Los dos Anillos: Prólogo

Autor: GatoCebolleto
Ambientación: The Mists of Avalon

“I thought that I knew what to expect when Vivianne and I reached Camelot. But it was beyond anything either of us had imagined…” 
“Yo creía que sabía lo que me iba a encontrar cuando Vivianne y yo llegásemos a Camelot. Pero lo que vimos superó con creces todo lo que habíamos imaginado…”

Morgana LeFay, The Mists of Avalon/Las brumas de Avalon (2001)




La sangre empapaba por completo los guijarros del camino de piedra que surcaba el lago inquieto y oscuro apoyado sobre los arcos del puente. Los cascos de los caballos hacían resonar el eco en la oscuridad, y aquello, sumado al hedor a sangre, les hacía estar nerviosos y resoplar sin parar. Bajo sus pies, el polvo se aglomeraba en montones manchando cadáveres y dejando a la vista lo que sin duda eran las huellas de una batalla que había terminado en carnicería. Iluminadas con la trémula luz de dos hileras de antorchas que ardían en los soportes colocados en sendos lados del puente, las cabezas de rostros irreconocibles, congelados en muecas indescriptibles, se alzaban clavadas en picas. El mismo viento suave que rizaba la oscura superficie del agua, tan negra como la noche que se cernía sobre ellas a pesar de la luna llena.
Aquel pasadizo de muerte les daba a las dos sacerdotisas de Ávalon una dantesca bienvenida al que en su día fue el símbolo de unión y de fraternidad entre las dos religiones más poderosas y más enfrentadas entre sí en el Reino de Britania. El hermoso castillo que todos decían que brillaba como el cristal, de murallas y torres tan altas como el mismo cielo, de un esplendor tan grande que debilitaba el corazón de todos los hombres; se había sumido en la oscuridad de la sangre y la inmisericordia, tapizando de rojo sangre y negro carbón las tablas del puente levadizo, impregnando sus cadenas con el olor de la degeneración.

Vivianne y Morgana compartieron una mirada de común sobrecogimiento y horror. Ambas sintieron un escalofrío surcando el interior de sus túnicas adornadas con los símbolos de la Diosa. La joven sacerdotisa abrió su mano izquierda enguantada, soltando las riendas que con tanta fuerza estaba sosteniendo debido al miedo que se estaba apoderando de ella, y la dirigió hacia la Dama del Lago. Vivianne no necesitó mirarla directamente para hacer lo propio, y cogérsela también con inusitada fuerza, mientras atravesaban el Gran Arco. El umbral de las puertas de Camelot.

Morgana nunca había creído del todo en las enseñanzas de los sacerdotes Cristianos, ni siquiera cuando de niña ella y su hermano fueron enseñados por uno de ellos. Ni siquiera había llegado a creer que realmente existieran un Cielo o un Infierno que recogiera a todas las Almas, pues para ella el ciclo natural de las cosas le daba un sentido completamente distinto a la existencia. Pero tenía que admitirse a sí misma en aquel momento, al ver la imagen aún más grotesca que se presentaba detrás de las murallas del sitio que durante tanto tiempo había sido su hogar, comenzó a entender qué era realmente el Infierno, porque estaban a punto de entrar en él.

La oscuridad se había adueñado del pueblo que rodeaba los muros del castillo. Por doquier se habían erigido picas, cruces y horcas donde decenas de hombres y mujeres muertos se mostraban clavados, crucificados o colgados en una amalgama caótica. Las moscas se amontonaban en las heridas abiertas y en las tripas colgantes. Los cuervos graznaban ansiosos, picoteando los ojos de los muertos y alimentándose de la carne pútrida.
“¡¡Muerte, muerte!!” chillaban los condenados, batiendo sus alas negras, casi riendo, como encontrando graciosa tanta desgracia. Las gentes se escondían aterrorizadas en las casas que aún quedaban en pie, pues muchas de ellas habían sido pasto de las llamas y sus tejados medio derruidos aún humeaban, levantando altas columnas de humo hacia aquel cielo sin estrellas. La luna llena lloraba desgraciada en el cielo, tanto Vivianne como Morgana podían sentirlo.

