Equalion 2: Cruce de caminos



DRAGAN

El mercado de Narderidut bullía actividad, incluso recién caída la noche. Los productos más frescos se subastaban rápidamente en la lonja, y los artesanos golpeteaban cacerolas y cencerros, llamando la atención de sus posibles compradores de forma escandalosa, como si el sonido constante de las fraguas y las industrias del metal no fueran suficientemente molestos de por si.
En medio de las callejuelas atestadas se aglomeraban artistas callejeros que tocaban animadas melodías propias de la región, o de malabaristas que lanzaban diversos objetos al aire, y los hacían bailar con gran maestría.

Sin embargo, los más aclamados eran los que se llamaban a sí mismos "danzantes del fuego". La mayoría aprendices magos con demasiado tiempo libre o hechiceros de poca monta que habían decidido cambiar los viejos tomos de hechicería por la farándula callejera. Todos llevaban los distintivos colgantes con Piedras Íngeas brillando con llamativos colores rojizos, propios de la Academia de la Isla del Fuego. Por lo general, cualquier mago que se preciara ocultaba celosamente su cristal mágico y no dejaba que nadie lo viera, pero al mismo tiempo lo llevaba siempre consigo a todas partes.
Pero estos magos danzantes, sin embargo, los llevaban a la vista. Prendían sus manos con fuego por arte de magia y hacían dibujos en el aire a gran velocidad, o tragaban líquidos inflamables y escupían a las antorches que bailaban en manos de alguna hermosa joven, creando llamaradas y formas imposibles.
Creaban grandes corros a su alrededor, con curiosos de todas partes que aplaudían y les arrojaban monedas. Y así, sin percatarse, los ladronzuelos les robaban las bolsas de oro sin que se percataran. Quedaba clara la razón por la que aquellos magos callejeros llevaban sus cristales a la vista: llamaban la atención de más gente, y a cambio de tener al tumulto entretenido para ser saqueado a escondidas, los ladrones de la zona les respetaban.
Se podría decir que era un pacto de honor entre ellos. Por eso en Narderidut había un dicho conocido: "Quien admira chispas no cuenta oro".

En medio de todo aquello, Jonny "el Gordo" y el lobo llamado por todos "Khan", caminaban sin prestar demasiada atención a su alrededor entre la gente. El imponente tamaño del capitán bastaba para hacer que todos se apartaran ante su voluminosa presencia, y la presencia del animal espantaba a los pícaros y los mantenía apartados.
Normalmente el Capitán solía ir a la taberna con el resto de su tripulación. Era el único momento en el que se permitía relajarse un poco, ya que en el Dientedragón todos sabían que era mejor no andarse con tonterías cuando se trataba de John Hounder cuando estaban de travesía. Sin embargo, aquella noche tenían dos citas importantes.

La primera fue ir las fraguas, a encargar a los magos que trabajan en ellas cristales de energía para los motores y para los cañones.
La segunda, la visita reglamentaria que siempre hacían en Narderidut, al barrio de los artesanos, donde trabajaba un mecánico algo entrado en años, pero con diferencia el más habilidoso de todos, aunque su prestigio no fuera el de los más altos. Era un poco huraño y nada hablador, pero hacía bien su trabajo, que era lo que contaba. No obstante, mostraba con el capitán una amistad bastante profunda, y a menudo ambos charlaban animadamente sobre las noticias de la ciudad, sobre viajes o novedades en las otras islas. Además, eso también ayudaba a que el coste de las reparaciones y la puesta a punto de los miembros mecánicos del capitán fuera menor, al menos monetariamente hablando. La información procedente de otras islas también se consideraba valiosa, ya que los medios de comunicación entre las ínsulas flotantes eran bastante escasos.

