Equalion 3: Fantasma enmascarado



DRAGAN

Algunos se rieron, otros no tanto. La respuesta de la chiquilla había levantado chistes y viejos temores entre la multitud de la taberna. Pero el maloliente cantinero, lejos de amedrentarse por la mención del barco fantasma, lo único que hizo fue enfurecerse más. Tanto que las mejillas y las orejas se le tiñeron de un intenso rojo tomate.

- ¡Renacuaja del demonio! ¿Crees me creería semejante disparate? - el hombre alzó la manaza en el aire, tensando los músculos con la clara intención de estamparla dolorosamente en la figura temblorosa de Aisha. - ¡Te voy a enseñar a tenerle más respeto a tus mayores!

Un rugido resonó en la taberna, al tiempo que el hombre hacía zumbar la mano en su parábola descendente. Todo ocurrió muy rápido. La mano no llegó a rozar a la niña, aunque ésta en su intención de cubrirse la cara con los brazos delgaduchos, si notó una corriente de aire y algo que le salpicaba las mangas de la desgastada camisa, y que le manchaba las manos.
La niña abrió lentamente los ojos y volvió a respirar. El miedo había hecho que cerrara los párpados con fuerza y contuviera el aliento instintivamente. Y ante ella vio la espalda de un enorme lobo negro, con la cola erguida, las orejas en alto y el pelo del lomo erizado. Gruñía enseñando su formidable dentadura manchada de sangre. Aisha se miró las mangas, viendo que también era sangre lo que las manchaba.
Tras ella, la figura de rostro velado se había puesto de pie de un salto, y se había llevado la mano a la daga de su cinturón, pero no había tenido tiempo de sacarla. Incluso Jonnhy "el Gordo" y algunos de sus hombres se habían congelado en postura de intervención. Pero Khan había sido el más rápido.

Delante del lobo, el viejo tabernero estaba con una rodilla postrada en el suelo, aferrándose la mano con la que había intentado pegar a la niña. Ésta sangraba, presentando un mordisco que perforaba la palma y el dorso de la mano. La sangre goteaba en medio del silencio que se había formado entre los presentes, formando un pequeño charco rojo a sus pies.

- Maldito chacal...
- Te está bien empleado Pat. - le dijo el capitán, con una mirada de reproche. - Sólo es una niña.
- Cuando os robe hasta la última moneda de oro, os arrepentiréis de haberla salvado. - siseó el hombre, visiblemente indignado. - Y ese monstruo loco casi me deja sin mano, ¡¿cómo voy a trabajar ahora?!
- Haber usado la mano para trabajar en vez de para amenazar críos. Así la hubieras conservado intacta. - como afirmando sus palabras, Khan hizo mas profundo su gruñido.

Pat reculó patéticamente, atemorizado por los ojos fijos y amarillos del animal. Era lo bastante listo como para no meterse con el lobo una segunda vez. No era desconocido el hecho de que si Khan realmente hubiera querido arrancarle la mano al hombre, lo habría hecho.

- No te quejes, no es más que un rasguño. Demuestra que eres un hombre y no te quejes. - Jonnhy "el Gordo" se rió haciendo un aspaviento con la mano, quitándole importancia. - Te pagaré una ronda para todos mis hombres para compensarte.

Los marineros alzaron sus jarras en un "¡Bien!" sonoro y unísono. En apenas segundos, la muchedumbre se dispersó de vuelta a sus sitios, y el ambiente alegre y vivaz de la taberna se recuperó como si nada de aquello hubiera pasado. La cerveza siguió rondando, y los hombres siguieron gritando.
No obstante, Jonnhy "el Gordo" le hizo un gesto a la chica, mientras acariciaba el grueso pelaje oscuro del lomo del lobo.

- Jovencita, ven aquí.

Aisha arrugó los morros, y con las manos a la espalda, se acercó con pasos cortos y pausados hacia el capitán, sin dejar de vigilar atentamente al lupino. No podía evitar sentirse inquieta bajo aquella mirada ámbar tan penetrante.
Cuando al fin llegó delante del capitán con aquel gesto culpable tan arrebatador.

- ¿Se puede saber a qué estás jugando? - le preguntó. - Si tienes tantas ganas de acabar entre rejas, pégale una patada en los huevos a un guardia, terminarás antes.
- Es que, yo... Ese tipo... - Aisha comenzó a tartamudear, si bien lo hacía realmente porque sus ojos estaban saltando hábilmente por la indumentaria del capitán, buscando algo de valor. Por desgracia, la negra gabardina era lo bastante larga como para ocultar cualquier bolsa o bulto en el bolsillo, así que tendría con conformarse con salir del aprieto sin sacar tajada. - Sólo le estaba pidiendo una limosnita al sordo de aspecto raro, el de ahí...