Durante su trayecto hacia el castillo por las calles principales, los guardias de Camelot se paraban frente a ellos, y cuando reconocían a la Dama del Lago o a Morgana, se inclinaban en un tenebroso silencio, y se alejaban sin variar un ápice las expresiones de sus rostros. Muchos de estos guardias llevaban las espadas manchadas de sangre, o restos de carne impregnando sus capas u sus armaduras.
Aquella barbarie no había venido de mano de las hordas sajonas que amenazaban desde la costa, y que se acercaban cada vez más al reino de los Péndragon. Habían sido los propios guardias y guerreros de las tribus que habían jurado lealtad al Rey los que habían aniquilado a sus propias gentes. 

No obstante, ninguno entre los que conformaban el inusual grupo que acompañaba a las dos sacerdotisas podía siquiera imaginar lo que iban a encontrar delante de las mismísimas puertas del castillo. Pues en el centro de la Plaza Redonda, en cuyo centro un día se elevó el árbol de la granada entregando sus bendecidos frutos, habían colocado un nuevo árbol, formado por los cuerpos mutilados y ensartados de docenas de niños. No obstante, a pesar de lo horripilante de aquella visión, resultaba evidente el detalle común en todos ellos. Presentaban en sus frentes y en sus ropas símbolos de cruces pintadas con sangre. 
Aquello les hizo entender en seguida: lo que habían visto desde su llegada a Camelot no era sino la persecución de todo hombre, mujer o niño bautizados en el cristianismo.

Uno de los guerreros de Ávalon espoleó a su semental, y lo colocó a la altura de las dos sacerdotisas, que observaban sin dar crédito aquellas calles sumidas en el terror y el desastre. Se apretaban la mano tan fuerte, que se les marcaban los nudillos, incluso a Morgana a través del guante:
- Mi señora. – le suplicó una vez más a la Dama del Lago. – Le ruego que nos retiremos ahora que estamos a tiempo. Este lugar no es más que un cementerio.
- Ya es demasiado tarde para eso, Declan. – dijo Vivianne, y su voz sonó atragantada. – Tenemos que detener esta atrocidad.
Con estas palabras, la mujer espoleó su caballo, soltando por fin la mano de su joven sobrina. Morgana se obligó a sí misma a apartar la mirada de la amalgama de cuerpos sin vida, y cruzó una mirada con el guerrero. El hombre reflejaba en sus ojos el mismo sufrimiento que ella, peor ninguno dijo palabra alguna. En aquellas circunstancias, daba la sensación de que cualquier sílaba deshonraría a las pobres Almas que habían sufrido lo indecible antes de que sus cuerpos fueran expuestos en pos de un ejemplo abominable. 

Los guardias de Camelot les abrieron las puertas del patio principal del castillo sin necesidad de órdenes. Y al entrar, encontraron varios crucifijos mostrando los cuerpos torturados de los sacerdotes del castillo a los lados del patio, alzándose entre las tiendas improvisadas que se amontonaban, albergando a los guerreros de las tribus que rendían culto a la Diosa, y que habían luchado desde hacía años junto con el Rey de Camelot. Sobre sus tiendas y en las escalinatas que daban directamente al interior del castillo, habían colocado estandartes y pieles con calaveras de ganado y otras fieras. En los estandartes de Pendragon habían pintado lunas de sangre en la boca del dragón, como símbolo de la Diosa sobre todas las demás religiones. Una jauría de perros ladraba y se peleaba en un rincón por los restos de lo que podría haber sido el brazo de alguien. No obstante, ninguna de las dos sacerdotisas prestó atención.
Morgana se detuvo en el centro del patio, y anunció:
- Soy Morgana, hermana del Rey. – lentamente se fue formando un corro alrededor de la comitiva. Los guardianes de Ávalon llevaron sus manos a las empuñaduras de sus espadas y lanzas, tensando los músculos, alerta. - ¿Dónde está mi hermano? – preguntó Morgana con impaciencia. - ¿Dónde está Arturo Pendragon?
Nadie parecía contestar. Difícil era saber si porque no querían o porque no lo sabían. O tal vez, sencillamente estaban esperando a que resonara el eco de la voz que llamó a la joven sacerdotisa desde lo alto de las escaleras, con la apariencia de un joven soldado que llevaba una armadura de malla y cuero negro, y una gruesa capa de piel sobre sus hombros.
- ¡Madre! – exclamó él, llamando la atención de las dos mujeres. – Qué sorpresa…