El lobo tenía la costumbre de sentarse junto al marco de la puerta de la entrada del taller, mientras su amo y el hombre hablaban. Aquello era algo que le había hecho ganarse el respeto del mecánico, quien en ocasiones le daba algunos huesos para roer y carne para que comiera. De algún modo le gustaba que el animal vigilara su propiedad mientras hablaban de "asuntos importantes". No obstante, no por ello el lobo dejaba de escuchar:

- ¿Cómo van las cosas fuera? Hace casi dos meses que no vienes por aquí, ¿habéis ido muy lejos? - preguntaba el mecánico, mientras hurgaba con sus finos destornilladores en el antebrazo del capitán.
- Tsh... Ya sabes Eric, todo sigue igual. Los Aquarenses siguen tan estirados como siempre, con esos malditos nobles y sus precios desorbitados. Venden sus trozos de hielo como si fueran Cristales Gélidos. - el hombre hablaba con evidente antipatía. Sobraba decir que no les tenía demasiada estima a los habitantes de la Isla del Agua. - Creo que dieron por Terminada La Purga el mes pasado.
- Hmmm... así que, finalmente, una isla libre de cambiaformas, ¿no? - el lobo notó un tic en la oreja izquierda, sin apartar su vista de la penumbra callejera. - Parece increíble que al fin lo hayan conseguido...
- De cambiaformas libres, querrás decir. - Hounder gruñó con desagrado. - Da coraje verlo: todos ellos encadenados como mulas de trabajo, ¡vergonzoso! Y aquellos que no se doblegaron... ¡Agh! Menudo baño de sangre... Y aún así, seguro que muchos se les han escapado de entre los dedos y han huído a otras islas.
- O han ido Abajo. - un muelle rechinó, y ante el silencio que se formó entre ambos.
- No. - dijo el capitán con determinación unos interminables segundos después. - Ni siquiera esos pobres salvajes están tan desesperados por hacer algo así.

El capitán se quedó mirando al lobo. El animal seguía dándoles la espalda sin inmutarse. De vez en cuando sus orejas se movían captando los sonidos de la calle. A su lado, el plato brillaba vacío. Había devorado los restos de carne y los restos de huesos como si su vida dependiera de ello. Nunca le había gustado el pescado que le daban a bordo, pero no había más remedio. Aunque con el tiempo Khan se había llevado la admiración y el cariño de casi todos los miembros de la tripulación, considerándole uno más de la familia, en el interior de sus corazones le seguían teniendo miedo. El único que realmente le quería con locura era Nejo. Los demás pensaban que si se acostumbraba a la carne podría atacar a los humanos en algún momento. El capitán sabía que eso era sólo una superstición estúpida que tenían sobre los perros en general. Pero no había logrado convencer a sus hombres de lo contrario.

- Supongo que siempre les queda la Isla de la Tierra, siempre son bien recibidos allí. - el mecánico insertó el último tornillo, y empezó a ensamblar la cubierta de la articulación. - ¿Habéis volado por esa zona esta vez?
- ¡Ah, por los Siete Vientos! ¡Ojalá, viejo amigo, ojalá! - se lamentó el hombre. - Tengo entendido que ha llegado la estación de las lluvias allí. Y ver a esas druidas cada vez que se mojan bailando alrededor de sus feas columnas pintarrajeadas mientras fumas de sus pipas... ¡Si el Otro Cielo existe, esa isla debió caerse de allí! - el capitán se carcajeó como si estuviera preparando un esputo. - No, nuestra última travesía nos llevó a ese montón de arena que llaman Majkra.
- Tienen buenas telas allí, y el oro de mejor calidad. - alegó el otro.
- Y ya. Las mujeres van tan tapadas que no les ves ni los ojos, ¡tsk! - se encogió de hombros. - Algo te voy a decir sobre los Aeroenses: puede que los del Agua sean unos ególatras de cuidado, pero al menos los que están en los altos cargos no permiten que el resto de la población pase hambre. En cambio esos payasos de la arena dejan que la gran parte de su población se muera de hambre. Tuve suerte de que Khan estuviera conmigo cuando desembarqué, o me habrían robado hasta los calzones...
- Sería fácil, si los usaras. - el mecánico se rió y el capitán le acompañó.
- Lo más interesante de allí fue encontrar a mi nuevo grumete. - alegó. - Intentó robarle la cartera a uno de mis chicos, y le cogieron con las manos en la masa. Querían lincharlo cuando regresé al Dientedragón, pobre muchacho... Llevaba al menos seis días sin probar bocado.
- Tú y tu pasión por la caridad. - Eric levantó una ceja. - Primero recoges perros y ahora niños. ¿Qué va a ser lo próximo?
- ¡Bah! ¿Qué sabrás tú, que vives en este peñasco hirviente? - el capitán carraspeó, y ocultó su vergüenza con su furia habitual.
- Sí, sí, qué sabré yo...

