Vrana VIII: Hacia el Oeste



Vrana caminó durante varios días en dirección Oeste, sin tener nada claro hacia dónde se dirigía. No sabía si estaba lejos o cerca de algún camino, ni si habría más peligros acechándola o si estaba siguiendo siquiera el camino correcto. Todo lo que sabía, era que iba hacia el oeste. Mantenía el sol a su espalda cada mañana y de frente hasta el anochecer. Siempre hacia el oeste.

A medida que avanzaba, fue dejando atrás la furiosa tormenta norteña y el cielo fue despejándose, dando lugar a un cielo siempre neblinoso y a un ambiente pegajoso y húmedo. Los terrenos escarpados y pedregosos de la montaña dieron lugar a un terreno pantanoso, salpicado de cenagales y bosques asalvajados y nada cómodos de atravesar. Cada mañana despertaba rodeada de una densa calima que le dificultaba determinar la posición del sol hasta que éste estaba casi en lo alto.

La necesidad la empujó a beber de aguas turbias y a comerse los anfibios de los pantanos, con sus desagradables consecuencias para su estómago. Apenas dormía más de lo necesario, y cuando lo hacía, se sumía en unas terribles pesadillas que mezclaban hechos inconexos de su pasado con imágenes de Íofur siendo arrastrado por soldados a caballo, desollándose el cuerpo contra el suelo y yendo de aquí para allá como un maltrecho guiñapo.

Continuó caminando, perdiendo la noción del tiempo y la cuenta de las veces que tropezó o cayó al suelo con torpeza. Normalmente se reponía al momento, y seguía caminando en un apático silencio. Pero había veces que al pelarse las rodillas y las manos contra el barro, empezaba a llorar completamente abatida, llamando al pelirrojo entre sollozos, extrañando su voz y su presencia, su mano para ayudarla a levantarse... Y, en especial, aquellos consoladores ojos verdes que ahora echaba tantísimo de menos.
Por suerte, esos mismos ojos le recordaban continuamente las últimas palabras de Íofur: "Sigue hacia el oeste, pase lo que pase".

Pase lo que pase, siempre hacia el oeste.

Empujada por aquella frase, Vrana se convirtió en un fantasma errante entre la bruma. La apatía empezó a ensombrecer su corazón y su ánimo. Quizá por eso ningún depredador intentó atacarla en su camino. En aquellos momentos, el mayor peligro al que se enfrentaba, era a su propia tristeza. Una tristeza hueca y a la vez pesada, sin recuerdos ni memoria a la que recurrir.

Una mañana indeterminada, los cenagales dieron paso a un terreno más sólido y la niebla empezó a disiparse poco a poco. Recibió, por primera vez en lo que se le antojó una eternidad, el sol en la cara como una cálida caricia. Aunque éste no duró demasiado en medio del mar de nubes intermitentes que cubría el cielo.
Atravesó un bosque tupido y oscuro, agradeciendo la presencia de los árboles para apoyarse en ellos al caminar. Llevaba ya días al borde de la inanición, con la sensación de que, en el momento más insospechado, sus fuerzas le fallarían y se desplomaría, incapaz de volverse a levantar.

Por fin la luz del sol empezó a filtrarse a través de los últimos árboles achaparrados y retorcidos, ofreciendo la vista de un pequeño pueblo, recogido y aparentemente tranquilo. Vrana no supo si llorar de la emoción, o encogerse de miedo ante la posibilidad de que hubiera agentes de la Corrección esperándola. De hecho, se veía incapaz de sentir nada en absoluto.

Sin dinero, sin fuerzas para dar un paso más, Vrana se dejó caer en una miserable esquina, esperando que cayeran las limosnas de la gente. Por suerte para ella, nadie en el pueblo pareció reconocerla. No tardó en darse cuenta de que, en realidad, la evitaban como si fuera una apestada. Sólo unos pocos se acercaban lo justo para arrojar algunas labregas a sus pies. En algún momento del día, un hombre vestido con ropas de buena calidad le dedicó una mirada desdeñosa al pasar, y murmuró un "qué asco" perfectamente audible.
Vrana se percató entonces de que su aspecto debía ser bastante deplorable. Llena de heridas, rasguños y cicatrices; con la ropa tan hecha jirones que casi se podría decir que iba desnuda, y la piel completamente cubierta de polvo y barro. ¿Cómo iba a ser ella una elegida de los Dioses, la que acabaría con el mal, estando así? La triste y cruel ironía le dibujó una sonrisa amarga en el rostro.

Al atardecer, mientras contaba las pocas monedas que había conseguido, un hombre viejo y con barba que se apoyaba en un rudimentario bastón para caminar, se le acercó:

—No estés tan triste, muchacha—le dijo con voz cascada.—. No eres de por aquí, ¿verdad? ¿De dónde vienes?—Vrana le dedicó una sonrisa desconfiada. Pero no le duró demasiado, al ver que el hombre le sonreía amablemente y demostraba una verdadera preocupación por ella. Éste, de hecho, se rió entre dientes al ver su actitud defensiva—Ya veo. Una historia complicada, ¿hm?—. Enarcó una ceja poblada y cana. Acto seguido hizo un gesto con una mano temblorosa—. Venga, deja que te invite a comer algo caliente.
—¿Qué me vas a pedir a cambio?—. Su propia voz se le antojó extraña después de tanto tiempo sin oírla.
—Nada, mujer, nada—. Vrana volvió a mirarle con desconfianza—. Es sólo un acto de buena fe. ¿O prefieres quedarte ahí tirada toda la noche?—. Vrana se mordió el carrillo por dentro, indecisa.
—No creo que me dejen entrar en ningún sitio con este aspecto—terció ella, señalándose a sí misma con un gesto de la mano.
—¡Bobadas! El dueño de la taberna me conoce. Digo más: ¡todo el pueblo me conoce!—. Vrana se preguntó hasta qué punto eso podía ser bueno o malo para ella, pero el hombre realmente no parecía tener malas intenciones—. No te preocupes, si vas con el viejo Rand no te dirán nada.

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