Black in Limbo 2: La Caída
Uqbah
Mephistopheles, Archidemonio de la Muerte, ostentaba el puesto de Líder de la casa Caronte. Un misterio que muchos en el Limbo encuentran indescifrable a día de hoy. Para mi era como la analogía de la tortuga haciendo equilibrios encima de un poste:
No entiendes cómo ha llegado hasta ahí.
No puedes creerte que esté ahí.
Sabes que no ha podido subir hasta ahí ella solita.
Estás seguro de que no debería estar ahí.
Sabes que ahí no puede hacer nada útil.
… Pero al final entiendes que no sería nada sensato bajarla de ahí arriba.
Podía percibir la leve tensión que rodeaba el aura vibrante de Mephisto por toda la habitación. Era fácil, dado que el archidemonio no dejaba de pulular de un lado a otro sin parar. Mascullaba por lo bajo, aireando no sólo sus “malas vibraciones”, sino también el tenue olor dulzón y revelador de la putrefacción, al que probablemente él ya estaría acostumbrado… de haber conservado el sentido del olfato.
No podía decir que su presencia, en sí, me molestara. Pero sí admitir que su incesante ir y venir empezaba a resultar un tanto irritante.
Mientras terminaba de limpiar los últimos restos de plumas del “paciente”, intenté centrar mi atención en lo que hacía y, de paso, recordarme el por qué lo hacía. La respuesta en mi mente fue tan inmediata como obvia: porque Abraxas, líder mi casa, me lo había pedido. Personalmente, pensaba que retirarme de mis labores de investigación alquímica, siendo el único experto de la casa Maere en dicho campo; para hacer de enfermera de otro pobre caído anónimo; era perder soberanamente el tiempo. No obstante, también era lo suficientemente inteligente como para saber que contradecir a un archidemonio era una mala idea. Si Abraxas había ordenado que debía participar en los caprichitos sin sentido de Mephistópheles, eso haría. Y cuanto antes acabara, antes podría volver a mi laboratorio.
Debo decir que aquella sesión de enfermería, me sirvió para refrescar mi memoria con recuerdos tan borrosos como desagradables. Pero no menos útiles. Todos los demonios del Limbo fuimos caídos en algún momento. Todos traspasamos el Umbral, y sufrimos las consecuencias.
La Caída es la primera consecuencia. Hay muchas teorías sobre el por qué acontece. Los Maere, concretamente, nos basamos en la teoría energética. Cruzar el Umbral implica pasar del Paraíso al Limbo. Cambiar de realidad, supone una violenta conversión a nivel energético. Y cuando el cuerpo se materializa, no es capaz de soportar semejante transformación, así que enferma a gran velocidad.
En sí, es un proceso muy, pero que muy doloroso. El caído empieza a perder rápidamente las plumas de las alas, su centro energético principal. La carne empieza a pudrirse en cuestión de horas, las úlceras necrosas corroen primero la piel, luego los músculos y, finalmente, los huesos. En unos siete días, el proceso de necrosis se extiende de las alas a la espalda, y de ahí, al resto del cuerpo. Una vez la infección se expande por el organismo, la muerte del ángel está asegurada en apenas un par de semanas. Una muerte lenta, asquerosa y agónica. Si el ángel tiene mala suerte, puede aguantar un máximo de tres semanas moribundo.
No hay cura para la Caída. Sólo una solución, tan efectiva como drástica: amputar las alas del ángel átges del séptimo día, para evitar que la enfermedad se extienda. Es la única manera de evitar la muerte, y de acabar con el dolor. Yo lo soporté durante tres días, antes de que me encontraran y acabaran con mi sufrimiento.
Unos tachan la Caída de castigo divino. Otros, de una forma de purgar los pecados cometidos. Yo digo que es una verdadera cabronada.
Aún así, no puedo decir que sintiera mucha empatía por el caído que gimoteaba bajo mis manos, retorciéndose en su agonía sobre la cama de los aposentos de Mephisto. Lo cierto era que había visto el proceso tantas veces, que estaba demasiado habituado como para implicarme emocionalmente.