El lobo dejó de prestar atención a la conversación. Lo siguiente se le antojó menos interesante. Eric habló sobre los últimos cotilleos de la ciudad, sobre que la Academia del Fuego, situada en la loma del volcán Deutanamon, la montaña más alta de la Isla del Fuego; quería rivalizar en un torneo de magos contra la Academia del Agua. También comentaron algo sobre sus andanzas por los burdeles, pero al fin el mecánico comentó algo que despertó el interés del lupino:

- ¿Un tipo raro dices? ¡Mil demonios Eric, esto es un puerto! ¡Lo único que hay son tipos raros! - preguntó el capitán.
- Un hombre con una máscara, que va por ahí reclutando marineros para un viaje largo. 
- Jeh, ¿máscara? Aquarense entonces... - el capitán no le dio importancia al dato.
- Tal vez, desde luego no se presenta como tal. Aunque, por lo que se cuenta, tiene pinta de ser noble: tiene mucho dinero y un barco enorme, pero no lleva ningún blasón. - bajó la voz al añadir: - Dicen que quiere ir Abajo en busca de unas reliquias antiguas.
- ¡JA-JA-JA! - la risa del capitán fue tan violenta que se perdió el límite entre sarcasmo y divertimiento. - ¡Menudo imbécil! ¡Estos nobles siempre queriendo hacer cruceros a las tierras oscuras para hacerse los valientes! ¡Bah, ojalá que encuentre tripulación y los Siete Vientos se lo lleven!

El capitán parecía bastante enfadado. No obstante, el enfado no le duró mucho tiempo. Al rato volvieron a hablar de otra cosa. Finalmente, Hounder pagó al mecánico, se despidió de él, y le acarició el lomo al animal, dirigiéndose los dos hacia la taberna donde, seguramente, la tripulación ya estaría cogiendo una Señora Cogorza.

MALAESTIRPE

 -Así que... Estos son los trajes, ¿no? -Malaestirpe cogió las telas que el chico mudo le tendía- Servirán. Pagó con oro, que no con cristales, pero dando una buena propina. Aunque pareciera innecesario comprar el silencio de ese chiquillo, no quería jugársela por nada.
-Recuerda: Tú jamás me has visto.
El niño asintió, guardándose el dinero todavía sin créerselo demasiado, y echó a correr, saliendo del desierto callejón perdiéndose por las calles del mercado...



La figura encubierta, vestida con un traje marrón propio de los danzantes de espadas de la Isla del Aire, paseaba por el mercado sin levantar muchas sospechas: había muchos turistas últimamente, pues era la mejor época de comercio. Los pantalones bombachos, el holgado caftán, y el velo que cubría su rostro y cabello, dejando visibles solo los ojos, evitaba cualquier identificación:

Iba deteniéndose en puestos de cambio, siempre separados unos de otros, y solo al asegurarse de que nadie iba a escuchar sus palabras, como en aquel momento, ante un hombre anciano que no tuvo tiempo de preguntarle en qué podía ayudar, pues habló primero:

-Cinco cristales gélidos a cambio de tres piedras ígneas, ¿no?
-Así es, señor.  
-Bien, trato hecho -Sin más preámbulos, Malaestirpe extendió unos pocos cristales propios de la Isla del Agua, obteniendo así el equivalente local...

Repitió el proceso varias veces, en efecto, asegurándose de ir variando la zona. Siempre cambiaba pequeñas cantidades. También lo hizo en el puerto, cambiando los cristales de hielo por otros procedentes de la Isla de la Tierra, y de la del Aire, asegurándose de hacerlo en barcos que iban a partir en ese momento. Y finalmente, cambió algunos por dinero, repitiendo la misma operación.

