Equalion 1: Vientos de cambio

Autores: Kendool (Aisha); Favnia (Malaestirpe), GatoCebolleto (Dragan)


DRAGAN

Los engranajes del puerto de Narderidut se escuchaban restallando y rechinando como mil demonios, incluso desde las alturas. Los malos olores y el vapor sucio ascendían desde las fraguas y los astilleros, rugiendo como los fuegos del infierno, formando una cúpula de nubes oscuras y densas que no dejaban ver nada. El calor comenzaba a hacerse asfixiante a medida que la nave perdía altura. Desde luego, la llamada "Isla del Fuego" hacía honor a su nombre.

Asomado por la baranda de la proa del Dientedragón, el lobo lo observaba todo con sus dos ojos dorados, abiertos y expectantes. El suave y tórrido viento del descenso revolvía su espeso pelaje negro y castaño oscuro, y azotaba un pañuelo negro y añil que llevaba atado al musculoso cuello. Bajo su peso, las tablas de la quilla crujían esporádicamente a medida que la humedad se escapaba de entre sus resquicios. Aunque el hedor industrial mezclado con el sutil aroma del azufre le obligaba a arrugar la trufa de su sensible nariz, ya había llegado a acostumbrarse a esa sensación, pero no por ello pudiera decirse que la disfrutara.
Él era el primero que detestaba aquel lugar, con todas sus ganas. Sin embargo, algo era sabido entre los piratas aéreos: cuando uno consigue un botín jugoso, lo esencial era venderlo cuanto antes para que no te lo robaran otros.
Y dio la casualidad de que el puerto más cercano era el de Narderidut.

Junto al animal, un muchacho joven, de unos catorce años, pecoso y con una especie de boina negra dos tallas más grande sobre su pelambrera azabache y revuelta, observaba la bajada de la nave con bastante más ilusión que el lobo. Para él, era la primera vez que atracaba en aquel puerto, y la expectación se teñía las mejillas de un rubor ilusionado, al tiempo que los vapores ascendentes manchaban poco a poco su tez de hollín.

- ¡Plegad las velas! ¡Motores al 30%! - vociferó una voz profunda y aguardientosa. - ¡Nejo! - el chiquillo dio un respingo tan exagerado que casi se cayó por la borda. - ¡Deja de zanganear con el perro y haz algo de provecho, o te juro por los Siete Vientos que te arrojo yo mismo al vacío!
- ¡Ah! ¡A-a-a-a sus órdenes, capitán! - el crío salió corriendo como alma que llevaba el diablo para echar una mano con los cabrestantes.

El hombre, o más concretamente el capitán, se llamaba John Hounder. A menudo respondía al nombre de Jonny "el Gordo", pero por supuesto en cubierta nadie tenía las agallas de llamarlo así. Podría decirse que el apelativo le iría al pelo, si lo tuviera. Desde luego era corpulento, más a lo ancho que a lo alto, y sus brazos eran del grosor de un mástil menor. Tenía la cara regordeta, orejas pequeñas y nariz de patata, en una extraña mezcla entre perro curtido y con malas pulgas, y osito mimoso.
Eso decía mucho de su personalidad: tenía mucho genio, pero en el fondo era un hombre responsable y muy directo. Se jactaba de ser honesto y justo en sus truques, aunque su concepto de "justicia" fuera muy particular. Seguramente hubiera colado por el típico tabernero de los altos muelles, de no ser porque su mano y su pierna derechas eran robóticas, y se movían provocando ruidos sordos. Siempre que alguien le preguntaba cómo perdió sus extremidades originales, él siempre se inventaba una historia nueva.
Siempre vestía una gabardina de cuero negra sobre sus ropas desgastadas y llenas de manchas de aceite de engrasar. O bueno, casi siempre. Algunas veces cambiaba el atuendo de capitán de aeronave por el delantal de cocinero, y entonces la mitad de la tripulación acababa vomitando babosas de Alboxeren durante un mes.

El capitán ladeó la cabeza, cubierta por un pañuelo rojo, y enarcó una de sus gruesas cejas enmarcadas por cientos de pequeñas arrugas que plegaban su áspera piel, remarcando su expresión. Miró al lobo, y el lobo le miró a él, quieto como una estatua, silencioso como una sombra.