Él también llevaba tres largos días sufriendo. Ni siquiera Abraxas había sabido explicarme el por qué Mephisto había tenido esa fijación por mantener aquella situación. Yo, directamente, había renunciado a entenderlo. Tenía asumido que Mephisto era demasiado excéntrico e imprevisible. La mayoría de las veces sus actos y decisiones escapaban a toda comprensión. En situaciones semejantes me preguntaba seriamente cómo era posible que alguien así ostentara el título de Archidemonio. Y en esos momentos sólo podía pensar en la tortuga y el poste…
Desvaríos a parte, Mephisto se paró en un momento determinado, para asomar su cabeza sobre mi hombro, observando entre curioso y ansioso lo que hacía.
Desgraciadamente para él, sólo observaría cómo pasaba mi manos tatuadas a varios centímetros del cuerpo sudoroso y tenso del caído, mientras perdía mi mirada, oculta tras la venda que me cubría los ojos, en algún punto indefinido. A través de mis dedos, podía percibir, casi rozar; el complejo entramado energético del ángel. Su energía era suave, amable y pura… hasta que aproximaba mis manos a las alas. Entonces podía sentir su dolor, como si metiera los dedos en un recipiente lleno de agujas que no paraba de agitarse caóticamente. A ratos incluso me costaba mantener la mano sobre él…
— ¿Y bien? — La voz de Mephisto vibró con cierta necesidad, apenas un minuto después.
— Sigo sin ver necrosis epidérmica. — Resumí lo evidente, consciente de que el impaciente Caronte había caído ya en la cuenta de ello.
— Jeh… No te ofendas, Uqbah. Pero los Maere no veríais ni un árbol en el bosque, a no ser que os estampárais con él. — Su voz había modificado tenuemente la prosodia bajo lo que sin duda fue una sonrisa burlona.
— No me ofende. - No lo hacía. Tampoco había dicho nada que no fuera cierto. El mundo que mis ojos percibían más allá de la venda, era meramente energético, espiritual. Como Neo viendo la codificación de Matrix, para que me entiendas. Pero de una forma mucho más… Esencial. Claro que no iba a malgastar saliva en sacar al Caronte de su ignorancia. Seguí con el proceso, sin decir nada más, pero no llegué a disfrutar más de diez segundos de silencio.
— ¡Aaaaagh! ¡Por los Siete Infiernos muchacho! ¿No puedes ser un poquito más explícito? — El Archidemonio sonó desesperado. Suspiré imperceptiblemente antes de responder.
— Mi maestro sostiene la teoría de que quizá la necrosis ha empezado a nivel interno, y está consumiendo los músculos y los huesos. Eso explica la falta de úlceras externas y los dolores que padece. — Resumí, irguiéndome en toda mi estatura, que no era mucha. Y mucho menos comparada con la del Caronte, al cual mi frente le llegaba por la barbilla.
— ¿Crees que eso es posible?
— Podría ser, si.
— ¿Has visto antes algo así?
— No.
— Vale, ¿y ha habido antes algún…?
— Que yo sepa no.
— ¿Y cómo podéis estar seguros?
— No lo estamos. — Le corregí con toda mi paciencia. — Por eso es una teoría.
— ¡Eh, pues estupendo oye! — No supe diferenciar si se alegraba o si simplemente estaba marcándose otro sarcasmo. Tampoco le pregunté. Escuché sus pasos amortiguados por la desgastada moqueta alejándose de mi lado, y volviendo a dar vueltas erráticas por la habitación.
— Mi señor… — Dije tras unos segundos de nuevas maldiciones entre dientes por su parte.
— Llámame Meph.
— Sí, mi señor. — Sonreí, divertido, cuando le oí resoplar con frustración. Apreté un poco los dientes antes de preguntarle: — ¿Cuál es la vuestra?
— ¿Eh?
— Vuestra teoría. — Aclaré, alzando una ceja bajo la venda. — Supongo que debéis tener una, o de lo contrario, no estaríais dejando sufrir a este pobre diablo. - Señalé al caído con la mano.
— Ah… Pues… Err… Es… exactamente… mmm… ¿ninguna? — Me estaba vacilando, para variar. Arrugué el gesto sin ocultar mi molestia. — Ya se lo dije a tu maestro. Es una corazonada, sin más.
— ¿Corazonada de qué?