En la Taberna, piratas, borrachos y otro tipo de cliéntela conversaba ajetreadamente.  Las puertas se abrieron y Jonny el "Gordo", seguido por "Khan", se adentró en el cálido interior. Algunos parecían intimidados ante la presencia del lobo, pero no era la primera vez que visitaba ese lugar en compañía del hombre al que pocos se atreverían a cuestionar.

Cuando se acercó a sus hombres, uno de ellos, él que parecía menos ebrio, le saludó con una nueva cuestión:
-¿Habéis oído el rumor, mi capitán?
-¿Cuál de todos? -El grueso pirata tomo asiento en una silla, y el lobo negro hizo lo propio en el suelo, a su lado, olfateando los trozos de comida que había a su alrededor- ¿El del tipo aquarense enmascarado? Ese ya me lo sé... -Golpeó la mesa con el puño- ¡Tabernero, más cerveza por esta mesa, rápido!
-¿Eh? -El que había hablado, negó con la cabeza al tiempo que la ronda de jarras era servida por el dueño del lugar- No, mi capitán... Otro rumor.
-Bah... Conociéndote, Joff, será cualquier tontería, pero te veo con ganas de contárlo, así que desembucha.
-Es... El Diamante de los Vientos. -Dijo, causando un silencio a su alrededor. Un murmullo se adueñó de la taberna, y todos miraron hacia Joff, desde varias mesas- He oído de camino aquí que... Lo han comprado.
-¿Comprar El Diamante? -Jonny soltó una carcajada, tomándoselo a broma- Nadie estaría tan loco como para hacer eso... Todos saben que ese barco está maldito.
El lobo negro cesó en su tarea de devorar la comida esparcida, alzando su peluda cabeza y estirando una oreja. 
-¿Por qué es tan famoso ese Diamante? -Inquirió un grumete más joven.
-¡Diantres, Tob, que inculto eres! -Exclamó Joff- El Diamante fue el barco más famoso de los Siete Aires... Su capitán, Kurt el Temible, tenía toda una flota pirata a su mando, y dicen que fue uno de los pocos que logró comerciar con reliquias del viejo mundo... -Contó, mientras daba tragos a su cerveza- No respondía ante ningún príncipe de las cuatro Islas, ni si quiera respondía si estos se unificaban y la orden la mandaba de forma conjunta el Imperio Unificado de Equalion. Algunos rumoreaban que era un bastardo del príncipe del Fuego, aunque nunca fue confirmado...
-¿Y si tan famoso y fuerte era, por qué su barco está maldito? -Preguntó Tob, sin entender.
-Porque Kurt fue demasiado lejos... -La expetación fue mayor cuando Jonny, y no Joff, retomó el hilo de la historia- Secuestro a Kaede Mirumoto, la única hija del Emperador de la Isla del Agua...
-¿A la princesa maga?
-A la mismísima, sí... Los Dioses sabrán qué narices se le pasó por la cabeza a ese loco, pero el caso es que se la llevó en su barco. -Jonny le dio un largo trago a su jarra- Poco se sabe de lo que haría con ella, pues tras huír de la Isla del Agua con Kaede a bordo, desapareció.
-¿Desapareció?  ¿Cómo?
-Fue abajo, como tantas otras veces había hecho, seguramente siguiendo la misma ruta que solo él parecía conocer, pero... -Se encogió de hombros- Esa vez, no volvió.
-¿Y entonces, el barco...?
-Eso es lo más espeluznante de todo -Joff fue quien renaudó la historia otra vez- Un año después, el barco regresó solo, anclando en este mismo puerto, y completamente vacío...
-Eso es imposible...
-Imposible o no, sucedió así. -Insistió Joff- Al principio otro pirata intento comprarlo, pero, tras subir al barco y alejarse de este puerto... Bueno, tres días después, el barco volvió a aparecer solo, sin rastro de triupulación alguna, ni del comprador.
-¿En serio...?
-Tan en serio como que perdí mi ojo luchando contra un salvaje de ahí abajo -Dijo Joff señalándose el parche- Otros pocos lo intentaron y siempre sucedía lo mismo... Incluso cuando el Imperio envió una expedición de soldados, tampoco volvieron.
-¿Qué sucedió entonces?
-Que el Diamante cogió fama de maldito, porque lo está, y lo dejaron abandonado en una zona apartada del puerto, eternamente anclado y vacío... 
-¿Y nadie puede romper la maldición?
-Se dice que solo el heredero de Kurt puede, algo que considero que no es más que una leyenda local para granjear más turismo en el puerto... -Zanjó Jonny- Pero ni aunque fuera verdad... Ese desgraciado desapareció y, con él, cualquier bastardo que pudiera haber engendrado.
-Pues alguien lo ha comprado, mi capitán, se lo juro
-¿Sí? ¡JA-JA-JA! -Se carcajeó, vibrando su enorme barriga al hacerlo- Pues buena suerte le deseo... Probablemente, en cuanto suba, pasarán tres días y nadie volverá a ver a ese estúpido temerario, sea quien sea.

