Vrana XVI: Arsgulf
Aquella noche los nervios no dejaron que Vrana pegara ojo. Las dudas, las preguntas y los pensamientos se arremolinaban y le hormigueaban en el estómago. Tenía muchas ganas de ver Arsgulf, y si, efectivamente, sus recuerdos volvían junto a sus seres queridos. Pero también mucho miedo a que no fuera así. No quería defraudar a Knar, ni al resto de su comunidad, o que la rechazaran por no ser la mujer que ellos recordaban. No sabía qué decirle a su hijo cuando lo viera después de dos años de abandono, o cómo explicarle su falta de memoria.
Había tantas cosas que tenías ganas de descubrir y que al mismo tiempo la aterrorizaban...
Knar se despertó con el alba, y se encontró a Vrana ya en pie y con unas terribles ojeras. Aún así, la mujer era totalmente incapaz de sentir sueño o cansancio. Comieron rápidamente y empezaron a descender hacia un valle cercano. Knar también se mostraba entusiasmado. A pesar de estar también agotado, no paró de hablar ni un minuto mientras andaban.
—Ya verás, es un lugar precioso. Está construido en el centro del valle, junto al río. Detrás hay un bosque de pinos, te encantaba pasear por él—iba contándole, a medida que ascendían por una pendiente que, según Knar, daba al susodicho valle justo al otro lado—. Seguro que ahora Torf está preparando uno de sus platos, y que Kiara anda espantando a los niños con historias de viejas—. El joven se rió. Vrana se alegró de verle tan contento. Por fin alcanzaron la cima del cerro—. Me muero por poder sentarme junto a un fue... go...
Al alzar la vista, el valle ofreció una vista cubierta de escarcha y ceniza. El río discurría en la parte este, ajeno a la desolación que rodeaba. El lugar donde debía erigirse el pueblo de Arsgulf no era más que un montón de escombros ennegrecidos. No había quedado ni un sólo edificio en pie, y lo que en su día fueron cultivos ahora eran campos de ceniza. Incluso buena parte del bosque colindante había quedado arrasada por el fuego. No se escuchaba el canto de los pájaros, ni nada que no fuera el viento ululando en el valle como si fuera un fantasma más.
Aquel lugar sólo transmitía desolación.
—No... No puede ser...—Knar perdió la voz a la par que se le llenaron los ojos de lágrimas. El chico arrancó a correr cuesta abajo, tropezando y cayendo al suelo, pero sin que eso pudiera detener su carrera.
—¡Knar, espera!—Vrana salió corriendo detrás de él, con bastante más cuidado.
No le dio alcance hasta que llegó a las ruinas del pueblo. Allí, el muchacho se derrumbó y cayó de rodillas. Profirió un alarido de angustia, y acto seguido se deshizo en llanto. Vrana no supo qué hacer, ni cómo podía consolar a Knar ante la gran sensación de pérdida que debía estar sintiendo.
Ella, sin embargo, no podía decir lo mismo. No era capaz de Sólo podía sentir pena por Knar y una profunda decepción interna, al ver que su única opción para recuperar la memoria ahora no era más que cenizas.
Cenizas que, por supuesto, no le recordaban a nada.
Finalmente se acercó al chico, y le agarró por los codos para obligarle a levantarse. Éste alzó un rostro enrojecido y totalmente surcado por las lágrimas. Ni siquiera fue capaz de mirarla, hundido por completo en su dolor. Vrana le abrazó, tratando de infundarle un mínimo de ánimo.
—Tienes que ser fuerte, Knar. No puedes rendirte ahora—le dijo, obligándole a mirarla a los ojos.
—No están...—gimió él—. Se han ido... se han ido todos Vrana...
—Tenemos que averiguar lo que ha pasado. Necesito que estés conmigo, ¿de acuerdo?
Knar asintió con dificultad y trató de recomponerse con esfuerzo. Aún llorando su pérdida, acompañó a la mujer en su lento paseo entre las ruinas chamuscadas. Vrana guardaba una débil esperanza de poder recordar algo a medida que recorría la escena, pero fue en vano.