Cuando Aisha se giró para señalar el lugar donde apenas momentos antes estaba Malaestirpe, se desconcertó observando que, como por arte de magia, ya no estaba. No había dejado ni rastro de su presencia, a parte de una gruesa moneda de oro sobre la mesa, que una camarera atractiva no tardó en recoger.
Hound también había visto al extraño enmascarado justo antes de la actuación de Khan. No obstante, el ver al lobo con la cabeza girada hacia la puerta de la taberna con las orejas en alto, le dio la pista para saber que hacía al menos varios segundos que se había ido.
Ni Aisha y el capitán lo habían visto. Pero mientras se levantaba, Khan y Malaestirpe habían cruzado una intensa mirada, como estudiándose el uno al otro, antes de que el lobo perdiera el contacto visual mientras su misteriosa figura se marchaba pasando completamente inadvertida.

- Escúchame bien. - le avisó entonces el capitán a la chica. - No sé de que barca te has caído, pero si quieres sobrevivir en este puerto, será mejor que no aparezcas por este antro durante una buena temporada. ¿Me has entendido?
- Sí señor. - asintió ella, enérgicamente.
- Toma. - el capitán le depositó una moneda de oro en la mano, cogiéndole su delgaducha muñeca entre sus enormes dedazos ásperos. - Y ahora lárgate de aquí.
- Sí señor.
- Y no robes nada por el camino. - le advirtió Hound. - O Khan te morderá la mano a ti también.
- Eh... ¿sí, señor? - el lobo centró por primera vez sus amarillentos ojos en la chiquilla, quien no pudo evitar sentirse intimidada por ellos. No se le había olvidado de dónde procedía la sangre que en aquellos momentos manchaba las mangas de su camisa. - ¡Claaaro! ¿Robar yo? ¡Qué disparate!

Aisha giró marcialmente sobre sus talones, y echó a andar con paso exageradamente militar hacia la puerta de la taberna. Por el rabillo del ojo, se dio cuenta de que el lobo la seguía. Aceleró el paso, y el lobo hizo lo propio. Giró e intentó colarse entre la gente, pero el animal no se le despegaba de los talones. Al final, casi llegando a la puerta de la salida, se giró en redondo, y golpeó frustrada las tablas del suelo con el talón.

- ¡Bueno, ya está bien! ¡Deja de seguirme chucho, fus, fus! - hizo unos aspavientos con las manos, intentando alejar al lobo. Éste, no obstante, se quedó sentado frente a Aisha, y el único gesto que hizo fue sacar la lengua para lamerse el hocico, y de paso mostrar una vez más sus afilados colmillos marfileños. Aisha pensó que quizá se estaba volviendo turumba, pero hubiera jurado que aquella bestia de pelo negro sonreía socarronamente al mirarla. - Te llamas Khan, ¿no? ¿Por qué me sigues? No he robado nada, ¿ves? - mostró sus manos desnudas, poniendo cara de no haber robado una joya en su vida. - Anda vete, tu amo te estará esperando. - el lobo emitió un gemido agudo y largo, y empezó a olisquear la manga de la camisa que la chica tenía manchada de sangre. - ¡Oye! ¿Qué haces...? No tengo nada de comer... - de algún modo, Aisha comprendió súbitamente a qué se refería el animal. - Ah... ya veo. ¿Quieres que te de... las gracias por salvarme? - la mera idea se le antojaba ridícula, ¿cómo iba a pedir eso un perro? No obstante, Khan se sentó frente a ella, volviendo a clavar sus ojos dorados en ella, y mirándola como encantado de que finalmente hubiera llegado a esa conclusión.- Parece que entendieras lo que te digo... Ejem... bueno, gracias por salvarme, ¿feliz?

De pronto Khan pegó las orejas al cráneo, metió la cola entre las patas, y retrocedió, gruñendo mirando a la puerta. Aisha se asustó, ante el repentino cambio de actitud del animal. ¿Qué demonios le pasaba a ese chucho?
Sin embargo, en medio del jolgorio de la taberna, y sin el refinado oído que poseía el lupino, Aisha no podía darse cuenta de la razón por la que estaba gruñendo, ni podía oír los gritos que venían de fuera. únicamente cuando la puerta de la taberna se abrió violentamente a su espalda, dándole un susto de muerte, y provocando que se diera la vuelta de un respingo adquiriendo actitud de huida rápida, comprendió por qué estaba tan alterado el lobo:

- ¡¡¡FUEGOOOO!!! ¡¡¡FUEGO EN LOS MUELLES!!! - gritó la voz de un hombre empapado de sudor y cubierto de negro, a coro con un guardia y otro hombre.

