Los dos Anillos II: Silvana
“And so the day came, when I returned to Camelot. The beating heart of Britain itself, and the place when I have spent my childhood with my little brother Arthur.”
"Y así llegó el día de mi regreso a Camelot, el corazón de Britania, y el lugar donde había transcurrido mi infancia al lado de mi hermano Arturo.”Morgana LeFay, The Mists of Avalon/Las brumas de Avalon (2001)
Hacía diez años que no pisaba España. Por eso no podía evitar sentirse extraña mientras veía más y más gente aglomerándose en los modernos vagones del metro, hablando más idiomas distintos de los que recordaba, parando en estaciones que ni siquiera conocía.
Medio escondida del gentío en una esquina del vagón, cada vez que el tren vomitaba gente en una estación y volvía a rellenarse con la misma fluidez, la chica hacía un esfuerzo por respirar aire libre durante esos instantes de relax. También se había olvidado de esa sensación opresiva que podía ser el estar bajo tierra, en un tren lleno de gente hasta los topes. Afianzó los pies en el suelo lleno de todos los tipos de calzado imaginables, recolocando su mochila entre sus pies por enésima vez. Mientras el túnel negro se los tragaba; la joven veía su reflejo en la ventana con el vaivén de los cables de las paredes que pasaban a toda velocidad. Suspiró, ajustándose el auricular del reproductor mp3 por el que sonaban canciones de Poets of the Fall. Y justo en ese momento vio un mechón de su pelo, rubio ondulado con las puntas teñidas de negro, que sobresalía destartaladamente de su media melena recogida en una coletilla improvisada. Lo enredó en sus dedos de uñas cortas y piel clara, y se lo ajustó tras la oreja.
Por fin, la enorme curva y las paredes blancas del anden de la estación de Sol pasaron rápidamente ante sus ojos, haciendo desaparecer su reflejo en la claridad de las luces fluorescentes que iluminaban el lugar. Se quitó los auriculares, escuchando cómo la voz femenina y robótica de la megafonía repetía las líneas de correspondencia de la parada. Al igual que la gran mayoría de los ocupantes del vagón, se preparó, fijando sus ojos en la puerta, agarrando las abrazaderas de la mochila para dirigirse a la salida. El tren paró un poco en seco, provocando que todo el mundo diera un pequeño traspiés al compás, y acto seguido las puertas se abrieron.
Ella se abrió paso valiéndose de algún codazo y evitando más de un empellón, pero tras esos mortales segundos de aplastamiento entre la masa y de esfuerzo por que los que esperaban en el andén no la empujaran de nuevo hacia atrás, por fin estaba libre fuera del vagón. Se quedó un momento quieta en el andén, guardando su reproductor con los cascos envolviendo el aparato con el cable en uno de los bolsillos de su chaqueta vaquera. Se acomodó la mochila sobre un hombro, y siguió a la imparable corriente de gente hacia las escaleras mecánicas.
Lograr salir de la estación también le supuso todo un logro. Sol era todo un desbarajuste de escaleras, normales y mecánicas, y enormes carteles con los colores y números de las líneas de metro y cercanías que parecía hecho a propósito para que uno diera vueltas en círculo a lo tonto antes de poder salir. De hecho, tuvo que pedirle a un guardia de seguridad que le indicara por dónde era la salida principal, sintiéndose de paso un poco estúpida en el proceso, pero sin tener otro remedio. El hombre le indicó amablemente que subiera las escaleras mecánicas y luego siguiera por otras que encontraría justo de frente. Lo cierto es que, si se paraba a pensarlo, era bastante lógico y fácil de encontrar. Pero seguro que de no haber preguntado, a habría salido al otro lado de la plaza…
Al dirigirse a las primeras escaleras mecánicas, pasó al lado de un joven que hacía ruidos rítmicos tocando un montón de cajitas de plástico y tuppers de comida a modo de batería. Enarcó una ceja con una media sonrisa: la verdad era que sonaba muy bien.
