos contornos, y el sudor sobre su piel brilló. Las cadenas que colgaban del techo, manteniendo sus brazos en alto, platearon. No obstante, en medio de la claridad que aturdía su vista, se dibujó una silueta oscura que se paró en la entrada, observando.

- Parece ser que ese suero de vitae vampírica funciona maravillosamente. – la voz que hablaba era suave, arrastrada y juvenil. Provocaba la misma sensación que un témpano de hielo resonando en una oscura caverna. - ¿Una hora y media es suficiente para ti, o quieres que me marche?
- N-no… ¡no! – gimoteó él.
- Ju… - risilla baja, y la sombra avanzó hacia la habitación.

A pesar de que el contraluz oscureciese su figura, sus rasgos se adivinaban perfectamente. Tan parecidos a los suyos, tan iguales… El mismo tono de piel clara, las mismas cejas albinas, el mismo pelo níveo, aunque en su caso peinado rebeldemente hacia atrás. Solo sus ojos, que a pesar de compartir el mismo tono de negro presentaban una delgada banda carmesí, diferían realmente del pobre diablo encadenado. Los dos hermanos, los dos gemelos… Esclavo y Amo, en la misma sala.

Sus botas se arrastraron por el parqué, y se acercaron al desdichado sufridor, que no dejaba de temblar. Emitió un débil gimoteo, cerrando los ojos. Pegó la cara a su brazo, apretó los dientes, frunció el ceño. Aquella situación lo abochornaba.
El sonido de las botas se detuvo justo frente a él, y acto seguido, sintió un tirón de la argolla del collar de cuero que tenía puesto en el cuello.

- ¡Aagh! – gimió sin querer, y sin atreverse a mirar a los ojos a su hermano.
- Pobre hermano mío… - podía casi sentir su sonrisa al lado de su cara sin necesidad de mirarle. – Abre los ojos. Mírame. No me hagas repetírtelo dos veces.

Sin dejar de apretar las mandíbulas, giró la cabeza, y se encontró cara a cara con el rostro de su hermano. Emitió un gruñido ahogado.

- Esto es lo que pasa cuando osas desafiarme en público, Valis. – pasó el dedo bajo su mentón, en una suave caricia hasta el cuello. El pobre maniatado suspiró, notando otro calambrazo en el cuello, la espalda y la entrepierna. – No necesito pegarte ni humillarte en público para someterte. Sería demasiado fácil para ti quedar como el digno esclavo rebelde al que someten a golpes… - su dedo bajó por su garganta, hasta su pecho. 

Apartó una de las tiras de cuero del arnés, y junto con el pulgar, empezó a pellizcar uno de sus pezones erectos. Valis se mordió el labio inferior y sus brazos temblaron aumentando tanto su tensión que los músculos fibrosos se le remarcaron bajo la piel. Se le escapó un gruñido agudo.

- Doblarte a fustazos… habría sido lo que realmente hubieras querido. – siguió hablando el Amo. – Pero se bien que lo que mejor te doblega es el placer, hermano. Hace que te vuelvas inusualmente obediente.
- ¿Por… qué me… ah… haces… es…to? – un nuevo gemido. – Para ya… Dame un… respiro…
- Dímelo tú. A fin de cuentas… - soltó el pezón de su Esclavo, y lo rodeó con pasos arrastrados, colocándose a sus espaldas. - … has sido tú quien ha estado reclamando mis atenciones esta tarde.
- N... no… yo no… ¡agh! ¡No! – mientras intentaba excusarse, su hermano había empezado a recorrer su espalda con los nudillos de una mano, mientras con la otra palpaba el bulto aprisionado bajo el cuero entre sus muslos.
- No oses negarlo. – apretó el bulto de su entrepierna, y Valis alzó el rostro entonando un gemido prolongado. – Te he visto, no hacías más que mirarme de reojo mientras tonteabas con la vampiresa. Incluso le has dado tu propia sangre… voluntariamente, vendiéndote como un pedazo de carne. Qué decepción… - sus dedos y su mano empezaron a acariciar su punto más cálido, y Valis no podía hacer más que retorcerse y contorsionarse.
- ¡Aagh! ¡Aah! Ha… ha… ¡kgh! – cerró los ojos, y el sudor volvió a resbalar por su rostro. El flequillo albino se le pegaba a la frente y a las sienes.
- Últimamente estás cogiendo la costumbre de no cumplir mis órdenes y de provocarme a cada minuto. Eso me molesta. – le siseó el otro al oído, pegando su pecho a la espalda de su hermano, adornado por un tatuaje con una columna vertebral tribal recorriendo su espina dorsal.
- No lo… hubiera hecho… si tu no me… ignorases… todo el rato… - la mano de su hermano empezó a tantear sus nalgas y a acariciar la parte interior de sus muslos. - ¡Ha-aah! – no podría soportarlo mucho más.
- Soy tu Amo, puedo ignorarte y dejar de prestarte atenciones cuanto desee. – sus dedos se escurrieron bajo la tira de cuero entre sus nalgas. – Y tú, como Esclavo tienes la obligación de obedecer y tragar, te guste o no. Aunque te sientas triste, solo o abandonado, aunque te corroan los celos y la envidia cada vez que me ves con otras personas. – sus yemas empezaron a tantearle por detrás.
- No… a-¡aahg! – se estremeció al sentir uno de los dedos de su hermano introduciéndose en su interior. - ¡Nnngh! Ha… ¡Ha—agh! ¡Ahh! ¡Her…mano!
- ¿Qué, Valis? ¿Disfrutas de mis atenciones? – le susurró al oído, con una risilla cruel, y empezó a juguetear con su lengua en su oreja. - ¿Quieres que te produzca un orgasmo? Puedo hacer que te corras en mis manos tantas veces como yo quiera… Con tocar en el punto adecuado, basta.