- ¿Vas a quedarte ahí, o vas a echar una mano al chico antes de que se mate?

El animal se bajó de la proa, sorteando los cañones de energía con paso grácil, y trotó por la cubierta siguiendo los pasos del chico. El capitán lo siguió con la mirada, también si mediar palabra, y acto seguido ocupó el lugar del lobo sobre la proa. Pronto la cortina hedionda de nubes oscuras se disipó, y a sus pies se iluminó la ciudad portuaria, en la que las fraguas brillaban entre las luces de las calles como un enjambre.

El Sol se había ocultado hacía ya un rato, y sólo quedaba del rastro de su luz un cielo purpúreo que cada vez iba oscureciéndose más. Sin embargo, Narderidut brillaba por sí misma como si fuera de día. Debido a su situación junto al puerto, era una importante ciudad mercante que acogía un gran número de naves cada día. Y, además, era conocido por tener los astilleros con la mejor maquinaria y el mejor armamento. Los mercaderes y los artesanos mantenían activos sus negocios hasta bien entrada la noche, y las tabernas se llenaban en seguida esperando que los viajeros se emborracharan con aguardientes capaces de dejar inconscientes hasta a los hombres más resistentes.
Eso era Narderidut: un lugar de fuego y metal, donde el sonido del martillo sobre el yunque era como el tic-tac de sus relojes mecánicos, y donde la cultura al Dios Baphomet se mezclaban en una extraña convivencia entre el arte y la mecánica.

A espaldas del capitán, las velas, recorridas por cientos de pequeñas celdillas cargadas de energía, se plegaron. Al mismo tiempo las hélices laterales empezaron a girar más deprisa para mantenerla velocidad de descenso. El fuego de los propulsores pasó de tener una llama azul intensa y constante, a otra más rosada e inestable.
Casi una docena de hombres se pelaban las curtidas manos tirando de los cabos al unísono, o se encaramaban a los obenques para plegar las velas con la precisión más absoluta.
Nejo, el muchacho, se encontraba en la popa, junto al segundo de abordo que manejaba el timón, conduciendo la nave hacia el muelle de atraque. El chico tiraba desesperado de un trozo de cuerda gruesa que le estaba desollando las manos para retirar la vela de mesana. El lobo se puso junto a él, mordió el trozo de cuerda, y le ayudó a tirar para que el engranaje chirriante cediera y recogiera la gruesa tela hacia el mástil.
El muchacho ató el cabo a uno de los sostenes laterales, y se agachó junto al animal, acariciándole enérgicamente tras las orejas.

- ¡Bien hecho Khan! ¡Toma, te lo has ganado! - el chico se llevó la mano al bolsillo, y sacó un trozo de pescado sazonado, tieso y áspero, de su bolsillo.

El muchacho había aprendido rápido que durante las travesías, guardar un poco de comida en un bolsillo o esconderla en una manga era útil para no sentir la dolorosa punzada del hambre cuando sólo se comía dos veces al día...

El lobo olisqueó el pescado, y lo atrapó entre sus colmillos, masticándolo con sus fuertes mandíbulas, para luego acabar relamiendo la mano salada del chico. Éste rió bajo las cosquillas de la lengua áspera del animal, y volvió a acariciarle la cabeza.

- No deberías darle tu comida a ese chucho, Nejo. - dijo el hombre del timón con voz desagradable. - Algún día intentará comerte la mano, cuando no tengas un premio.
- Khan es un buen perro, jamás ha mordido a nadie. - protestó el muchacho.
- Ya, ahora. - masculló el otro. - Pero el día que tengamos que dejarle sin su ración por la falta de suministros, acabará arrancándole la mano a alguien...

Nejo le sacó la lengua, sin hacerle caso. El hombre se rió para sí mismo, fingiendo que le daba igual lo que hiciera el muchacho.
Nelson Huges, segundo de abordo. Un tipo amargado y con muy mal carácter. Siempre tenía algo de lo que quejarse, y no le gustaban nada los animales ni los niños. Era imposible que le dirigiera a nadie más de dos palabras seguidas sin rebozarlas antes en la ácida salsa de su sarcasmo.