Ya en la segunda tanda de escaleras mecánicas, la chica se encontró en el interior de una especie de cúpula de cristal que no recordaba haber visto en Sol cuando era pequeña, similar a una… ¿tortuga? Por ejemplo…
Fuera sí estaba el viejo Madrid de siempre. Bueno, la plaza se veía más amplia y los coches pasaban sólo por una dirección, lo cual no sólo había ampliado el espacio, sino también minimizado el ruido. También se sorprendió al encontrar la famosa estatua del oso y el madroño cambiada de lugar, cerca de la salida del metro en vez de frente a la calle Preciados, como solía estar antes. Pero no se detuvo mucho a admirar los detalles de la estatua. Se dirigió directamente hacia Preciados.
Era diciembre, hacía frío, aunque brillaba el sol, cosa que se agradecía. Al pasar al lado de la estatua del caballo, se fijó en el enorme árbol de navidad de forma cónica con dibujitos de estrellitas y corazones en rojo de diseños que recordaban a Ágata Ruiz de la Prada. Se le antojó bastante feo, de hecho. Pero, ¿quién era ella para hablar de gustos? Se limitó a echarle un vistazo, y a esconder los puños cerrados dentro de las mangas forradas de la chaqueta, lamentándose de no haber añadido otra capa más a su conjunto de vaqueros arrastrados y camiseta larga de algodón con cuello alto.
Su paseo hacia preciados le hizo encontrarse todo tipo de artistas en la calle: desde mimos estáticos mostrando posturas imposibles, a unos mariachi que se llevaban buena parte de la atención de los viandantes, o al ya famoso cuarteto de cuerda refugiado junto a los escaparates del Corte Inglés de Callao. Durante todo el camino, no dejaba de admirar cómo había cambiado Madrid en aquellos años. Ni siquiera la plaza de Callao estaba realmente como la recordaba. Estaba claro que se habían esforzado a toda costa en ampliar la concepción de “espacio” en un lugar que realmente siempre había carecido de él. Además, ahora franquicias y multinacionales como Starbucks®, McDonalds® y Vips® salpicaban las calles expandiendo su territorio. Milagros de la globalización.
La verdad era que podía haber llegado allí directamente en el metro, pero no le apetecía hacer trasbordos ni seguir aplastada en aquel vagón. Volver a andar por la ciudad le estaba ayudando a re-familiarizarse con ella. Aunque muchas cosas habían cambiado, ella había nacido en la capital. Por eso no dejaba de fascinarla y desorientarla al mismo tiempo todo lo que a ella le desencajaba con sus recuerdos.
Tras pedir nuevas indicaciones, se encaminó hacia la plaza de Santo Domingo. Divisó antes de llegar, atravesando una calle llena de restaurantes, en la que debía haber algún hombre que hacía sonar un acordeón entre las mesas; un mercadillo de puestos ambulantes con un montón de curiosidades expuestas. Desde ropa, artilugios decorativos varios y lucecitas de Navidad, a frutos secos garrapiñados y bisutería de todos los tipos y colores. Se interesó unos momentos en un puesto que vendía anillos y colgantes exageradamente caros para las piedras que tenían: turquesas, ónices, malaquitas, piedras de lunas… Cosas curiosas y bonitas. A ella le encantaban, cualquier cosa que tuviera con piedras o gemas, tanto a nivel geológico como esotérico.
Pero tampoco se detuvo más de lo necesario aquella vez. Se dirigió calle abajo por Leganitos, giró a la izquierda, y llegó finalmente a la Calle de la Bola. Una calle en cuesta abajo, asfaltada, de aceras estrechas y unidireccional al tráfico. Era un poco oscura, ya que los edificios eran altos y no dejaban pasar el sol. Bajó con pasos rápidos, y fichó en seguida un pequeño restaurante asiático donde vendían bandejas de sushi. Lo fichó en seguida para el futuro, intuyó que le iba a ser de lo más útil.
Más abajo, un edificio estaba más retirado gracias a un patio delantero salvaguardado de la calle por un muro de piedra enrejado y puertas de hierro forjado. El sol colaba sus rayos sobre su fachada grises y los derramaba directamente sobre los marcos de madera que adornaban los escaparates de una tienda esotérica, justo en frente. Sobre la puerta un cartel del mismo material reflejaba en letras cinceladas en un desvaído plateado la palabra “Adulai”, procedente de “adularia”, la piedra de luna que acababa de ver hacía tan sólo unos instantes en los puestos de la plaza calle arriba. Frente a su umbral, una agente de policía de pelo oscuro mantenía una serena mirada mientras dejaba que el sol le calentara el rostro. Parecía gradecida de ello debido al frío invernal, cualquier fuente de calor siempre era bienvenida.
