Vrana X: Problemas




Al despertar, Vrana no reconoció dónde estaba. Se hallaba en una habitación pequeña y austera, con un arcón junto a la ventana, entre dos maltratados lechos de paja que desprendían un olor no muy agradable. Ella yacía en uno de ellos. En el otro, reconoció una melena alborotada y rubia. Una vela sobre un estante arrojaba sus últimos destellos entre los últimos restos de cera consumida. Algo más de luz se filtraba por la ventana entreabierta, y se escuchaban los primeros cantos de los pájaros. Seguramente estaba amaneciendo.

Vrana permaneció un largo rato acurrucada en la cama, en silencio, cubierta por las deshilachadas mantas. Sus músculos parecían haberse vuelto de plomo, y renegaban de ejecutar ningún movimiento. Aún sentía el peso del cansancio sobre ella, sumado a los estragos de la malnutrición a la que se había visto obligada en su andadura. Pero, en aquellos momentos, más pesaba sobre ella el hecho de haberse enterado de que había sido madre en el pasado. Tenía dos hijos, nada menos. Uno adoptado, al que no reconocía. Y uno propio, al que no recordaba. Interiormente no sabía cómo sentirse. ¿Feliz de saberlo? ¿Culpable por olvidarlo? ¿Asustada por no saber qué hacer al respecto?

Acosada por las dudas, Vrana volvió a sumirse en un sueño intranquilo y tenso. Para cuando volvió a abrir los ojos, el sol se alzaba en lo alto, y Knar no estaba en su cama. Las ventanas ahora estaban abiertas, dejando pasar la cálida luz del sol. La mujer se enderezó, sintiéndose más descansada y a la vez, capaz de volver a dormir varios días enteros. Ya no llevaba los harapos que había vestido los últimos días, sino ropas sencillas pero de una calidad más que aceptable. Se percató también de la existencia de un par de botas gastadas a los pies de la cama. Y junto a ellas, había también un plato de madera con un trozo de pan, otro de queso y unas nueces ya abiertas. Al ver la comida, su estómago se retorció sonoramente, hambriento.

Knar no tardó en aparecer por la puerta, ya vestido y con las armas al cinto. Llevaba un manzana medio mordida en la mano. Vrana estaba terminando el desayuno, y dejó el plato a un lado.

—Buenos días—. Saludó él, esbozando una sonrisa afable—. Siento no poder ofrecerte nada mejor para desayunar, no llevo demasiado dinero encima.
—Te lo agradezco—. Vrana se esforzó por sonreír. Acto seguido se señaló la ropa con la mano:—¿Esto me lo has puesto tú?
—¿Eh? Ah... Bueno, sí—. Las mejillas del chico se ruborizaron extraordinariamente rápido—. Te desmayaste anoche, así que me tomé la licencia de alquilar una habitación al tabernero y de conseguirte ropa nueva. También guardé todas tus cosas en el arcón.
—Gracias otra vez—. Se hizo un silencio un tanto incómodo. Knar aprovechó para sentarse en su cama, quedando frente a Vrana, y le dio otro mordisco a la manzana—. Me alegro de haberte encontrado—dijo por fin.
—¿Cómo sabías que estaba aquí?
—No lo sabía—. Knar se encogió de hombros—. Íofur nos mandó que esperásemos en diferentes puntos por los que era probable que tú pasaras, y a mi me tocó este. Por cierto, ¿dónde está?
—...—Vrana apartó la vista y agrió el gesto. Cerró los puños inconscientemente mientras musitaba:— Él ya no está—. Knar interrumpió su último bocado a la manzana—. Íofur murió. Se sacrificó para salvarme de una patrulla que nos perseguía.
—No lo creo—. Knar contestó tan convencido que hasta Vrana se sorprendió—. ¿Le viste morir? ¿Viste su cadáver después?
—Pues... no. Pero...
—No creo que Íofur se dejara matar fácilmente. Él es muy fuerte, y muy listo—Knar sonrió, pero su sonrisa no duró demasiado, ya que Vrana le dedicó una mirada entristecida.
—Sí, lo era...—Antes de que el chico volviera a hablar, le increpó:—Escuché perfectamente los gritos y el ruido de las espadas mientras combatían. Estaba solo contra más de una docena de hombres a caballo, e iba desarmado. Ni siquiera él habría sobrevivido a eso.
—Pero...
—¿Has dicho que Íofur "os" mandó?—interrumpió ella, cambiando súbitamente de tema—. ¿Quieres decir que hay más de los nuestros esperándonos en otros pueblos?
—Sí, seguramente—. Knar se cruzó de piernas e intentó disimular su fastidio por la actitud de Vrana. Ella fingió no darse cuenta de ello.
—¿Y no deberíamos ir a por ellos, o avisarles de que estoy aquí?
—No, creo que no sería buena idea—. Knar suspiró, mordiéndose el carillo por dentro, como si intentara elegir bien las palabras que iba a decir—. Hay un problema. No somos los únicos que hemos venido a por ti.
—¿Qué quieres decir?—. Vrana empezó a mostrar cierta irritación en su voz.
—Éunor está aquí—. Ante la falta de reacción de Vrana, se apresuró a explicarle:—Fue un Agente de la Corrección en el pasado. Ahora es un cazarrecompensas. Lleva media vida persiguiéndote por el mundo.
—Pues no me acuerdo de él—. Resumió ella, como si no fuera evidente—. ¿Has combatido con él alguna vez antes?
—No, pero tú sí. Y le venciste.
—¿Cómo?
—Con el poder de Nadruneb—. Knar volvió a recuperar su sonrisa. Vrana no lo hizo. De hecho, dejó ir un suspiro exasperado. La Diosa, la Diosa...
—Pues ya no lo tengo, ¿de acuerdo?—dijo de mala gana, poniéndose de pie repentinamente. Knar se quedó confundido en el sitio—. No sé nada de Nadruneb, no sé nada de Arsgulf, no tengo ningún poder. ¡Ni siquiera sé quién soy!—. Vrana se obligó a sí misma a dejar de alzar la voz y a tranquilizarse. Knar la observaba con cara de circunstancias, cogido por sorpresa ante su reacción. La mujer suspiró y negó con la cabeza en actitud derrotista—. Lo siento, Knar. Pero yo no soy quien tú recuerdas, ni soy la persona que Íofur fue a rescatar. La Vrana a la que todos adoráis murió dentro de ese hospicio...