El Dientedragón continuó aproximándose, sobrevolando raso los tejados de los edificios de Narderidut, y pasó lentamente sobre la cantidad ingente de muelles de atraque, en los que se aglomeraban naves de todos los tipos imaginables, desde pequeños y cochambrosos a enormes y espléndidos, con los sellos de las Casas Nobles estampados en el casco o en las velas.
Cuando encontraron al fin un muelle libre, la nave viró en redondo y descendió lentamente hasta que las plataformas metálicas del muelle, suspendidas sobre las nubes y el oscuro vacío, estuvieron a media altura de la embarcación. Algunos hombres de la tripulación saltaron por la baranda, aterrizando sobre las planchas medio oxidadas, y tiraron de gruesos cabos para atar la nave y mantenerla estable.
Cuando se estabilizaron los motores y se apagó el motor de fusión cristalina, todos los hombres acudieron sobre la cubierta, riendo y charlando animadamente sobre la cantidad de alcohol que pensaban ingerir, o sobre la cantidad de burdeles que pensaban frecuentar en una sola noche.

- ¡Escuchadme, panda de gorriones! - les gritó el capitán para hacerse oír sobre las demás voces. - ¡Ya sabéis como va! ¡Nada de problemas, nada de peleas, nada de broncas con la ley! ¡Os vais, os emborracháis, y mañana al alba todos aquí descargando la mercancía para cuando vengan los hombres de Jirassey, cobramos y nos vamos, ¿ha quedado claro?!
- ¡TRANSPARENTE, MI CAPITÁN! - contestaron todos al unísono.
- ¡Pues bajad las pasarelas y largaos de una maldita vez!

Los hombres volvieron a asentir al unísono, y desplegaron las pasarelas hasta la plataforma para salir en tropel de la embarcación. El capitán sonrió, viéndoles marcharse por los muelles montando follón. Después se llevó los dedos a los gruesos sabios y silbó con tanta fuerza que a Nejo le pitaron los tímpanos.

- ¡Nejo! ¡Hoy te quedas a cargo! ¡Vigila bien y no te duermas! - le dijo el capitán. - No te preocupes, no estás solo. Creo que Mudb está abajo. Despiértale si hay problemas.

El chico se puso un poco pálido, no quedó claro si por la mención de los posibles problemas, o la mención de Mudb, el ingeniero de motores al que raramente se le veía en cubierta. Más bien, raramente se le veía fuera de la sala de máquinas...

- ¿Khan no puede quedarse conmigo?
- No, Khan hoy no se quedará. - el capitán se ajustó la gabardina, como si eso fuera a disimular su enorme tripa semiesférica. - Ya eres mayorcito para hacer la ronda tú solo.

El chico pareció entristecerse, o más bien indignarse, ante la perspectiva de tener que quedarse toda la noche vigilando solo en la cubierta. Muchas veces le había tocado guardia, pero había aguantado despierto y medianamente entretenido gracias a la compañía del lobo. Sin embargo, al parecer ese día le había tocado quedarse solo.
Al lobo tampoco le agradaba del todo la idea de dejar al muchacho cargando con toda la responsabilidad. Pero Narderidut era un puerto seguro, precisamente porque solía estar frecuentado por piratas aéreos que, como ellos, necesitaban no llamar atención para no alertar a las autoridades bajo ningún concepto. Podría decirse que había una especie de ley no escrita sobre el respeto mutuo y el no allanamiento de barcos ajenos con tal de no acabar entre rejas, o colgando de una horca...

Así pues, con paso ligero, el capitán descendió del barco, haciendo que la pasarela se combara bajo su enorme peso, y recorrió a paso ligero los muelles, seguido por el trote incansable del lobo y el sonido de los mecanismo de sus extremidades coreando cada uno de sus pasos.

MALAESTIRPE

-¡Eh, tú! Será mejor que te agarres fuerte a menos que quieras ir a hacerle compañía a los mutantes de ahí abajo, estas turbulencias son frecuentes en esta zona... -El capitán de La Sirena Alada habló con voz cascada pero firme, a la espalda de una figura que se balanceaba ligeramente, con unas manos blancas y de largos dedos aferrándose a la barandilla.