Los pasos de la joven reclamaron la atención de la policía, quien inclinó levemente la cabeza cuando ella se acercó.
- Hola, siento el retraso. Hora punta en el metro… - se excusó la joven.
- No importa. – la guardia sonrió, y negó con la cabeza restándole importancia. – ¿Es usted la señorita Silvana Espinosa?
- Sí. – asintió la joven, provocando que se le escaparan un par de mechones rubios de su precario recogido.
- ¿Podría ver su identificación, por favor?
Con un gesto de asentimiento, Silvana dejó un momento la mochila militar en el suelo, y rebuscó entre sus múltiples bolsillos externos, hasta dar con la cartilla del pasaporte. Se lo entregó a la agente, quien lo observó con detenimiento y lo comparó con unos papeles que tenía en una carpeta en una mano. Un par de minutos después, le devolvió el pasaporte a la chica.
- Muy bien, ¿podría firmar aquí, por favor? – Silvana hizo un rápido garabato en el lugar señalado, y la guardia le entregó acto seguido la copia calcada del documento, y sacó del bolsillo de su uniforme una bolsita de plástico con unas llaves que tenían la cabeza de un unicornio de peltre como llavero. También se la entregó. – Bien, con esto queda todo en orden. Si tuviera algún problema o viera a alguien sospechoso, por favor, no dude en avisarnos.
- Así lo haré. – alegó ella, cogiendo las llaves que la mujer le tendía.
- Mis condolencias por la muerte de su abuela. – la mujer hizo otro gesto con la cabeza, y miró a Silvana durante unos segundos más antes de añadir: - Que tenga un buen día.
- Gracias, igualmente.
La agente giró sobre sus talones y se alejó calle arriba con paso marcial.
Silvana se quedó sola en medio de la calle. Sacó las llaves de la bolsita de plástico, y acarició con el pulgar de la mano el llavero del pentáculo. No pudo evitar que empezara a pesarle un poco la garganta, pero no se permitió seguir pensando en ello.
La puerta de la tienda estaba sellada con un cordón policial de precintado. Con ayuda de las propias llaves, Silvana lo despegó, y lo quitó de la puerta. Y teniendo libre la entrada, se tomó su tiempo para respirar profundamente, volver a colgarse la mochila al hombro, y finalmente pasar al interior.
La tienda estaba exactamente igual a como la recordaba, descontando los restos de la estantería rota y algunas manchas de sangre en el suelo.
Era pequeña y algo estrecha. Pero resultaba así porque en realidad el espacio estaba muy mal repartido. Los muebles eran viejos, de madera, muy ornamentados y aparatosos, y eso hacía que la estancia pareciera en cierto modo agobiante.
Nada más entrar, a la derecha, había un muestrario de pie vertical con un montó de hierbas en bolsitas catalogadas por propiedades, en nombre alfabético. Detrás, el escaparate, mostrando algunos minerales y abalorios y figuritas hechas de piedras. A su lado, se extendía el mostrador, que de hecho, era largo y ancho. Pero tampoco tenía muy bien distribuido el espacio: tenía expositores de velas aromáticas y colgantitos de los signos del zodiaco, y una caja con esencias para quemadores. Detrás del mostrador, había estanterías con figuritas de hadas, brujitas, fuentes y otros adornos de índole fantástica y esotérica. Dentro del mostrador, donde la clientela no podía verlo, y en los cajones de las estanterías tras ella, estaban los archivos, las cuentas, cientos y cientos de papeles, agendas, números y, por supuesto, el viejo teléfono domo.
A la izquierda de la entrada había un mueble estantería, típico de las bibliotecas, que hacía también de muro divisorio. En él había libros catalogados por tipos, todos referentes a magia, parasicología, prácticas de adivinación y otras mancias. Detrás de él, junto al escaparate, más piedras, una envidiable colección de tarots y complementos, más velas, más libros, inciensos y quemadores y otros tantos trastos a la venta que iban por el mismo estilo.
Al fondo, una cortina morada con el pentáculo encerrado en un círculo bordado en hilo dorado, bien grande y visible. Al lado de la tela, la sombra de lo que en su momento había sido una estantería de cristal con figuritas de resina y porcelana que, en aquel momento, estaba echa añicos sobre el suelo.
