Vrana III: "Vida y fuego. Fuego y vida"
Al salir de las mazmorras, la luz de las antorchas se les antojó tan cegadora como la del sol. Por fin habían logrado abandonar aquella húmeda y hedionda oscuridad, para dar paso a un pasillo que recorría un edificio austero y aparentemente vacío.
Vrana pudo, por fin, definir las facciones de su salvador. A pesar de la roña y los estragos del hambre, que marcaban sus huesos bajo la piel y las ojeras bajo los párpados; Íofur era un hombre joven. Tenía una melena increíblemente larga y pelirroja, a juego con una barba larga, rizada y desaliñada; y unos impresionantes ojos azules. Marcas de heridas y cicatrices marcaban varias zonas de su cuerpo, fibrado y de constitución delgada. A la vista quedaba lo que ella ya sospechaba: Íofur era más ágil que fuerte.
No podía decirse que lo reconociera. No lo hizo. Ni siquiera un ápice de familiaridad en aquella mirada o en su cara. Nada.
Aquello le provocó una interna decepción que no se atrevió a declarar en voz alta.
—Deberíamos movernos rápido. Con este caos debería ser fácil salir de aquí—. Las palabras del hombre sacaron a Vrana de su ensimismamiento y la obligaron a reaccionar.
—Necesitamos provisiones y algo para curar nuestras heridas—. No tenía demasiado claro el por qué de su razonamiento. Pero tuvo la sensación de que esa era la frase que debía decir en ese momento, como si ya la hubiera utilizado muchas otras veces en el pasado.
Íofur se quedó pensando un momento. Entonces empezaron a llegar sonidos de pelea y gritos desde el exterior. Con cuidado, se asomaron a una de las ventanas abiertas, y vieron cómo los correctores se veían dramáticamente superados en números por la marabunta de prisioneros desquiciados. Armados con armas robadas, palos, herramientas o cualquier otro utensilio que hubieran encontrado por el camino; aquel improvisado ejército de locos se lanzó sobre sus captores como una manada de lobos hambrientos: crueles, salvajes y sin ninguna coordinación.
No encontraron, efectivamente, a nadie merodeando por los interiores. Los pocos agentes que se habían logrado parapetar dentro de las instalaciones parecían más preocupados en encontrar escondites seguros que en intentar impedirles el paso.
De esta forma les fue muy sencillo llegar hasta el lugar donde yacían los enfermos. No obstante, lo que encontraron fue un escenario lleno de sangre y cuerpos mutilados. Alguien había pasado ya por allí, y se había ensañado con los más débiles. Vrana supuso que aquella visión debía de producirle algún tipo de sensación desagradable, pero por algún motivo, fue incapaz de reaccionar en el momento. Todo a su alrededor estaba empezando a adquirir un aire de irrealidad, como una pesadilla de la que en algún momento lograría despertar.
No quedaba demasiado que rescatar en la enfermería, pero cogieron lo que pudieron. Al bajar las escaleras hacia el piso inferior, vieron por la ventana que las cocinas y el granero estaban situados exactamente al otro lado del patio interior. Pero para ello tenían que atravesar la batalla campal que, ahora, enfrentaba a los prisioneros entre sí, ante la falta de correctores que descuartizar.
—Tenemos que intentarlo—insistió Vrana.
—Lo sé, pero no va a ser fácil—. Íofur seguía sin estar convencido, pero una vez más, estaban sin opciones. No podían intentar escapar sin provisiones, morirían de hambre antes de saborear siquiera la libertad. Al final, suspirando, el hombre asintió y miró fijamente a la mujer:—Pase lo que pase, no te separes de mi. Todo saldrá bien, ¿de acuerdo?
—Sí...—. Vrana se interrumpió cuando Íofur alzó el dorso de la mano para tocarle la cara en una caricia inesperada.
La mujer se quedó petrificada un segundo, pero acto seguido se apartó como si aquel contacto le quemara. Respiró agitadamente, sintiendo el corazón en la garganta. Íofur le dirigió una mirada confundida, no parecía esperarse esa reacción por su parte.