La luz de la luna reflejó sus ojos azules y fríos como el hielo. Morgana contuvo el aliento, viendo sin poder creer al hombre al que su instinto tachaba de culpable en toda aquella confusión y degradación de la vida misma. Viendo a su propio hijo descender lentamente las escaleras, clavando sus afilados ojos en ella, como si quisieran devorarla.
Vivianne desmontó del caballo, escudriñándole con gesto severo. Morgana la imitó, sin apartar la mirada de su hijo, Mordred.
- Así que has venido a ver a Arturo y no a mi. – canturreó sombríamente el joven, aun bajando por la escalinata. – Has venido a ver a tu hermano, y no al hijo que le diste.
Cuando llegó a la altura de su madre, Mordred alzó una mano en la que brilló un anillo que engastaba una piedra negra, y acarició la mejilla de la sacerdotisa. Aprovechando la turbación en los ojos de la mujer, el joven le apartó el pelo del rostro en un gesto tierno, y la besó en la cara casi con devoción.
- Bienvenida al nuevo Camelot. – sentenció entonces, sonriéndole orgulloso.
Morgana notaba que le ardía la garganta y que el corazón parecía consumirse en llamas. Notaba que el tacto de Mordred en su rostro casi la asqueaba. Había tantas cosas que quisiera decirle, tantas maneras de querer expresar lo mucho que lo había echado de menos durante todos aquellos años en los que no había podido estar con él, y al mismo tiempo de maldecirle por lo que había hecho… No fue capaz de reaccionar.

Fue, sin embargo, Vivianne quien tomó la iniciativa. Con gesto de desaprobación y de completa indignación, apartó a Mordred de Morgana.
- ¡Esto es abominable! 
Mordred giró lentamente la cara, apartando la mirada de su madre, y dedicándole a Vivianne una mirada de auténtico desprecio.
- Pensé que estarías orgullosa. Mantenemos vivo el espíritu de la Diosa. – sonrió con malicia.
- Éste no es el espíritu de la Diosa.
- ¿Creéis que conocéis su doctrina mejor que yo? – alegó una tercera voz apareciendo en escena.
Siempre habían sido tres hermanas: Vivianne, la mayor, La Dama del Lago. Igraine, madre de Morgana y Arturo. Y Morgause, la menor, siempre agazapada entre la sombra de la envidia y la codicia. Ella era a que en aquellos momentos bajaba el mismo camino que había recorrido que acababa de recorrer el joven de ojos azules y pelo oscuro, al que consideraba como su propio hijo. Ciertamente, había sido ella quien había cuidado de Mordred en ausencia de su verdadera madre. Y por esa razón, Morgana no pudo evitar tener un completó huracán de emociones encontradas en su pecho, amenazando con oprimir su corazón casi hasta destruirlo. Su mirada de ojos verdes se posó en Morgause. Pero aquella mujer sólo podía centrar su mirada desafiante en la figura Vivianne.
- Os quedasteis con todo mientras yo no tenía nada. – siseó Morgause, vibrante de odio. – Pero alguien velaba por mi. Y no me importa qué Dios fuera. – sus ojos grisáceos miraron desafiantes de su hermana mayor.
- Los hombres de las tribus sólo te siguen porque llevas el estandarte de Pendragon por encima de sus cabezas.
Vivianne subió las escaleras hasta quedar a un par de pasos de distancia de Morgause, y giró sobre sus talones haciendo que su túnica bailara al compás. Alzó la barbilla, dirigiendo su mirada hacia todos los presentes en el patio, que ya formaban una concurrida multitud. Se deslizó la capucha sobre la cabeza, liberando su larga melena rojiza y ondulada, adornada con diademas y cuentas brillantes que reflejaron la luz de la Luna. Por un momento, la mujer pareció emitir luz propia a través de su aura.
- Yo soy La Dama del Lago. – anunció para que todos pudieran escucharla. – Soy la Gran Sacerdotisa de Ávalon. Y declaro que ella… - señaló a Morgause con un dedo acusador. - … os ha engañado.