Silvana se quedó mirando los fragmentos un momento, aún esparcidos por el suelo, algunos con manchas carmesí, incluso en la pared. También estaban los restos de una vela derramada, sobre los cuales seguramente alguien había plantado la huella de su botaza y había dejado su impronta en la cera reseca.
Todo había sucedido justo ahí.
El informe policial que le había llegado a su casa en Reino Unido, hablaba de un apagón general en Madrid, y de un ataque de vandalismo, por parte de algún grupo de graciosos que habrían querido asaltar la tienda de mi abuela, y ésta, ante el estrés de la situación, sufrió un ataque cardíaco que le colapsó las válvulas del corazón, provocando, probablemente, que en su desmayo chocara contra la estantería y ésta se viniera abajo con ella, y la encontraran así al día siguiente. No había huellas dentro de la tienda, ni intentos de forcejeo en la puerta. Todo indicaba a que había sido un trágico accidente provocado por alguna panda de imbéciles.
En resumen, una broma pesada que había terminado en un mal susto.
Silvana, personalmente, pensaba que aquella historia era absurda. Lorena Espinosa no sufría ningún problema cardíaco, de hecho estaba muy sana para su edad, y hablaba con ella por teléfono todas las semanas. Si hubiera estado enferma, se lo habría dicho. Además, su instinto le decía que había algo ahí que no cuadraba. Pero no podía discutir con la policía. La verdad era que, viendo que la tienda no sufría desperfectos y que lo único efectivamente dañado era la estantería, podía resultar creíble. Y por otra parte, a parte de su intuición, no tenía ninguna prueba fehaciente que le ayudara a demostrar lo contrario.
El funeral de Lorena ya había pasado, y Silvana había vuelto a Madrid desde la isla inglesa para asistir y para encargarse, como único familiar vivo, de todo lo inherente al papeleo, firmas y herencias. Una de las cosas que había heredado era la tienda “Adulai” y el apartamento sobre ella, que su abuela compró pensando en tener el hogar y el negocio en un mismo sitio. Silvana había estado trabajando en un establecimiento similar en Reino Unido, así que sabía cómo hacerse cargo de la tienda de su abuela, o al menos tenía una ligera idea. Algo claro tenía: iba a tener que cambiar un montón de cosas. Sobre todo, porque no estaba allí para vivir en el recuerdo de su abuela, sino para seguir adelante donde ella se quedó.
Ella nunca había sido de las que se rendían fácilmente. Su carácter alegre y vivaz por naturaleza era algo que la propia Silvana había heredado. Y con veintiséis años que tenía, ya era más que mayorcita para saber buscarse las castañas ella sola. Además, no iba con su forma de ser el deprimirse durante demasiado tiempo.
Lo que necesitaba era pensar en otras cosas y comenzar a vivir su vida en Madrid. Y no había nada más estimulante que comenzar un proyecto nuevo con ese negocio.
Apretando las llaves en la mano, y con renovada decisión, Silvana dejó la mochila sobre el mostrador y se dirigió hacia la cortina. Ésta se corrió con el fino silbido de las argollas metálicas sobre la barra, y revelaron unas escaleras que ascendían hacia la oscuridad, torciendo a la derecha. Había un interruptor en la pared, que encendía una bombilla solitaria en el techo, que colgaba silenciosa por los cables. Arriba había una sala llena de trastos. Estaba claro que era el “almacén” de la tienda. Polvo, cosas viejas, cajas de repuestos, cajas sin desembalar… Lo único que le llamó la atención a la chica fue un curioso tapiz con la imagen de un dragón celta en el centro.
Tenía pinta de ser muy, muy viejo, y no pudo evitar preguntarse si no se trataría de otra reliquia familiar.
Como fuera, tendría que esperar a ordenarlo todo y hacer inventario de cosas para decidir sobre qué hacer con aquella habitación destartalada.
Bajó los escalones viejos al trote, y al llegar abajo encontró una figura oscura gracias al contraluz que formaba con el sol que entraba por la puerta abierta. Al llegar a su altura, vio que se trataba de una mujer. No era joven, pero tampoco vieja, debería rondar los treinta y tantos. Y era muy guapa, eso fue algo que le llamó la atención en seguida. Tenía unos impresionantes ojos verdes y el larguísimo pelo negro recogido en un montón de trenzas a la espalda. Vestía una falda larga de colores verdosos al estilo hippie, y podían adivinarse los leotardos negros que la protegían del frío bajo sus extraños zapatos. Tenía una gruesa chaqueta larga de lana que parecía hecha a mano como renda superior, lo cual hacía que su aspecto fuera bastante estrafalario. Parecía concentrada en las hierbas del expositor junto a la entrada.