Dicho esto, a medida que le acariciaba interiormente con el dedo, arqueó levemente éste, y Valis se retorció, pegando su espalda contra él, gimiendo. Notó una severa palpitación en su entrepierna. El cuero le hacía daño… mucho daño. Se le escurrió una lágrima bajo las pestañas.

- ¡Basta! ¡No puedo más! – lloró, sintiendo que no podía resistirse. - ¡Valisën… ugh!

Su hermano tiró del collar de su cuello, ahogando sus palabras.

- ¿Cómo… me has llamado? – siseó peligrosamente al oído.
- Amo… Amo… perdóname por favor… - suplicó Valis, sintiendo que su raciocinio estaba al borde del colapso. - No puedo… no lo aguanto… más… ¡Termínalo, te lo ruego!
- ¿Quieres que te haga correrte, cachorro? – le pregunta su hermano, pasándole la lengua por el rostro para lamer sus lágrimas.
- Sí...
- No te oigo…
- ¡Sí! ¡Amo, por favor!
- Mucho mejor… - le coge la barbilla, dejando de torturar su virilidad atrapada con la mano por un momento, pero sin dejar de acariciar su interior con el otro dedo. - ¿Vas a portarte bien esta noche, Valis?
- Sí… Haré… ¡agh! Haré lo que… ¡tú me ordenes! – jadeó, dejó caer la cabeza cuando su Amo le soltó la barbilla.

Valisën entonces separó sus manos de él. El pobre Esclavo pudo permitirse un momento de respiro. El Amo se sentó en el suelo detrás de él, cruzando las piernas. Se escuchó el sonido de una cremallera bajándose. Entonces Valis sintió que le separaba la tira de cuero de las nalgas, y que su hermano le cogía por la cintura, haciéndole sentarse sobre él. Sus rodillas entumecidas parecían haberse encajado y estaban rígidas, por lo que le costó mucho acomodarse a una nueva posición. No obstante, al apoyar la espalda en el pecho de Valisën, sintió como su hermano entraba en él desde atrás. Gimió fuertemente, y su entrepierna volvió a palpitarle dolorosamente. Gritó de dolor. Tembló en los brazos de su hermano. Las cadenas volvieron a tintinear.

- Shh… no grites. No queremos que los invitados de abajo nos oigan, ¿verdad? – no le dio ni tiempo a responder, ya que Valisën introdujo sus dedos en la boca de su hermano, obligándole a acariciarlos con la lengua y los labios. – Muévete. Si me complaces, liberaré tu erección.
- ¡Nnngh! ¡Aahg!
- Haz lo que te digo. – le pellizcó dolorosamente un pezón de nuevo, provocándole otra descarga de placer que terminó en dolor cuando su entrepierna volvió a palpitarle.

Jadeando, notando la saliva desbordando su boca y humedeciendo sus labios, Valis empezó a moverse temblorosamente sobre su hermano. Su cuerpo estaba tan contraído que el mero hecho de mover las caderas de arriba abajo le costaba un esfuerzo sobrehumano. Al principio no podía hacerlo rítmicamente, porque sencillamente no tenía fuerza ni control suficiente sobre sus extremidades como para hacerlo. Al final, Valisën tuvo que azotar sus nalgas y agarrarle para ayudarle a encontrar el ritmo. Valis se agarró a las cadenas para lograr un punto de apoyo, y empezó a cabalgar de espaldas a su hermano.
Valisën le acariciaba con lascivia. Por la espalda, los hombros, el cuello, el vientre, el pecho, los brazos agarrotados… Devoraba su cuerpo sin que él pudiera verlo. Sus dedos le dejaban mudo, inundando su boca. Su otra mano no tenía piedad. Cada nuevo calambrazo hacía que Valis llorase de placer y dolor al mismo tiempo. Llegó incluso a pensar que, de seguir así, perdería la cordura.

Pero, llegado un punto, Valisën desabrochó le tira de cuero al completo, liberando su miembro hinchado, enrojecido y caliente. Lo sentía duro y dolorosamente rígido. El placer de la liberación y de dejar de sentir el cuero contra su placer abultado le provocó el primer orgasmo a Valis. Le dolió… sufrió en esa eyaculación. Pero Valisën no le dio tregua.

- Aún no te he ordenado que pares… - volvió a azotarle en las nalgas, obligándole a que se siguiera moviendo sobre él.

Agotado, casi sintiendo que se quedaba sin resuello, Valis se sumió en una especie de trance. Después del primer orgasmo, fue poco a poco perdiendo la consciencia de lo que hacía. Obedecía órdenes y a cambio podía recibir a su Amo más profundamente en su interior, notar más fuertes sus embestidas o sentir cómo lo torturaba usando su boca para estimular su miembro. Gimió, lloró, gritó... Saboreó los dedos de su hermano, y en algún punto, también sus labios. Tres veces más su cuerpo se sometió al clímax. Y luego, exhausto, quedó colgando completamente laxo de las cadenas…

Comentarios

Entradas populares de este blog

"Hello"

Rescue

GarrettXCorvo IV: All of you... is mine [+18]