Vrana II: La pregunta
Tras varios minutos recorriendo los intrincados pasillos de las mazmorras, los ojos de Vrana se adaptaron a la oscuridad. Aún no era capaz de distinguir las facciones de su salvador, pero al menos empezó a ser consciente de los contornos de algunas sombras. Caminaban de manera torpe y lenta, aunque poco a poco ella fue capaz de andar por sí misma, sin necesidad de apoyarse en él. Aún así, cada paso le suponía un gran dolor y aún más esfuerzo.
A medida que ascendieron el aire y la pestilente humedad de las mazmorras se descargó, y se hizo evidente el sonido de un gran alboroto procedente del nivel superior.
—Así que esto es lo que estaba poniéndoles tan nerviosos...—comentó Íofur en voz baja.
—¿A los hombres de las máscaras? ¿Quiénes son?—. De haber habido algo de luz, Vrana hubiera visto la mirada sorprendida, a la vez que preocupada, que le dirigió su guía.
—Agentes de la Corrección. Son los que nos han encerrado aquí.
—¿Y qué lugar es este?
—Un hospicio. Un lugar terrible en el que traen a los locos y a los dementes para torturarlos, con la excusa de sanarlos—. La descripción sonó tan lúgubre como las propias mazmorras.
—¿Y... nosotros también estamos locos?—preguntó ella con miedo.
—Claro que no.
—Entonces, ¿por qué me trajeron aquí? ¿Y a ti?
—Porque eres la elegida. Yo estoy aquí para protegerte—. La respuesta confundió tanto a Vrana que dejó automáticamente de hacer preguntas.
Tampoco hubo ocasión, pues el eco de unas voces y unos pasos apresurados cortaron su conversación. Se dirigían hacia ellos, muy rápido, y un tenue resplandor reveló que llevaban velas o antorchas que les delatarían en cuanto aparecieran tras la esquina.
—Mierda, otra patrulla. ¿Qué hacemos?—. Íofur se puso tenso.
Vrana sintió que se le aceleraba el corazón y que la adrenalina le pinchaba en las venas. Antes de salir de la celda, había cogido una maza de uno de los agentes caídos. Íofur iba armado con el mismo cuchillo con el que los había degollado. Pero ni por asomo estaban en condiciones de plantarle cara a una patrulla de hombres armados.
Al mirar alrededor, buscando desesperadamente una salida, Vrana se percató de la forma de una puerta en la oscuridad. Se aproximó al ventanuco, para comprobar si estaba vacía. Y antes de que el hedor a heces le diera una respuesta, una mano surgió de la oscuridad, tratando de agarrarla del cuello. Vrana se echó hacia atrás con un grito asustado, evitando el garre sobre su garganta, pero la mano logró cogerle el pelo.
—¡¡Ábreme!! ¡¡Vamosvamosvamos!! ¡Líberame! ¡Jajajajajajajajaja! ¡Jijijijiji! ¡Vengavengavenga! ¡Ábreme a mi, suéltame, venga! ¡Jujuujuju!—Vrana dió un tirón con la cabeza, arrancándose unos mechones en el proceso, pero liberándose del agarre de aquel loco desquiciado.
—¡Vrana! ¿Estás bien?—Sintió que Íofur le tocaba el hombro.
—Sí...—. Vrana se pasó la mano por la cabeza y le pareció notar que sangraba.
—¡Vamooooooos! ¡Vengaaaaa! ¡Abridme, abirdme! ¡Jajajajaja!
La mano desapareció en la oscuridad, aunque la risa desquiciada de su dueño siguió reverberando en el interior. Vrana se dirigió entonces hacia la puerta adyacente y la abrió, tras comprobar que su inquilino estaba completamente atado en el interior. Agarró a Íofur de la mano antes de que protestara, haciéndole entrar. Cerraron la puerta casi del todo y se agazaparon tras ella al tiempo que la luz anaranjada se filtraba por el ventanuco. Las pisadas ágiles de las botas y las voces pasaron de largo, y tras unos tensos instantes, se difuminaron de nuevo en la oscuridad.