Se pararon frente a la que debió ser una de las casas más grandes. Knar apartó la mirada al percatarse de los restos de huesos en el interior. Aquello era señal de que, probablemente, aquellos restos pertenecieron a personas que murieron quemadas vivas, dentro de su hogar. Como esos había cientos, esparcidos aquí y allá. Nadie parecía haber sobrevivido a aquella masacre.
Vrana se abrió paso entre los trozos de madera quemada de una de las viviendas. Examinó los restos de uno de los cuerpos, atraída por un leve destello. Fue capaz de rescatar un colgante plateado, prácticamente ennegrecido por el fuego, en forma de símbolo triple. Volvió a tener esa sensación de familiaridad pero, como siempre, no recordó nada concreto.
—Era la familia de Ielos, el panadero—dijo entonces una voz familiar, justo sobre ella.
Al alzar la mirada, Vrana se quedó congelada. No sólo acababa de reconocer la voz, sino también un fantasma de larga melena pelirroja y unos ojos intensamente verdes.
—Íofur...—. A Vrana le costó sacar su propia voz—. Pero... pero no puede ser... Tú estás muerto...
—Siempre hay alguna ocasión para escapar—sonrió él.
Parecía tranquilo, relajado y sin un sólo vestigio de heridas o cansancio. Incluso se había hecho con una armadura de cuero de buena calidad, y portaba una espada en el cinturón. Vrana se aproximó a él como si fuera un espejismo. Incluso alzó las manos para tocarle el rostro, casi esperando que en cualquier momento fuera a esfumarse en el aire.
Pero no. Era muy real. Y estaba allí, frente a ella.
—¡¡Íofur!!—exclamó Knar detrás de ellos. El chico corrió hasta el pelirrojo, aún llorando, y le abrazó. Íofur le correspondió, pasándole un brazo sobre los hombros y dedicándole una sonrisa—. Sabía que seguías vivo.
—Yo vi cómo iban a por ti... Estabas desarmado... —. Vrana seguía demasiado chocada como para aceptarlo—. Oí la pelea, las espadas, los gritos... ¿Cómo... cómo sobreviviste?
—Fingí que me habían vencido rápidamente. Me capturaron vivo, sin hacerme mucho daño. Y ese fue su error—. El hombre borró la sonrisa de su expresión y torció su gesto—. Después sólo tuve que esperar a que llegara una noche en la que se despistaran. Tampoco estoy muy orgulloso de lo que pasó después.
—¿Qué... quieres decir?
—¿Quieres saberlo?—. Íofur le dedicó a la mujer una mirada indescifrable.
—... Sí.
—Quizá en otro momento—. Señaló a Knar con la mirada, el cual se separó de él. Vrana asintió. El chico ya había visto suficiente desolación por un día—. Te estaba esperando aquí, porque sabía que vendrías. Pero tenemos que irnos.
—¿Ya? Pero si acabamos de llegar y... toda esta gente...—. Vrana se giró y miró alrededor.
—Si enterramos los cuerpos y la Corrección vuelve a pasar por aquí, sabrán que estamos cerca—puntualizó Íofur.
—Quiero hacer algo antes—. Vrana miró a los dos hombres, antes de añadir:— Quiero saber cuál era mi casa—. Knar e Íofur compartieron una mirada cómplice. Mas fue el pelirrojo quien sonrió al contestar:
—Ninguna. Y todas.
—¿En serio?—. Ambos asintieron—. Pero... yo tenía una familia...
—Sí, dos hijos. Y a la vez cien.
—Habla claro, Íofur. Por favor—le pidió ella, quizá con cierta brusquedad. No estaba de humor para acertijos.
—Todos aquí se consideraban tus hijos. Claro que Vranjorn y Knar eran los hijos que tú criaste, pero a ti nunca te han gustado las casas—. Cuanto más le oía hablar, más raro se le hacía a Vrana volver a escucharle—. Siempre le has considerado...