La gente pareció retomar entonces sus conversaciones normales, a jugar a las cartas, y a emborracharse felizmente.  Mientras tanto, desde una mesa solitaria y apartada, entre las sombras, la figura ataviada con ese traje Airense, el rostro siempre cubierto, observaba todo en completo silencio...

Fue entonces cuando irrumpieron en la taberna. Eran cinco, y vestían una armadura con el escudo formado por los signos de los cuatro reinos, unidos por un lazo blanco. Eran soldados imperiales, que respondían a todos los reinos:

-¡Escuchad, borrachos de taberna y piratas de mala muerte, si no queréis terminar en el calabozo! -Exclamó el que parecía estar al mando- ¡Por orden del Imperio Unificado de Equalion, queda declarada en búsqueda y captura una maga aquarense que responde al nombre de Ayame, que puede estar en cualquiera de las Islas! ¡La última vez que fue vista, vestía un kimono de mujer en los colores azul y blanco, típico uniforme de la Academia del Agua! -Leyó en un pergamino- ¡Se ofrecerá una recompensa de cien monedas de oro al que pueda dar con ella, viva o muerta, y veinticinco al que tenga pistas sobre su paradero! ¡Dirijánse al ayuntamiento local si tienen alguna información!

Los hombres salieron tan rápido como habían entrado, y un nuevo murmullo surcó la taberna, seguramente cambiando impresiones sobre la nueva noticia.

-Es una pérdida de tiempo que vengan aquí... -Masculló Joff- Ningún mago entraría a esta taberna, y ningún pirata haría de cazarecompensas cuando todos sabemos que ir al ayuntamiento local supone entrar al servicio de la marina real, o ir a las mazmorras si uno se niega a ello, por mucha ayuda e información que se haya dado...
-Ya, pero el trabajo de esos condenados es hacernos creer lo contrario, y los hay que pican... En fin. 
-¿Qué habrá hecho esa maga para que la busque todo el Imperio?
-A saber, siendo la Isla del Agua... Lo mismo se folló a un licántropo en medio de la calle, o vete a saber tú. -Puso los ojos en blanco, sin darse cuenta de que Khan había gruñido ante ese comentario, demasiado ocupado en beber como para prestarle atención...

De nuevo, la cliéntela retomó su quehacer habitual, incluida la figura de la esquina, que seguía bebiendo a solas y, por supuesto, prestando atención a todo lo que se movía por allí.

AISHA

Nunca en su corta vida había viajado en un barco volador. De pequeña jugaba con sus compañeros del barrio pobre a fingir que eran famosos piratas del aire combatiendo entre sí por algún tesoro importantísimo. Era común terminar sucia, cansada y con rotos en la ropa, incluso era divertido... Pero los constantes vaivenes, las turbulencias aéreas, los tornados espontáneos y las tormentas eran detalles que en su mente, y en la de sus amigos, no entraban, conceptos que acababa de aprender. El viaje apenas había durado un par de semanas, pero Aisha, en dos días, ya había perdido la cuenta de las veces que había vomitado. Y ese capitán testarudo no la había mentido con lo del trabajo: Limpiar la cubierta, ordenar los víveres, fregar los cacharros de las comidas, hacer guardias, y un sinfín de cosas más que le habían generado agujetas por todo el cuerpo.