El aludido -o aludida, era dificíl discernirlo- ladeó el rostro, oculto por una máscara de porcelana blanca ornamentada, muy típica de los luchadores de la Isla del Agua. Solo eran visibles sus ojos, que sin embargo, eran de un azul profundo y para nada característico de los Aquarenses. Se encogió de hombros, mientras el holgado kimono negro ondeaba ligeramente sin dejar vislumbrar nada de su figura, y volvió a clavar su vista en el horizonte

-No son nuevas para mí, pero... Gracias.
-¿No son nuevas...? -El hombre pareció sorprendido- ¿Es que has surcado alguna vez los Siete Aires?
El enmascarado no se inmutó, ni se movió un ápice, salvo por el suave balanceo en la barandilla.
-Algo así...
-Has pagado bien, aquarense... Pero todavía no me has dicho por qué, sabiendo nuestro viaje, has insistido en correr el riesgo de subirte a este barco...
-No, no lo he hecho... -Admitió con voz suave y calmada- Ni pienso hacerlo. -El Capitán se encogió de hombros a su vez, dejando de darle importancia: tenía sus cristales, con eso le bastaba. Si ese insensato quería jugarse el cuello en semejante viaje, largo y agotador, allá él... Bastante honesto había sido advirtiéndole antes de que decidiera subir y efectuar el pago: habría sido más fácil quitarle los cristales y después tirarle por la borda...

...Claro que alguien que sabía como conseguir cristales, tampoco parecía alguien que se dejase tirar por las bordas de los barcos así como así. Quizá, y solo quizá, eso influía en la condescendencia del pirata. Eso, y que, además, ya estaban casi al final de la travesía y en aquella semana tan larga, el pasajero no había causado problemas.

Fuera como fuera, este parecía ajeno a las cavilaciones del Capitán y más atento a las suyas propias. Sobretodo cuando, ante una pausa seguramente breve de las turbulencias, cerró los ojos y, para sus adentros, comenzó a recordar...


-Será mejor que cojáis esto rápido y os vayáis corriendo
-Pero... -La mujer alzó una mano, que conservaban todavía las marcas de los grilletes, dubitativa. Una mirada hacia el pequeño bulto que sostenía en el otro brazo, y que se removía inquieto, le bastó para decidirse y coger el paquete que se le ofrecía- Gracias, muchísimas gracias... Que la Madre Gaia te... -Se silenció ante la mirada seria de esos ojos azules, que no tardó de ser acompañada por una réplica:
-Cuida tus palabras, cambiaformas... Mentar a tu Diosa tan cerca de la ciudad te puede costar la vida
-Sí, claro... -Tragó saliva, asustada- Será mejor que me vaya
-Estoy de acuerdo

Tras observar a la esclava alejarse con su hijo en brazos, dio media vuelta y echó a andar, con intención de volver a adentrarse tras las murallas de hielo. Sin embargo, cuando ya comenzaba a vislumbrarlas, escuchó una voz a su espalda:

-Esta vez la has liado bien, “malaestirpe”, esto te costará algo más que la expulsión de la Academia del Agua.
-¿Yoshu? -Se giró, frenando en seco. Aquello no entraba en sus planes.
-Siempre me gusta ayudar que se respeten las leyes... -El mago aquarense sonrió con satisfacción.- ¿Sabes que ayudar a los rebeldes de las afueras se castiga con la muerte, no? O tal vez, si son indulgentes contigo, con la esclavitud... Así ocuparías el lugar que mereces, y no una plaza en nuestra aclamada Academia. -Escupió, divertido... Parecía agradarle la idea de expresar su opinión acerca del mestizaje: solo los Aquarenses puros debían ocupar una plaza en la academia de magos más aclamada de las cuatro Islas... ¿O acaso en la Isla del Fuego instruían a, por ejemplo, Hombres del Viento en las armas?

Aunque lo cierto es que ninguna isla era tan reticente al mestizaje con los humanos de alguna otra como lo era la Isla del Agua, Yoshu, como buen Aquarense, no contemplaba esa visión, sino la propia de aquel lugar.

Y ahora había cazado por fin a una nueva presa, “malaestirpe”, como así se llamaba despectivamente a los mestizos... Una presa que, además, era rival en las clases, pero eso, por supuesto, él no iba a admitirlo.