—Ya, a Ella no le gustan—asintió ella, sin necesitar más explicaciones. Íofur ladeó la cabeza, como sin entender a qué se refería, pero no le preguntó al respecto—. Pero les criaría en algún sitio, ¿no?
—La mayor parte del tiempo vivíamos contigo—intercedió Knar—. Cuando éramos pequeños, nos acogían en alguna casa. Tú ibas y venías, no siempre estabas con nosotros.
—Supongo que lo que quieres es ver a Vranjorn—atajó Íofur. Vrana se le quedó mirando, y terminó por asentir. El hombre amplió su sonrisa—. Está entre los supervivientes.
En ese momento fueron Vrana y Knar los que intercambiaron una mirada incrédula.
—Espera, ¿dices que hay supervivientes?
—Doce—especificó el pelirrojo, quien rápidamente añadió:—Se encuentran en Gilanulf.
—Gilanulf...—murmuró Vrana. Y pensar que acababan de pasar prácticamente al lado hacía tan sólo un par de días...
—Pensé que en una ciudad sería más fácil que pasáramos desapercibidos.
—¿Les encontraste aquí? ¿Viste lo que ocurrió?—. Vrana era consciente de que sonaba demasiado desesperada por obtener respuestas, pero le dio igual.
—No. Llegué tarde, por desgracia—. Íofur hablaba con una tranquilidad que al mismo tiempo reconfortaba y escamaba. A Vrana le costaba mucho entrever en su inquebrantable expresión hasta qué punto estaba afectado por lo ocurrido. Desde luego si estaba ocultándolo, lo hacía muy bien—. En honor a la verdad, me encontré con los supervivientes porque te estábamos buscando. Teníamos toda una red distribuida por diferentes sitios, a la espera de que llegáramos.
—Sí, Knar me lo explicó—. Vrana asintió, recordando lo que el chico le contó el día que se conocieron. Le dedicó una efímera sonrisa al joven, antes de exhalar un suspiro exhausto. Aún sentía el peso de la decepción en su pecho—. Entonces, ¿volvemos hacia el norte, a la capital?—. Íofur asintió—. Está bien. Knar, tómate un último momento para despedirte, si lo necesitas—. El chico sonrió a duras penas.
—Te lo agradezco—. Su voz seguía sonando congestionada. Sin añadir nada más se dirigió hacia el pueblo, para derramar sus últimas lágrimas en memoria de la gente que había perdido.
Íofur y Vrana dieron una última vuelta por el lugar, respetando la intimidad de Knar. En las afueras del pueblo, la mujer encontró numerosas huellas hincadas entre el barro, la escarcha y la ceniza. El ataque había sido muy violento y, desde luego, masivo. ¿De qué otra forma, si no, podría haberse originado semejante incendio con aquel frío? No podía negarse en que los culpables habían puesto verdadero empeño en acabar con todos los habitantes del valle.
—Knar dice que era un sitio muy hermoso—murmuró Vrana, dedicándole un último vistazo a los restos quemados del que fue su hogar.
—Lo era. Y lo amabas con todo tu ser—agregó Íofur, acompañando su mirada hacia el triste escenario.
—¿Se lo has contado a los que sobrevivieron?
—Sí. Ha sido una triste noticia para todos—. Vrana volvió a mirar a Íofur de reojo. En esa ocasión sí le pareció ver algo más de pena en su mirada.
—¿Crees que ha sido obra del traidor?
—No en primera instancia—. Íofur negó con la cabeza, y también le devolvió la mirada a Vrana. Entonces la mujer se percató de lo mucho que había extrañado aquellos intensos ojos verdes—. Pero si el traidor era uno de los nuestros, es probable que se encuentre entre los supervivientes.
—Puede ser. ¿Sospechas de alguien?
—De todos y de ninguno.