—¡Pssst!—llamó entonces la voz del preso y habitante de la celda—. Sé lo que estáis haciendo. Yo llevo años planeando lo mismo.—. Íofur y Vrana se miraron, sorprendidos y desconfiafos. Especialmente ella, que llegó a preguntarse si no conocería también a aquel sujeto por algún motivo que no recordaba—. Liberadme y os ayudaré.
—Claro, por supuesto...—rió Íofur con sarcasmo.
Vrana, sin embargo, aguzó la vista todo lo que pudo en aquella interminable oscuridad. El hombre que hablaba no le era en absoluto familiar. Pero alcanzó a distinguir su gran tamaño y una marcada musculatura. Sin duda aquel hombre era, o había sido, un soldado o algún tipo de guerrero mercenario. Aquello explicaba por qué estaba encadenado como si fuera una bestia. Bien pensado, la ayuda de un combatiente experimentado, aunque estuviera loco, no era algo desdeñable. Y menos aún en su situación.
Ladeando la cabeza, Vrana murmuró:
—Deberíamos hacerlo...
—¿Acaso has perdido el juicio?—. Íofur sonó escandalizado, pero las risas graves y ásperas del prisionero no tardaron en hacerse oír.
—¡Esa es la pregunta, sí señor!—. Al removerse bajo el peso de las cadenas, los eslabones repiquetearon entre sí con el reconocible sonido del metal—. Mi oferta sigue en pie, parejita. ¿Qué decís?
Vrana dio un paso al frente. Íofur se interpuso, cortando su intención. Una vez más no podía verle, pero se imaginó una expresión de alarma en la silueta oscura que era su rostro.
—Es uno de los Tres Guerreros, Vrana. Es peligroso...
—Todo aquí es peligroso—determinó ella. No tenía demasiada idea de lo que hablaba y aún así, intuía que llevaba razón. Pero tenía una corazonada, y no andaban sobrados de alternativas—. No podemos hacer esto solos.
Vrana se perdió de nuevo la cara que puso Íofur. Éste abrió la boca, frunciendo el ceño, pero terminó por tragarse sus propias palabras y guardó silencio. Ella se dirigió, entonces, hacia el prisionero encadenado, y con ayuda del cuchillo de Íofur y algunos golpes de su recién adquirida maza; lograron liberarle.
El hombre que se levantó era aún más corpulento de lo que se esperaban. Aunque no podían distinguir su expresión claramente, resultó evidente que estaba mirándolos fijamente. Su respiración sonaba fuerte como la de un toro. Íofur no bajó la guardia, cuchillo en mano, esperando cualquier amago o intento de traición por parte del Guerrero. Pero éste se limitó a sonreír a Vrana y decir:
—Gracias, señorita. No olvidaré que te debo un favor—. Dicho aquello, el gigantón se dio la vuelta y se dirigió hacia la salida de la mazmorra. Pero no sin antes gruñirle descaradamente a Íofur, quien aguantó su amenaza con asombroso estoicismo. Escucharon las carcajadas de demente rebotar por el pasillo.
—Maldito hijo de perra—gruñó Íofur, algo molesto.—¿Cómo sabías que no iba a matarnos?—le preguntó a Vrana.
—No lo sabía.
Al salir, escucharon revuelo y voces uniéndose en un coro caótico y extraño. El Guerrero estaba abriendo todas las celdas, liberando a todos los reos y dementes del lugar. Otro motivo más para salir a toda prisa de aquella oscuridad. Íofur encabezó la marcha, para no variar. Vrana se dispuso a seguirle.
Justo entonces una mano fría y pegajosa le agarró el hombro. La mujer ahogó un grito, y escuchó una voz afilada en su oído:
—Debiste haberme liberado primero—. Acto seguido la mano la soltó y la presencia se alejó:—¡Jajajajaja! ¡Jijijijijiiji! ¡Jujujujuju!—. La risa histérica se perdió en el creciente barullo de las mazmorras.
—¡Vrana, vamos!—. La mujer se giró hacia la voz de su compañero y trató de apretar su torpe paso para alcanzarle.
Al llegar hasta él, todavía tenía la desagradable sensación de miedo que le había erizado los pelos de la nuca y que zumbaba en su oído izquierdo con una risa histérica.

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