Morgause apretó los labios y apretó los puños bajo las largas mangas de su vestido. Mordred no cambió la expresión de su rostro, sencillamente examinaba la situación con su mirada calculadora.
Vivianne dirigió una mirada decepcionada a los guardias, soldados y hombres de las tribus que habían sacrificado todas aquellas vidas bajo las órdenes de una mujer cegada por la envidia.
- Esto no es Ávalon. – señaló con la mano a los sacerdotes colgados. - ¡Esta no es la voluntad de la Diosa a la que sirvo! – se giró otra vez, enfrentando a Morgause, y volvió a señalarla. - ¡Es SU voluntad! ¡Asesinato y perversión! – empezó a crecer un cuchicheo generalizado.
Morgause empezó a hiperventilar, viendo que todas sus argucias se iban al traste bajo el peso de las palabras de la Dama del Lago. Los hombres volvían a empuñar las armas, y muchos de ellos comenzaron a dirigirle miradas de completa desaprobación. Buscó apoyo en los ojos de Mordred, pero éste se mantenía impasible ante la situación. Por eso su mano aferró el mango del puñal que guardaba en la manga izquierda de sus ropas. Apretó los dientes, odiando a Vivianne con todas su fuerzas, escuchándola hablar, detestándola por ella.
- ¡Mi hermana es una bruja malvada que intenta destruir todo lo que representa Camelot…!

El discurso de Vivianne se vio interrumpido por el grito visceral de Morgause, que enarboló su filo escondido por encima de su cabeza con intención de atravesarle el pecho a su hermana. No obstante, los reflejos de la sacerdotisa fueron más rápidos, y aferrando la muñeca de Morgause, redirigió el cuchillo hacia abajo, de forma que su propia hermana, al bajar los escalones, se clavó el acero del cuchillo en la boca de su estómago. Su grito se interrumpió, a medida que le faltaba el aire. Vivianne la sujetó entre sus brazos. Morgause le dirigió una última mirada odiosa antes de que su aliento empezara lentamente a detenerse, y finalmente se derrumbó en las escaleras. La sangre había empapado por completo su vestido, y empezó a formar un charco oscuro que goteó por los escalones.

Mordred abandonó por fin la compañía de Morgana, y se precipitó sobre el cuerpo de su madre. La llamó varias veces. Y ésta, con su último aliento, le acarició un mechón de pelo, y finalmente su presencia se desvaneció como el humo en al aire.
Vivianne retrocedió, llevándose la mano manchada con la sangre de su hermana a los labios. Morgana también se llevó las manos al rostro, conteniendo la respiración. Se formó un revuelo detrás de ella, y los hombres se revolucionaron.
Y en medio de la confusión, Mordred giró el rostro, clavando sus ojos azules en Vivianne, quien no podía apartar tampoco la mirada del cuerpo de su hermana. No obstante, al joven poco parecía importarle que la mujer no lo hubiera hecho a propósito, o que no hubiera tenido opción. Poco le importó en aquel momento el resto de gente en el patio, o la mirada desamparada de su verdadera madre. No le importó nada.
Así que con un rápido y diestro movimiento, desenvainó su espada, y cargó contra Vivianne.
- ¡¡NO!! – se escuchó la voz de Morgana, al ver a su hijo abalanzarse contra ella.