—¿Llegará el día en el que me digas las cosas claras, Íofur?—. Vrana sonrió débilmente. Íofur no le contestó, pero le devolvió la sonrisa.
Knar se reunió con ellos poco después, y regresaron sobre sus pasos rumbo norte, hacia la capital del Clan del Lobo. Cuando volvieron a subir la empinada cuesta rocosa, Vrana se permitió mirar atrás una última vez.
Tuvo la extraña sensación de que nunca más volvería al valle de Arsgulf.
—Era la familia de Ielos, el panadero—dijo entonces una voz familiar, justo sobre ella.
Al alzar la mirada, Vrana se quedó congelada. No sólo acababa de reconocer la voz, sino también un fantasma de larga melena pelirroja y unos ojos intensamente verdes.
—Íofur...—. A Vrana le costó sacar su propia voz—. Pero... pero no puede ser... Tú estás muerto...
—Siempre hay alguna ocasión para escapar—sonrió él.
Parecía tranquilo, relajado y sin un sólo vestigio de heridas o cansancio. Incluso se había hecho con una armadura de cuero de buena calidad, y portaba una espada en el cinturón. Vrana se aproximó a él como si fuera un espejismo. Incluso alzó las manos para tocarle el rostro, casi esperando que en cualquier momento fuera a esfumarse en el aire.
Pero no. Era muy real. Y estaba allí, frente a ella.
—¡¡Íofur!!—exclamó Knar detrás de ellos. El chico corrió hasta el pelirrojo, aún llorando, y le abrazó. Íofur le correspondió, pasándole un brazo sobre los hombros y dedicándole una sonrisa—. Sabía que seguías vivo.
—Yo vi cómo iban a por ti... Estabas desarmado... —. Vrana seguía demasiado chocada como para aceptarlo—. Oí la pelea, las espadas, los gritos... ¿Cómo... cómo sobreviviste?
—Fingí que me habían vencido rápidamente. Me capturaron vivo, sin hacerme mucho daño. Y ese fue su error—. El hombre borró la sonrisa de su expresión y torció su gesto—. Después sólo tuve que esperar a que llegara una noche en la que se despistaran. Tampoco estoy muy orgulloso de lo que pasó después.
—¿Qué... quieres decir?
—¿Quieres saberlo?—. Íofur le dedicó a la mujer una mirada indescifrable.
—... Sí.
—Quizá en otro momento—. Señaló a Knar con la mirada, el cual se separó de él. Vrana asintió. El chico ya había visto suficiente desolación por un día—. Te estaba esperando aquí, porque sabía que vendrías. Pero tenemos que irnos.
—¿Ya? Pero si acabamos de llegar y... toda esta gente...—. Vrana se giró y miró alrededor.
—Si enterramos los cuerpos y la Corrección vuelve a pasar por aquí, sabrán que estamos cerca—puntualizó Íofur.
—Quiero hacer algo antes—. Vrana miró a los dos hombres, antes de añadir:— Quiero saber cuál era mi casa—. Knar e Íofur compartieron una mirada cómplice. Mas fue el pelirrojo quien sonrió al contestar:
—Ninguna. Y todas.
—¿En serio?—. Ambos asintieron—. Pero... yo tenía una familia...
—Sí, dos hijos. Y a la vez cien.
—Habla claro, Íofur. Por favor—le pidió ella, quizá con cierta brusquedad. No estaba de humor para acertijos.
—Todos aquí se consideraban tus hijos. Claro que Vranjorn y Knar eran los hijos que tú criaste, pero a ti nunca te han gustado las casas—. Cuanto más le oía hablar, más raro se le hacía a Vrana volver a escucharle—. Siempre le has considerado...
—Ya, a Ella no le gustan—asintió ella, sin necesitar más explicaciones. Íofur ladeó la cabeza, como sin entender a qué se refería, pero no le preguntó al respecto—. Pero les criaría en algún sitio, ¿no?