Sin embargo, tanto él como sus hombres habían sido agradables, y había aprendido muchas cosas. Aún con todo había sido un viaje fructífero, y casi sintió lástima cuando llegaron al puerto de la Isla del Fuego, su destino. Se había despedido de todos de forma rápida y algo extraña, e incluso James, el capitán, le había devuelto un par de joyas, incapaz al parecer de engañarla después de todo. Las había guardado con sumo recelo en la pequeña bolsa que aún colgaba de su cinturón, sabedora de que tarde o temprano tendría que utilizarlas con algún fin.

Sin más preámbulos comenzó a recorrerse las calles. Todo era ruido, calor, gente extraña que hablaba en voz alta y blasfemaba y otra gente más extraña todavía que parecía callarse para parecer más siniestra:

- Pues tampoco se diferencia tanto de Majkra... - Musitó para sí misma, observando todo lo que rodeaba con los recelosos ojos propios de un turista o un nuevo visitante. Lo que sí le sorprendió fue ver lo que trabajaba la gente: En apenas media hora había visto más de una decena de talleres de todo tipo, la mayoría de trabajos relacionados con las forjas y los minerales, y también se había quedado ensimismada con los malabares de los magos del fuego. De hecho, uno de ellos, entretenido al verla con la boca abierta, había convocado una avispa de fuego con el resultado de ver a Aisha caerse de culo a suelo presa del susto... 

Susto que se vio reemplazado por un visible enfado cuando se marchó sin decir ni una palabra. No pudo evitar pensar en cómo habría sido su vida de haber nacido con el don de la magia. En su isla natal los magos eran tratados con el máximo respeto y admiración, y estaban en cierta forma por encima de los seres humanos normales y corrientes. Nunca le habían caído demasiado bien, tan altaneros, tan... A lo suyo, por lo que decidió dejar de pensar en ello, hecho que se vio muy, pero que muy favorecido cuando observó una taberna en la que no paraba de entrar gente. Se acercó a la misma, esquivando a un par de borrachos salientes que no terminaban de entender que ya habían alcanzado su límite, y se coló antes de que la puerta se cerrara. Era imposible que alguien reparara en la presencia de una joven enana, y estaba tan convencida que, en efecto, no se dio cuenta de que dos ojos lobunos la acababan de observar y seguían su trayectoria.

Aisha, pues, puso en marcha lo que ella llamaba su "plan de obtención de recursos", o PAR, como le gustaba decir como si fuera un lenguaje secreto. Sus ojos de color almendra comenzaron a observar las mesas atestadas de gente. Unos le daban peor espina que otros, pero esos otros tampoco parecían precisamente santos. Comenzó a caminar con cierta cautela, aún observada por "Khan", y sus oídos, astutos y entrenados, no pudieron evitar detenerse en la conversación de un barco fantasma. Aisha se detuvo a escasos metros de la mesa en la que se estaba dando la conversación, contemplando como un gordo barrigudo comenzaba a detallar la historia. Le costaba creerse lo que escuchaba, pero mirara por donde mirara solo encontraba silencio, murmullos y caras tensas...

Excepto una: En el rincón más alejado se encontraba un hombre, sentado, con la cara tapada por un turbante propio de su isla. Aisha se puso lívida, y no precisamente por que le diera miedo: Por sus ropas, era uno de esos danzantes de espadas, y temió realmente que estuviera ahí para buscarla o algo así. La observó durante largos segundos, larguísimos, hasta que se vio empujada por la repentina entrada de otros guardias. Aisha se apartó con un gruñido, y sin pensarlo dos veces decidió jugar un arriesgado as en la manga, propiciado por el creciente ruido estomacal que empezaba a clamar por algo que echarse a la boca: Despacio, con aires arrastrados y aparentemente agotados, se acercó a la mesa del encapuchado bajo la atenta mirada del lobo.

Sobre la mesa no había nada más que una copa, por lo que robar no era una opción factible. Estaba sentado, por lo que birlar tampoco le serviría, pero...

