Black in Limbo 4: Si no te pillan, no es ilegal

Beleth


En Limbo no existe la ley. Al menos, no del modo convencional. Cada casa demoníaca impone sus propias leyes a los suyos, que a su vez, son diferentes a las de las demás. Por eso, en las calles de esta ciudad, reina una anarquía casi total. 
En medio del caos, sólo tres normas se erigen por encima de la voluntad de los Archidemonios: 
   1. Los humanos son sólo piedras de alma.

   2. Eres dueño de lo que matas.
   3. Si no se ha visto, no es ilegal. 
Si acusas a alguien sin pruebas, su casa vengará el insulto con tu sangre. Así que, asegúrate de tener todos los cabos bien atados antes de señalar a alguien con el dedo. O lo único que quedará de ti, será el dedo…

Las fiestas Kaessar siempre eran, de lejos, las más ruidosas y sangrientas del Limbo. Entre la comida y el aclohol; el olor del sexo despiadado y el sudor se convertía en una constante a la que había que acostumbrarse. El sonido de los tambores y las percusiones enmascaraba los gritos de rabia, dolor y embriaguez. Muchos aseguraban quedarse sordos durante días, después de una de esas celebraciones. Otros, amanecían completamente amnésicos después de la mayor borrachera de sus vidas. Y unos pocos, directamente, no llegaban a ver la luz del nuevo día.
Después de todo, una fiesta en la que no había derramamiento de sangre, no podía considerarse digna de los Kaessar.

Eran fiestas de guerra. Y por definición, eran toscas y violentas. Nada comparables a los refinados encuentros de los Lilims. Pero, ¿qué sabrían ellos sobre cómo montar una juerga en condiciones? En eso, les sacábamos eones de ventaja, dijeran lo que dijeran.

Pero todo eso quedaba para mi muy lejano, en otro plano. Mi atención aquella noche no estaba entre las piernas de ninguna esclava, ni en la cara amoratada de algún pobre desgraciado con el que mereciera la pena desfogarme. Sino en la impresionante colección de gemas de mi señor. Una cuantiosa cantidad de piedras, drusas brillantes y de hipnótica belleza; pedazos de alma demasiado hermosos como para destruirlas. Un verdadero tesoro digno de admiración que, por primera vez en décadas, estaba incompleto.

En la hilera de cristales de externum, se echaba en falta uno. La vitrina estaba cortada con una precisión casi quirúrgica. No había huellas, ningún tipo de rastro. Sólo el resultado de un trabajo perfectamente realizado. Fuera quien fuera el ladrón, se había llevado su botín sin llamar la atención, y sin dejar ninguna pista que seguir. Aunque yo ya empezaba a tener mis propias sospechas.

Me encontraba examinando la cerradura de la puerta, comprobando si había sido forzada; cuando escuché un grito revelador al final del pasillo. Desvié la mirada hacia la puerta cerrada y, como si pudiera ver perfectamente a través; me imaginé la cara descompuesta del pobre diablo al que le hubiera tocado la guardia esa noche. Por el chasquido de los huesos y el sonido líquido y plástico De las vísceras contra el suelo; supuse que Astaroth estaba abriéndole en canal mientras respiraba.

Se acabó mi noche libre… — Murmuré, buscando en mi bolsillo el paquete de tabaco y el mechero zippo. Me ib a hacer falta un cigarillo para lo que me esperaba.

Efectivamente, mi señor hizo acto de presencia en la sala, abriendo la puerta de una violenta patada. Sus iris refulgieron con la misma intensidad que la sangre que empapaba sus manos y su torso siempre al descubierto. Tenía el rostro constreñido por la rabia a medio aplacar, y trozos de carne entre las uñas. Si no le tuviera tanto cariño a mis manos, hubiera aplaudido ante semejante entrada. Pero ya tenía comprobado que el nivel de sadismo de Astaroth estaba al nivel de su dramatismo.