Knar amargó un poco el gesto ante sus palabras. Empero, en su gesto fruncido Vrana adivinó que el chico se resistía interiormente a darle crédito a sus palabras. En cierto modo sintió un ramalazo de envidia ante aquella determinación y aquella lealtad incuestionable. 
Aún así, el chico fue lo bastante adulto como para no echar más leña al fuego y dar paso a la siguiente parte de la conversación.

—¿Y qué quieres a hacer?—. Vrana relajó los hombros ante la pregunta. Fue al arcón, recuperó sus efectos personales. De entre ellos sacó el gastado mapa, que extendió en la cama junto a Knar.
—Íofur me dijo que fuera hacia el Oeste. Quería que volviera a Arsgulf para ver si recuperaba la memoria...
—Nosotros estamos aquí—. Knar señaló un punto indeterminado en medio de la llanura Dormenia. Vrana se le quedó mirando. Más o menos estaban a mitad de camino—. Si vamos por el camino...
—No—volvió a interrumpirle ella—. Nada de caminos.
—¿Estás segura?—Knar enarcó una ceja poco convencido.
—Totalmente—. No dio explicaciones, pero sobraba decir que no le apetecía repetir la experiencia que había tenido con Íofur cuando los guardias les interceptaron. Y menos aún después de saber que había un cazarrecompensas detrás suya.
—Bueno, vale. ¿Cuándo quieres partir?
—Ya mismo—. Vrana cogió su bolsa de viaje, e instó a Knar a hacer lo mismo—. Cojamos todo lo que haga falta y marchémonos cuanto antes.

Knar asintió sin protestar. Se dirigieron decididos hacia la salida de la posada. Vrana abrió la puerta, pero no llegó a poner un pie fuera. Un hombre estaba plantado ante el umbral, expectante, y les bloqueó el paso deliberadamente.
Vrana dio un paso atrás y le dedicó un gesto hosco al sujeto. Le devolvió la mirada un rostro curtido, ensombrecido por una barba descuidada y espesa. Se trataba de un hombre fuerte, bien pertrechado, aunque su equipo y sus ropas mostraran mil y un remiendos. Éste le dedicó a Vrana una mirada directa y esbozó una sonrisa extraña, debido a que una cicatriz que le partía verticalmente los labios le torcía el gesto.

—Hola Vrana. ¿Necesitas ayuda?

Comentarios

Entradas populares de este blog

"Hello"

Rescue

GarrettXCorvo IV: All of you... is mine [+18]