-Prepárate para lo que te espera, “malaestirpe”
-Ya... Me temo que... hay un error.
-¿Qué? ¿Qué estás diciendo? No hay ningún error, sencillamente, te he pillado y ahora te entregaré...
-Ahí está el error... -Replicó con tranquilidad- Parece que piensas que voy a... ¿Cómo era...? Ah, sí... “Cooperar”
-No tienes otra opción, “malaestirpe”

Sonrió, girando entonces su mano en un suave balanceo. En un abrir y cerrar de ojos, varias estalactitas se abrieron paso desde el suelo, hacia arriba, rodeando a Yoshu y superándole ligeramente en altura. El hielo iba aumentando de grosor, hasta casi rozar la figura del mago.

-¿Hielo? -Soltó una carcajada despectiva- ¿Crees que vas a detenerme con algo de tercer grado?
-No, claro que no, por favor... ¿Cómo iba a pensar tal insensatez? -Se encogió de hombros y pestañeó ligeramente- Pero a lo mejor con algo de quinto...

Sucedió tan rápido que Yoshu no pudo reaccionar para evitarlo. En un abrir y cerrar de ojos, hirviente vapor de agua se había condensado alrededor de su cuerpo, y pegado a su rostro. Un vapor que después, una vez el yacía en él suelo gritando de dolor, empezó a volverse frío, muy frío, escarchándose en su piel...

-No puede ser... -Sollozó antes de que la inconsciencia le llevará a brazos de Morfeo, tal vez para no regresar- Eres de tercero, y “malaestirpe”... -Susurró al tiempo que la negrura le envolvió del todo, maldiciendo a quien ya estaba lo suficientemente lejos como para no escucharle...

-¡Eh, tú, mascarita, que te estoy hablando!
-¿Uhm...? -Sacudió la cabeza, volviendo al presente y dándose cuenta de que había estado a punto de caerse, pues el frenazo del barco al aterrizar en Narderidut había sido fuerte. Se aferró con más fuerza a la barandilla y ladeó el rostro hacia el Capitán, que seguía ahí- ¿Decías...?
-Fin del trayecto... Ya puedes bajar.
La figura asintió, se separó de la barandilla y se dirigió entonces hacia la salida que daba al muelle, sin despedirse...
-Todavía no has dicho tu nombre... -Masculló, de nuevo pudiéndole la curiosidad.
-No, no lo he hecho... -Concedió, deteniéndose unos instantes- Ni pienso hacerlo, aunque... -Sonrió, renaudando sus pasos- ...puedes llamarme “malaestirpe”.

AISHA

- ¡Al ladrón, al ladrón! 

La voz provenía de un hombre de tamaño grueso y piel morena y aceitosa, embutido en unas telas de diferentes y vivos colores que, no obstante, no podían asemejarse siquiera al color de su propio rostro, rojo como un tomate muy maduro, en cuanto se puso a perseguir al malhechor. Sin embargo, poco podía hacer con la velocidad del mismo, que esquivaba gente, animales y puestos de mercado con una facilidad pasmosa, propia de quién conoce hasta la saciedad los recovecos de Majkra, la ciudad de la isla del aire que ejercía de puerto para los barcos procedentes de las diferentes islas.

La bolsa le pesaba, y empezaba a pensar que había cogido demasiadas baratijas. Su primer plan era coger un par de anillos para poder costearse ciertos gastos, pero la distracción del vendedor y su codicia le estaban generando ahora un problema. La llevaba bien sujeta al pequeño cinturón, y cada rato la observaba de reojo. Era su sustento y su vía de escape de la ciudad, y no podía perderlo. No ahora.

Aisha empezó a comprobar con cierto desagrado y su juvenil ceño fruncido cómo ya eran bastantes los que respondían a la pedida de auxilio del mercader. Dobló una esquina, alejándose del bullicio principal y por tanto del imperioso calor que provocaba el Sol de mediodía, y que ni la brisa ni las repentinas corrientes de aire podían solucionar. Pocas veces llovía, y cuando se daba ese caso las calles se atestaban en una especie de baño público que la joven detestaba...