Espero que tengas mejores noticias que la rata que acabo de destripar. — Gruñó como un perro infernal. No, no era un insulto. Era algo por lo que había que preocuparse.
¿Sufrir un robo se considera buena noticia?
¡NO TE HAGAS EL GRACIOSO CONMIGO, BELETH! — Su ruido me dejó casi sordo, y me apagó el cigarro. Acto seguido, su puño me impactó en la cara con tanta fuerza que me hizo girar la cabeza. Mi sangre manchó las estanterías y los cristales brillantes. El pitillo voló por el aire y cayó en alguna parte. — Mírame. ¡¡Que me mires, joder!! — Me agarró del cuello con fuerza, y estrelló su rostro contra el mío. Era imposible no mirarle. — ¿Te parece que tengo ganas de aguantar tus gilipolleces, eh? ¿Te lo parece? — Hablaba entre dientes, casi siseaba. — No, mi señor. — El férreo sabor de mi sangre me empapó la lengua al hablar.

El Archidemonio Kaessar me soltó, o más bien lanzó, de mala gana contra el suelo. No me esforcé por mantener el equilibrio: rodé patéticamente y terminé con una rodilla hincada en el suelo. Humillado y doblegado. Justo como él quería.
A nadie se le hubiera ocurrido provocar a Astaroth, bajo ningún concepto. Pero, en realidad, aquella era la estrategia más inteligente que podía hacer. Cabrearle por vacilarle conllevaba una hostia y su consecuente humillación. Cabrearle por incompetente… Bueno, que le preguntaran a lo que quedaba del pobre desgraciado de ahí fuera.

¿Y bien? — Sonrió y se cruzó de brazos. Si no estuviera aliviado por conservar la vida, me habrían repateado sus ínfulas de superioridad.
Tendréis que perdonarme. — Escupí a un lado, y volví a sacarme el paquete de tabaco del bolsillo. — Pero quien haya sido el cabrón que se ha atrevido a robaros, sabía bien lo que hacía. No ha dejado ningún rastro.
Entonces ha sido cosa de los Ahharu. — Obviamente. Volví a reprimir un aplauso. Me había costado el labio y un revolcón el poder tener una conversación civilizada con él. No quería estropearlo ahora. 
Supongo que vuestra hermana no se toma muy en serio nues… Vuestro tratado de paz. — Había que tener cuidado de no quitarle méritos al Archidemonio, o él podía terminar quitándote otra cosa.
No digas chorradas, Beleth. Aún te tengo por un tipo inteligente. — Probablemente más que él, en mi opinión. Pero bastante menos brutal. Y menos poderoso, mal que me pesara. — Cuando se trata de los Ahharu, no hay preguntar por qué; sino quién les paga… 
¿Y quién, de entre todos vuestros cuantiosos enemigos, podría planear algo así? — Menos mal que el melodrama enmascaró la ironía en mi voz.
Probablemente el que sea lo suficientemente subnormal como para atreverse. — Mira, eso no se lo iba a discutir. Gruñó, y se inclinó sobre el hueco en el estante. Se habían llevado uno de los externums más espectaculares. Algo que me había llamado la atención, era que sólo se hubieran llevado un ejemplar, en vez de todo el botín. ¿Habría llegado Astaroth a la misma conclusión?— Hmmm… ¿Cuántos caídos crees que tendría que masacrar para conseguir más externum? — … no. Admito que era demasiado pedir.
Diría que a unos cuantos. — Esperaba no ser yo uno de esos “cuantos”. Tenía más aspiraciones en la vida que acabar como un trozo de externum decorando una estantería. — ¿Se os ocurre, entonces, alguien que haya podido organizar el robo? — Volví a intentarlo.
Alguien… O alguienes. — Alzó una ceja partida por una cicatriz. Me miró con sus ojos color sangre. Y no me gustó nada esa mirada. — Pero voy a dejar que seas tú quien lo averigüe, Beleth. Y espero que la próxima vez me traigas buenas noticias, por que si no… — Se lamió la mano, saboreando la sangre. Sonriendo. — … tú ocuparas el hueco en el estante.

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