Pero reaccionó tarde. La espada de Mordred sajó el cuerpo de la Dama del Lago de parte a parte, y la atravesó por completo. Vivianne ahogó un grito, y su cuerpo cayó junto con el de Morgause. Mordred lanzó un grito desgarrado al aire. Morgana corrió a arrodillarse junto a Vivianne, gritando y llorando su nombre. Los guardianes de Ávalon se precipitaron, buscando ejecutar al asesino de su Señora allí mismo, pero los guardias de Camelot se interpusieron. El caos reinó entre los hombres de las tribus. Y en apenas unos minutos, se desató una pelea generalizada a puño y espada ante los escalones de Camelot, manchados con la sangre de las hijas de Ávalon. En medio de la confusión, Mordred dejó caer su espada al suelo, y mirando a su madre meciendo el cuerpo sin vida de Vivianne entre sus brazos, se perdió entre el gentío revolucionado, cogió uno de los caballos de los guerreros de Ávalon, y salió a todo galope del patio, perdiéndose por las calles del pueblo, huyendo del castillo y del reino.

No obstante, la pelea no duró más que unos minutos. El suelo tembló y se estremeció, deteniendo el enfrentamiento de inmediato. Un fuerte viento se levantó y azotó a todos los presentes, tanto en el patio como en todo el pueblo de Camelot. El cielo se cubrió de una extraña bruma nebulosa, y los rayos y los relámpagos azotaron su bóveda. Y en el centro, la luz de la luna llena comenzó a menguar en una especie de eclipse lunar, dejándola con la forma de luna creciente.
El símbolo de la Diosa. Todos los presentes, tanto si querían como si no, se quedaron mirando aquella extraña figura creada por los astros, movidos por la mano de aquella fuerza poderosa que muchos todavía no habían olvidado. Y uno a uno, fueron cayendo de rodillas, postrándose ante la evidencia. Comenzó a llover en un aguacero violento y pesado. Ella lloraba ante lo ocurrido, gritaba con sus truenos la pérdida de Vivianne. Una nueva oscuridad se sumió sobre Camelot. La oscuridad de una maldición sobre aquellos necios que habían desprestigiado todo lo que ella les había enseñado, y que habían traído tanto sufrimiento al mundo.
Lejos, muy lejos de allí, en Ávalon, las sacerdotisas derramaron lágrimas negras, y las que habían jurado su silencio a la Diosa lo rompieron entre gritos y llantos.
La Dama del Lago había muerto, y con ella, se iba una parte de Ávalon.

Morgana también contempló el eclipse con el corazón destrozado, a pesar de que sus ojos estaban demasiado cegados por las lágrimas. Y en ese momento, la luna creciente emitió un cegador brillo, y todos aquellos que habían masacrado a sus semejantes bajo las órdenes de Mordred o Morgause, quedaron cegados por la luz, y se llevaron las manos a los ojos, sintiendo que sus pupilas se quemaban, quedando desprovistos de la vista para el resto de sus días por su traición.
La lluvia amainó, el viento se calmó, el cielo volvió a despejarse. Los guardianes de Ávalon, que mantenían sus ojos intactos, se alzaron del suelo, contemplando la escena con confusión o suplicando perdón a la Diosa entonando oraciones en el idioma antiguo. Declan corrió hacia Morgana, y se arrodilló junto a ella, pasando sus dedos ásperos por la pálida y fría mejilla de Vivianne. Él también lloró, pero en silencio, dejando claro que había fallado en su misión.
La mano de Morgana aferró la suya, y sus ojos verdes e hinchados le miraron con determinación entre el dolor y la angustia.
- Ahora llévame… ante el Rey. – ordenó.

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