Hubo unos milisegundos de quietud y silencio. Acto seguido, toda la taberna se revolucionó, y hubo un maratón de marineros y trabajadores empujándose por salir de la taberna. La joven Aisha casi se vio aplastada por la multitud. Pero no se había criado en las calles de Majkra sin aprender antes unas cuantas cosas sobre bullicios peligrosos. Con sorprendente agilidad, la niña se deslizó como una anguila entre las piernas de los que la hubieran pisoteado sin piedad, y salió de la taberna, haciéndose a un lado de un salto sobre el suelo oscuro y cementoso. 
Una vez fuera, pudo ver el origen del caos. Una densa columna de humo se alzaba sobre un resplandor rojizo superior al brillo anaranjado propio de la ciudad. El incendio estaba cerca, podía notarse el calor incluso a esa distancia, y el olor a quemado le inundó las fosas nasales por encima del óxido y la herrumbre de Narderidut.

- ¡Rápido, rápido, todos a los muelles! ¡Hay que sacar el Dientedragón antes de que lo devoren las llamas! - se escuchó decir al capitán Hound por encima de todo el bullicio.

Más de un marinero iba con una buena merluza, y alguno no podía siquiera correr en línea recta. Pero aún así, todos se dirigieron calle abajo, en dirección a los muelles. Aisha vio al lobo salir de la taberna, sacudirse el negro pelo y agitar el pañuelo añil que llevaba al cuello antes de seguir a su capitán a toda velocidad.

- ¡Eh, espera! - gritó la chica, añadiéndose también al bullicio.

No era que le moviera el espíritu cooperativo de querer apagar el fuego, precisamente. Sencillamente le picaba la curiosidad por saber que pasaba, aguijoneándole los pensamientos e impulsándola hacia el peligro.

Para cuando la tripulación del Dientedragón llegó a su muelle de atraque, se percataron de que ya era tarde. El barco estaba completamente en llamas, como una pira flotante. Las violentas flamas habían devorado las velas por completo, y los tablones crujían, amenazando con partirse en cualquier momento.
Al lado del Dientedragón, decenas de barcos también ardían. Naves mercantes, nobles y piratas por igual. El incendio parecía focalizado en tres puntos distintos del muelle, incluso en niveles distintos. Pero había devorado gran parte de la flota allí apostada. Cientos de marineros y trabajadores del puerto, incluso habitantes de la ciudad, se esforzaron por apagar el fuego a toda costa. Incluso acudieron magos que lucharon por apagar y controlar las violentas llamas, que se extendían sin necesidad de viento.

- Capitán, ¡Nejo y Mubd siguen dentro! - vociferó Huges al capitán.
- ¡¡Maldita sea!! - el capitán comenzó a avanzar hacia el barco envuelto en llamas, pero Khan le mordió la parte baja de la gabardina, impidiéndole entrar. - ¡Apártate, bestia endemoniada! ¡Esos dos...!
- ¡Capitán, mire!

Una silueta oscura se dibujó entre las llamas. Era una masa humanoide e informe, que se bamboleaba de un lado a otro. Todos contuvieron el aliento. Entonces aquella figura oscura pisó la precaria pasarela, y se pudo distinguir la gruesa silueta del ingeniero de máquinas, con el desgarbado cuerpo de Nejo en los brazos.
Entonces sí, los hombres acudieron a ayudarles a la pasarela. Y como por acto de magia, en cuanto lograron que alcanzaran las pasarelas metálicas, se escuchó un chirrido grave proveniente de las entrañas del barco. El mástil mayor se partió, y cayó estrepitosamente sobre los otros, arrancándolos en su trayectoria de caída. El suelo de la cubierta se hizo astillas, y la estructura interior de la nave cedió. El casco se partió literalmente por la mitad, escupiendo llamaradas que hicieron que los más cercanos se cubrieran con los brazos por el calor. Entonces el barco zozobró hacia un lado, y los generadores de antigravedad que mantenían la nave a flote fallaron, provocando que ésta comenzara a descender lentamente, dejando tras de sí un rastro de humo oscuro y espeso.

Jonnhy "el Gordo", el afamado Capitán Hound, el único hombre que había ido Abajo y había vuelto para contarlo, y que todavía seguía con vida; se asomó sobre las cadenas de la plataforma del muelle. Con el rostro congelado en una máscara insondable, y ajustando el zoom de su ojo biónico, observó cómo su querido Dientedragón estallaba por las llamas, y se perdía entre las nubes, precipitándose hacia lo que seguramente sería una larguísima caída libre hasta la tierra yerma, volatilizándose en el proceso toda su estructura y perdiendo en el olvido todas sus posesiones, botines y otras pertenencias.
No mencionó palabra alguna. Sólo la tensión en su mano robótica, doblando los eslabones de las cadenas que aferraba, denotaba cuán era el dolor del capitán viendo perderse su único hogar. Lo único en lo que había entregado hasta el último aliento por mantener.