—Lo siento—. A pesar de la disculpa, Vrana se sintió mal por él. No creía que tuviera malas intenciones con el gesto. Pero, por algún motivo, aquel contacto se le había antojado insoportable, abominable, sucio, indigno... Demasiadas cosas a la vez. Demasiadas cosas que no entendía.—No vuelvas a hacerlo, por favor.
—No lo haré. No te preocupes—. El hombre se esforzó en sonreír. Mas Vrana se percató de que, en sus ojos, había tristeza en aquellas palabras.
—Tenemos que pensar cómo saldremos, los muros son muy altos—puntualizó ella, cambiando de tema.
—El muro del patio de las cocinas es un poco más bajo, podríamos subirlo si nos hacemos con algo de cuerda—. Íofur señaló el susodicho edificio a través de la ventana. Vrana se mostró conforme.
—Tenemos que pensar cómo saldremos, los muros son muy altos—puntualizó ella, cambiando de tema.
—El muro del patio de las cocinas es un poco más bajo, podríamos subirlo si nos hacemos con algo de cuerda—. Íofur señaló el susodicho edificio a través de la ventana. Vrana se mostró conforme.
Al llegar al patio ya era noche cerrada. El caos resultaba ensordecedor. Gritos, sangre, vísceras volando y estrellándose contra las paredes. Guardias, agentes, correctores, prisioneros... Nada parecía tener sentido en aquel motín. Era pura violencia.
Vrana e Íofur lograron escurrirse y evitar la parte más cruenta de la pelea, pero no tardaron en ser perseguidos. Entre los dos fueron capaces de quitarse de encima a la mayoría de los prisioneros que les atacaron. Íofur ponía un gran empeño en evitar que ninguno se acercara a su protegida, pero al verse superados en número, su tarea se volvía imposible por momentos. Vrana se movía con más agilidad de la esperada. Actuaba sin pensar, se defendía y atacaba por puro instinto. Aunque no supiera cómo, aunque no recordara el por qué, sabía pelear más que de sobra. Incluso podía decirse que llegaba a disfrutarlo.
Contra pobres desgraciados hambrientos e inexpertos en el combate (algunos hasta desarmados), podría decirse que la pareja tenía las de ganar. Pero hubo un momento en el que se vieron rodeados y acorralados contra una pared. Aunque fueran más diestros en el combate, ellos también estaban cansados y los otros les superaban en número.
Íofur se colocó frente a Vrana, empuñando el cuchillo ensangrentado. Miró a la mujer por encima del hombro, y hubo algo en sus ojos que a ella no le gustó...
Contra pobres desgraciados hambrientos e inexpertos en el combate (algunos hasta desarmados), podría decirse que la pareja tenía las de ganar. Pero hubo un momento en el que se vieron rodeados y acorralados contra una pared. Aunque fueran más diestros en el combate, ellos también estaban cansados y los otros les superaban en número.
Íofur se colocó frente a Vrana, empuñando el cuchillo ensangrentado. Miró a la mujer por encima del hombro, y hubo algo en sus ojos que a ella no le gustó...
Fue entonces cuando una espada hizo acto de presencia, sajando cuellos y cortando miembros, seguida de un grito de rabia que casi sonaba satisfactorio. Una figura enorme se alzó ante ellos, mostrando unas facciones angulosas, una expresión demencial y casi totalmente bañada en sangre ajena. Íofur se pegó a Vrana en ademán protector, pero aún así ella pudo notar que su protector temblaba ante su oponente.
—Ahora estamos en paz, señorita—sonrió el gigante. Vrana sonrió efímeramente, sin poder negar que aquella imagen también la había dejado paralizada momentáneamente.
No intercambiaron más palabras. Las puertas del patio empezaron a resonar, revelando que, desde el exterior, alguien estaba intentando abrirlas a golpe de ariete. El Guerrero reunió a los pocos amotinados que quedaban capaces de sostenerse en pie, o al menos de seguir órdenes. Escapar no parecía ser su objetivo, más bien parecía contento ante la idea de sumergirse en otra carnicería, aunque llevara las de perder.