—La mayor parte del tiempo vivíamos contigo—intercedió Knar—. Cuando éramos pequeños, nos acogían en alguna casa. Tú ibas y venías, no siempre estabas con nosotros.
—Supongo que lo que quieres es ver a Vranjorn—atajó Íofur. Vrana se le quedó mirando, y terminó por asentir. El hombre amplió su sonrisa—. Está entre los supervivientes.
En ese momento fueron Vrana y Knar los que intercambiaron una mirada incrédula.
—Espera, ¿dices que hay supervivientes?
—Doce—especificó el pelirrojo, quien rápidamente añadió:—Se encuentran en Gilanulf.
—Gilanulf...—murmuró Vrana. Y pensar que acababan de pasar prácticamente al lado hacía tan sólo un par de días...
—Pensé que en una ciudad sería más fácil que pasáramos desapercibidos.
—¿Les encontraste aquí? ¿Viste lo que ocurrió?—. Vrana era consciente de que sonaba demasiado desesperada por obtener respuestas, pero le dio igual.
—No. Llegué tarde, por desgracia—. Íofur hablaba con una tranquilidad que al mismo tiempo reconfortaba y escamaba. A Vrana le costaba mucho entrever en su inquebrantable expresión hasta qué punto estaba afectado por lo ocurrido. Desde luego si estaba ocultándolo, lo hacía muy bien—. En honor a la verdad, me encontré con los supervivientes porque te estábamos buscando. Teníamos toda una red distribuida por diferentes sitios, a la espera de que llegáramos.
—Sí, Knar me lo explicó—. Vrana asintió, recordando lo que el chico le contó el día que se conocieron. Le dedicó una efímera sonrisa al joven, antes de exhalar un suspiro exhausto. Aún sentía el peso de la decepción en su pecho—. Entonces, ¿volvemos hacia el norte, a la capital?—. Íofur asintió—. Está bien. Knar, tómate un último momento para despedirte, si lo necesitas—. El chico sonrió a duras penas.
—Te lo agradezco—. Su voz seguía sonando congestionada. Sin añadir nada más se dirigió hacia el pueblo, para derramar sus últimas lágrimas en memoria de la gente que había perdido.
Íofur y Vrana dieron una última vuelta por el lugar, respetando la intimidad de Knar. En las afueras del pueblo, la mujer encontró numerosas huellas hincadas entre el barro, la escarcha y la ceniza. El ataque había sido muy violento y, desde luego, masivo. ¿De qué otra forma, si no, podría haberse originado semejante incendio con aquel frío? No podía negarse en que los culpables habían puesto verdadero empeño en acabar con todos los habitantes del valle.
—Knar dice que era un sitio muy hermoso—murmuró Vrana, dedicándole un último vistazo a los restos quemados del que fue su hogar.
—Lo era. Y lo amabas con todo tu ser—agregó Íofur, acompañando su mirada hacia el triste escenario.
—¿Se lo has contado a los que sobrevivieron?
—Sí. Ha sido una triste noticia para todos—. Vrana volvió a mirar a Íofur de reojo. En esa ocasión sí le pareció ver algo más de pena en su mirada.
—¿Crees que ha sido obra del traidor?
—No en primera instancia—. Íofur negó con la cabeza, y también le devolvió la mirada a Vrana. Entonces la mujer se percató de lo mucho que había extrañado aquellos intensos ojos verdes—. Pero si el traidor era uno de los nuestros, es probable que se encuentre entre los supervivientes.
—Puede ser. ¿Sospechas de alguien?
—De todos y de ninguno.
—¿Llegará el día en el que me digas las cosas claras, Íofur?—. Vrana sonrió débilmente. Íofur no le contestó, pero le devolvió la sonrisa.
Knar se reunió con ellos poco después, y regresaron sobre sus pasos rumbo norte, hacia la capital del Clan del Lobo. Cuando volvieron a subir la empinada cuesta rocosa, Vrana se permitió mirar atrás una última vez.
Tuvo la extraña sensación de que nunca más volvería al valle de Arsgulf.

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