La tripulación del Dientedragón se sumió en un pesaroso silencio. A su alrededor, se reunió una multitud de curiosos y alertados por la precipitada caída del navío al vacío. No obstante, los gemidos del lobo lograron atraer la atención de Jonnhy "el Gordo" sobre su hombro derecho.
Mubd presentaba unas quemaduras bastante feas en parte del rostro y la espalda, a parte de que estaba completamente manchado de negro. No obstante, a pesar del malestar de sus heridas, toda su atención estaba dirigida al chico inmóvil en sus brazos.
Khan gimió de nuevo, golpeó su mejilla con el hocico, y después le lamió la mano, intentando en vano despertarle. El capitán se acercó haciendo rechinar su pierna biónica, y se arrodilló costosamente junto al chaval. Mubd fijó su enorme cabezota de aire idiotizado con fijeza en el único ojo sano del capitán.

- No se mueve. - alegó con voz ronca. - Mubd lo oyó gritar el la bodega. Mubd trató de sacarle, pero la puerta no se abría...

Hound le puso la mano en el cuello al muchacho. Y unos segundos después, destensó los hombros, agrió el gesto, y negó con la cabeza.

- Está muerto. - la tripulación susurró a sus espaldas. - El humo debe de haberlo ahogado.

Khan volvió a gemir, agachando las orejas. Volvió a lamerle la mano al muchacho, como si eso fuera a devolverle la vida. Pero el tiznado rostro de Nejo no volvió a expresar emoción ninguna.
Hound se puso en pie, quitándose su sombrero marinero, mostrando el pañuelo oscuro que le tapaba su calva cabeza, y mirando a su ingeniero a su difunto grumete con aire abatido. Después volvió la vista hacia el resto de los barcos en llamas.

- Esto es cosa de magia... - escupió. - Algún hechicero está detrás de esto, apostaría mi única mano de carne...- apretó el puño de la susodicha en un gesto de severo odio.
- Sin duda esas llamas no son algo normal. - apuntó su segundo al mando. - ¿Pero quién querría hacer algo así en este lugar? ¿Y por qué sólo a unos cuantos barcos?
- ¿Habrán sido los de la Academia del Fuego?
- No lo creo, esos tienen mejores cosas que hacer que calcinar barcos... - alegó uno de los miembros de la tripulación. - Cualquier tarado pirómano...
- No, esto está hecho a propósito, es deliberado. - interrumpió el capitán. - Alguien ha causado este desastre a propósito. Como una maldición...
- ... o un giro inesperado del Destino, al mismo tiempo que propicio. - alegó una voz sedosa y susurrante.

Todos sintieron una especie de escalofrío siniestro en la espalda, y se giraron hacia el origen de la voz. Khan alzó sus orejas y gruñó, reculando y enseñando los dientes.
En el inicio de la pasarela metálica del muelle, sobresaliendo entre toda la multitud reunida, un hombre encapuchado observaba la trágica escena de la tripulación del Dientedragón. Realmente, era difícil de distinguir si era hombre o mujer. Las pesadas ropas de un brillante color turquesa oscuro, ocultaba cualquier insinuación de pecho o caderas, su voz era demasiado sutil como para ser identificada como femenina o masculina, y su rostro se mantenía completamente inexpresivo, cubierto por una extraña máscara... O lo que parecía una máscara. Si se miraba de cerca, en realidad podía llegar a confundirse si se trataba de simple pintura en la cara, o una máscara de verdad. No obstante, el individuo hablaba claramente sin mover los labios y sin el más mínimo ápice de expresión facial. Ni siquiera sus ojos oscuros delataban lo que pasaba por la mente del desconocido.
Sus ropas tampoco servían de ayuda para reconocerle. Sólo llamaba la atención el hecho de que estuvieran decoradas con motivos de plumas, y que llevara algunas de éstas adornando su hombro derecho y el broche de su capa. Parecían caras, pero no llevaba el blasón de ninguna casa noble en ellas.

- ¿Quién demonios sois vos, si puedo preguntaros? - alegó el capitán, aunque claramente su tono dejó claro que no tenía ganas de andarse con estupideces de protocolo.
- ¿Acaso no lo adivináis? - preguntó el desconocido en tono monocorde. - Soy el que ha comprado El Diamante de los Vientos.

(Relato inconcluso)

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