Íofur y Vrana no perdieron el tiempo: se fueron corriendo hasta las cocinas, atrancando las puertas tras entrar.
Íofur y Vrana no perdieron el tiempo: se fueron corriendo hasta las cocinas, atrancando las puertas tras entrar.
Se aprovisionaron rápidamente, cogiendo un par de zurrones de piel, y metiendo dentro la comida que pudieron, así como las pocas previsiones médicas que habían conseguido. Revolviendo el lugar en busca de un trozo de soga, Vrana descubrió a un prisionero semidesnudo, agachado junto al fuego, prendiendo algo mientras murmuraba sin parar:
—Sólo creo en el fuego... Vida y fuego... Estando yo mismo en llamas enciendo a otros... Fuego y vida. Jamás muerte... Jamás muerte... Vida y fuego. Fuego y vida. Vida y fuego. Fuego y vida. Vida y fuego. Fuego y vida. Vida y fuego. Fuego y vida...
—Vrana, tenemos que irnos ya—. Íofur vio también al pirómano, sumido en su retahíla, sonriendo como un niño ante un juguete nuevo.
Ambos intercambiaron una mirada. Él no les miró, más bien ni siquiera parecía ser consciente de su presencia. Vrana cogió el trozo de cuerda, y acompañó a Íofur a la salida trasera. Justo entonces el pobre diablo comenzó a prender fuego a todo lo que veía, riendo sin parar en un incomprensible éxtasis personal.
Efectivamente, trepar el muro de piedra con ayuda de la cuerda fue relativamente sencillo. A pesar del cansancio y del dolor de sus heridas, lograron saltar al otro lado, aún con la sensación de la adrenalina punzando en las venas.
Echaron a correr, mirando atrás de vez en cuando para asegurarse de que nadie les seguía, y para ver el humo del creciente incendio alzándose hacia el cielo nocturno. Desde fuera, pudieron distinguir varias filas de soldados, algunos montados a caballo y otros a pie, derribando por fin las puertas del complejo. Más gritos, más ruido de pelea, de sangre contra el suelo. Tardaron un buen rato en alejarse lo suficiente como para que éstos se difuminaran en el aullante viento de la estepa, y el Hospicio de Santa Lidya se volviera tan sólo un punto incandescente en la lejanía.
—Sólo creo en el fuego... Vida y fuego... Estando yo mismo en llamas enciendo a otros... Fuego y vida. Jamás muerte... Jamás muerte... Vida y fuego. Fuego y vida. Vida y fuego. Fuego y vida. Vida y fuego. Fuego y vida. Vida y fuego. Fuego y vida...
—Vrana, tenemos que irnos ya—. Íofur vio también al pirómano, sumido en su retahíla, sonriendo como un niño ante un juguete nuevo.
Ambos intercambiaron una mirada. Él no les miró, más bien ni siquiera parecía ser consciente de su presencia. Vrana cogió el trozo de cuerda, y acompañó a Íofur a la salida trasera. Justo entonces el pobre diablo comenzó a prender fuego a todo lo que veía, riendo sin parar en un incomprensible éxtasis personal.
Efectivamente, trepar el muro de piedra con ayuda de la cuerda fue relativamente sencillo. A pesar del cansancio y del dolor de sus heridas, lograron saltar al otro lado, aún con la sensación de la adrenalina punzando en las venas.
Echaron a correr, mirando atrás de vez en cuando para asegurarse de que nadie les seguía, y para ver el humo del creciente incendio alzándose hacia el cielo nocturno. Desde fuera, pudieron distinguir varias filas de soldados, algunos montados a caballo y otros a pie, derribando por fin las puertas del complejo. Más gritos, más ruido de pelea, de sangre contra el suelo. Tardaron un buen rato en alejarse lo suficiente como para que éstos se difuminaran en el aullante viento de la estepa, y el Hospicio de Santa Lidya se volviera tan sólo un punto incandescente en la lejanía.

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