- Buenas noches señor - Murmuró, exaltando a propósito su ya de por sí peculiar acento. Sus ojos almendrados observaban los ojos que se vislumbraban entre tanta tela  y que parecían mirarla, sí... Pero hablar, lo que se decía hablar, no hablaba. Aisha esperó, rozando con la punta de su pie derecho el sucio suelo. Esperó y esperó...

- Eh... He dicho b...
- Buenas noches.

Nada más. O no había entendido del todo el motivo por el cual se estaba dirigiendo a él, o había visto más oportuno ignorarlo deliberadamente. Pero Aisha no estaba para juegos. Tenía hambre, estaba cansada y la taberna olía raro, por lo que, decidiendo pasar por alto que ese acento no era precisamente el suyo, extendió una mano y puso la mejor cara lastimera que sabía:

- Verá, acabo de llegar de un largo viaje, me he escapado de los que me secuestraron cuando se han despistado. No tengo para comer, ni para beber, ni para dormir, no conozco esta ciudad y nadie quiere ayudarme. Me muero de hambre, señor, me muero mucho mucho de hambre. ¿No tendrá usted un par de monedas, o diez, o veinte...? No pido mucho, solo tenga caridad y que los Dioses se lo paguen.

Aisha sabía que pedía mal, muy mal. Estaba más acostumbrada a robar y al hurto en sí mismo, quizá porque la caridad en Majkra solo servía para no cenar otra noche más. Sin embargo, no tuvo tiempo de atisbar o ver cualquier tipo de reacción en ese extraño personaje, porque se vio zarandeada de improvisto por el tabernero, un hombre que olía aún peor que el local en sí mismo y que la obligó a fruncir el ceño:

- ¡Malditos rateros! ¡Estoy harto de vosotros y de vuestros truquitos de niños pobres con el que robáis a mis parroquianos!
- ¡SUÉLTEME, SUÉLTEME LE DIGO!

Aisha comenzó a forcejear. Se dio cuenta nada más empezar de que en cuestión de fuerza tenía la batalla perdida, y por ello comenzó a retorcerse como una serpiente sobre el brazo del hombre. Con una flexibilidad extraordinaria cruzó sus piernas sobre la cintura del tabernero, dobló su cuerpo  hacia el suelo y apoyó las palmas de sus manos sobre el mismo, empujando con toda la fuerza de su pequeño cuerpo. El tabernero, seguramente poco acostumbrado a acciones semejantes, perdió pie, y Aisha aprovechó para soltarle la cintura y darle una patada en la barriga, librándose del agarre. Se recompuso con soberana rapidez, y sin pensarlo dos veces, presa de los nervios y esa repentina rabia que la había embargado, señaló al tabernero con el dedo:

- ¡A mí no me toca nadie, y menos usted que huele mal! - La taberna se sumió en un silencio absoluto, sepulcral... Hasta que, repentinamente, estalló en carcajadas. Aisha perdió la cuenta de los segundos que duró, abochornada y asustada como estaba, pero ese pirata gordo que había contado la historia fue el que rompió la ola de risas con su voz.
- ¡Por fin alguien tiene la decencia de decírtelo a la cara, Pat, y ha tenido que ser una niñita que mide menos que mi entrepierna, JAJAJAJAJAJA!

Sin embargo, el tabernero, ya en pie, no se reía. Es más, estaba rojo, hinchado, iracundo. Aisha reculó un paso, consciente de que su truco no volvería a funcionar. Retrocedió otro, topándose con la mesa del extraño encapuchado. Ladeó el rostro y lo miró con expresión casi suplicante, pero tampoco podía asegurar que fuera a ayudarle...

Y en la desesperación, optó por lo primero que se le pasó por la cabeza. Sus ojos destilaron rabia pese a que su dedo temblaba cuando señaló al hombre:

- ¡No me toque o sufrirá la maldición del Diamante de los Vientos! - De nuevo, silencio. Pero Aisha no esperó a que se dieran de nuevo las risas.- ¡Y sí, lo he comprado yo, así que déjenme salir!

Los miraba a todos y a ninguno a la vez, sus manos tras la espalda...

Agarradas a la mesa con evidentes temblores que solo delataban una obviedad: Acababa de cometer un grave error.

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