De todas formas, de donde Silvana venía, las chicas tendían a vestir de forma aún más hortera, así que no le sorprendía.
- ¿Puedo ayudarla en algo? – preguntó Silvana de improviso.
La mujer desvió rápidamente su mirada hacia la joven. Silvana sintió que algo dentro de ella se removía cuando sus ojos se entrecruzaron, pero fue sólo un momento. No hubiera sabido describir aquella sensación. Pero fue una especie de atracción extraña, como si aquella mujer marcase su propio punto de gravedad.
- Hola. Tú eres Silva, ¿verdad? – dijo la mujer, esbozando una sonrisa arrebatadora. Tenía voz de madre, cálida y suave.
- Sí, ¿la conozco? – preguntó ella, extrañada porque la llamara por su diminutivo, acercándose lentamente, evitando el mar de cristalitos sobre el suelo.
- No nos han presentado, pero tu abuela me hablaba mucho de ti. Me llamo Ana, me alegro de conocerte. – la mujer me dio dos besos, y tardé un poco en responder. No estaba acostumbrada a los efusivos saludos españoles, ya que en Reino Unido había tenido que habituarme a otro tipo de costumbres, pero supuse que me volvería acostumbrar muy rápido. – Tengo una tetería un poco más abajo, en Leganitos. Tu abuela solía ir mucho por allí. – se explicó. – Hubiera querido ir a su funeral, pero he estado fuera estos días. Lamento mucho lo que le pasó, Lorena y yo éramos muy buenas amigas. – su voz se entristeció. Silva simplemente miró a un lado sin decir nada. – Mi más sentido pésame, Silva. ¿O prefieres que te llame Silvana?
- No, Silva está bien. – se encogió de hombros.
- Te pareces mucho a tu abuela, igual que tu madre. – sonrió.
- No es la primera que me lo dice. – Silvana también sonrió. – Milagros de la genética, ya sabe…
- Puedes tutearme. Que me traten de usted sólo me hace sentir un poco más vieja. – bromeó la mujer. Silvana sólo sonrió y asintió. – Si necesitas cualquier cosa, ya sabes dónde encontrarme. Tu abuela guardaba el número de mi local en la segunda memoria del teléfono.
- Muchas gracias. Seguramente me pase, soy toda una adicta a la teína.
- Me alegra oír eso. – Ana le ofreció la mano a Silvana, alegando. – Mucho gusto en conocerte.
- Igualmente. – Silvana estrechó la mano de la mujer.
Y acto seguido le sacudió un calambre. Pero no el típico chispazo momentáneo. Una corriente eléctrica que la sacudió desde la mano hasta el hombro, ardiente, como fuego en las venas. Silva retiró la mano de inmediato con un “¡Au!”, agitándola en el aire, sintiendo que le hormigueaban los nervios bajo la piel.
Ana parecía haberse llevado exactamente la misma impresión, porque ella también agitó su mano, mirando a Silvana con una expresión incrédula. No obstante, se recompuso en seguida. Si había algo de extraño en su mirada, la joven no logró distinguirlo a tiempo.
- Perdona, lo siento. Es que en mi casa estamos poniendo tarima flotante y todavía suelta electricidad estática. – se excusó, con la típica sonrisa torpe que cualquiera usaría para fingir sentirse culpable. - ¿Te he hecho daño?
- ¿Eh? No, no. Pero tenga cuidado, lo mismo se carga a alguien la próxima vez.
Silvana sonrió también, pero más para quitarle hierro al asunto que porque se lo tomara a risa. Era la primera vez que sentía algo así, y aquello no había sido muy normal que se dijera. No obstante, Ana volvió a despedirse, y se marchó de allí. La joven rubia la vio marcharse subiendo la calle.
Sin saber qué acababa de pasar, e intentando que no trascendiera mucho, Silvana cerró la puerta de la tienda exponiendo el cartel de “cerrado”, y empezó a ponerse con sus quehaceres, que no eran pocos.


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