— De que no es lo que parece. — Adiviné la sonrisa autosuficiente en su voz. Dejé ir otro suspiro por la nariz, sin molestarme en disimularlo.
— Admito que es extraño, per-…
— ¡Ahá! ¡Por fin lo admites! - De pronto el Caronte se había situado frente a mi, y pude notar su cara a unos indecentes centímetros de la mía. — Te pica la curiosidad…
— Yo no he dicho eso. — Fruncí el ceño.
— No, pero lo piensas. — Su dedo índice me tocó la mejilla. Me aparté acto seguido, rechazando el contacto gélido e indeseado. — Te interesa.
— Me da igual. — Me recriminé a mí mismo el que la contestación hubiera sonado como una protesta. Negué con la cabeza y fui al grano: — No tiene sentido seguir con esto, para ninguno de los tres. — Señalé con la mano hacia la cama. — A no ser que queráis que acabe con su sufrimiento, mi señor, creo que mi labor ha terminado aquí, y agradecería poder volver a mis quehaceres. — Tal vez soné impertinente, a pesar de que a cada palabra traté de mantener la calma. Por mucho que el Archidemonio me superase en rango y cargo, sólo le debía respeto, ya que mi obediencia sólo le pertenecía a Abraxas. Era una forma sutil de recordarle que estaba haciéndole un favor, por parte de mi maestro, y que no estaba dispuesto a seguir perdiendo el tiempo.
Pareció funcionar, porque le escuché resoplar y por fin se instauró un verdadero silencio en la sala.
— Tienes razón… — Usó un tono derrotista que me hizo sentir inusitadamente incómodo. — Está bien, procede. — Su aura cambió de ese nervioso amarillo eléctrico; a un depresivo azul oscuro. Resultaba sorprendente cómo podía llegar a desilusionarle el no salirse con la suya. Y a qué velocidad…
No hice comentarios al respecto. Sencillamente asentí con la cabeza, y me dispuse a amputarle las alas al caído. Saqué de mi estuche de cuero las herramientas necesarias, incluyendo una sierra de hilo que utilizaría para rajar la carne hasta el hueso. Le iba a doler, iba a gritar, sin duda alguna. Pero después, el dolor cesaría. A la larga, lo agradecería, como lo agradecemos todos. Empecé a calcular el área del corte y el ángulo mientras preparaba los paños húmedos y le indicaba a Mephisto que me ayudara a sujetarlo para que no se moviera demasiado durante el proceso. Y justo cuando coloqué la sierra y apoyé la mano sobre la carne descubierta del ala sentí…
— … — Apreté los labios, fruncí el ceño de nuevo. Me concentré. No, no me lo había imaginado. Había una energía extraña bajo mi mano. Muy pequeña, casi minúscula. Como la cabeza de un alfiler llamando a la calma en medio de la tempestad. — Hay… — Musité, pero me interrumpí.
— ¿Sí? — El Caronte volvió a brillar con ansiedad renovada ante mis ojos. Tuve que inclinarme más sobre el caído para que Mephisto no empañase mi visión espiritual.
— Hay algo… Es muy pequeño, pero lo percibo. — Hice un barrido con la mano, siguiendo la forma del músculo. Apreté las mandíbulas y tensé los músculos del cuello al sentir que aquella caótica corriente se clavaba en mi mano como si acabara de meterla en una picadora de carne. Sobreponiéndome al dolor, pude comprobar mi sospecha: — … Están por todo el ala. Son muy pequeñas pero están ahí. — Docenas, cientos, apenas perceptibles. Tan sólo al tocar la piel pude notar aquellos pequeños cuerpos energéticos. Pero mi verdadera impresión no se hizo patente en mi expresión hasta que pasé la mano a contrapelo sobre el ala. La afilada rugosidad irregular que asomaba por la piel correspondía, sin lugar a dudas, a nuevas plumas empezando a asomar entre los poros. Hablé con un hilo de voz, percatándome de que había estado aguantando el aliento. — Es imposible. Él no puede ser…
— … Un Alas Negras. — Terminó Mephisto por mi. Y un color mezcla de felicidad y determinación envolvió completamente su espigada figura. No cupo duda de que fruncía el ceño a la par que sonreía. — Sí. Lo sabía…

Comentarios
Publicar un comentario