Tanto, o más, cómo los guardias de la ciudad. Sus ojos almendrados y ocultos por la capucha (al igual que su rostro), se fijaron en los dos hombres que ahora cortaban la salida del callejón. Ambos portaban dos lanzas de madera de fresno y con una altura considerable, cruzadas la una con la otra. Formaban un muro difícil de superar, por no decir imposible, y por ello Aisha tomó, de forma rápida y vivaz, otra solución. Lentamente se echó la capucha hacia atrás: Aisha era, en definitiva, una niña característica de las islas del Aire: Color de piel bronceado, ojos almendrados y algo ovalados, pelo negro azabache y ligeramente ondulado, y un cuerpo propio de una niña de doce años que aún está en pleno desarrollo. No tenía pecho (motivo de burla de alguno de sus "compañeros"), y comenzaban a avistarse muy ligeramente los indicios de unas caderas anchas. Estaba delgada, con la cara sucia de hollín y perlada de sudor por el esfuerzo. 

Puso los brazos en jarra y emitió un resoplido que se asemejó al de una avispa:

-¡Oh, vamos...! ¡Malik, Jarl! -Los hombres no se movieron, pero emitieron una ligera sonrisa que era fácil de observar y que provocó un nuevo resoplido por parte de Aisha. Se le acababa el tiempo, y pronto se vería en una encrucijada de la que no podía salir. Uno de los hombres habló:

-Aisha... Te hemos dicho muchas veces que dejes de hacer estas cosas... Ni aunque sea para comer. - La réplica de la niña quedó en el aire, aunque se recompuso con mucha rapidez y arrugó más aún el ceño.

- No es para comer.
- ¿Ah, no? ¿Y entonces?
-Tengo que salir de aquí...- Los sonidos de las pisadas se acercaban cada vez más, y los mercaderes podían ser más crueles que los propios guardas. Aisha hizo un mohín  y juntó ambas manos en una señal de súplica, dando un paso hacia ellos.Y otro. Y otro.- Por favor... Por favor... -Su mano se deslizaba, suave como una sombra, entre los pliegues de la túnica, alcanzando de forma serpentina el cinturón, y con él, la bolsa de joyas.- Diréis que acabais de llegar y que no me habéis visto...

Todo sucedió en una milésima de segundo. La pequeña mano de Aisha se cerró en un puño, cogiendo varias joyas, y sin pensarlo se las tiró a la cara a ambos guardias. La sorpresa fue tan mayúscula que el bloque de lanzas tembló, y ese pequeño hueco lo aprovechó para escabullirse y sortear el muro. Instantáneamente, echó a correr como una gacela. Siempre le había gustado correr, sentirse libre de alguna manera, y la verdad era que se le daba excepcionalmente bien. Cuando ejercitaba los pies se sentía mucho mejor, como si... Fuera parte de ella.

Aisha no bajó el ritmo. Notaba los latidos de su corazón golpeteando con fuerza, pero no se encontraba cansada. Pronto los sonidos y el bullicio quedaron relegados a un segundo plano, dando paso a la zona calmada de la ciudad. Pequeñas casas se agolpaban unas con otras en largas calles descendentes cuyo fin era el puerto aéreo, pequeño en comparación con otras grandes ciudades, pero siempre lleno de barcos que negociaban comida y materiales. El Sol volvía a dar de lleno, y Aisha se vio obligada a disminuir el ritmo, caminando por el cobijo que daba la sombra. Aún estaba nerviosa, pero los guardias que se encontraba parecían ajenos al conflicto que se había dado en la zona comercial, y tampoco se fijaban mucho en una niña que paseaba como otros tantos.

Finalmente, alcanzó su destino. Había estado muy pocas veces en el puerto, aquellas en las que a unos cuantos les daba por jugar a caminar por el borde del abismo. Lo que sí sabía y conocía era que el sistema estaba establecido, y que los barcos salientes y los entrantes se diferenciaban en dos andenes diferentes. No le costó demasiado discernir cuales eran los salientes.

Comenzó a observar los barcos, uno a uno. Necesitaba uno lo suficientemente legal como para que no fuera peligroso, y lo suficientemente ilegal como para que no le hicieran demasiadas preguntas:

- "La Dama Borracha"... - Ése era su barco. Se acercó al muelle con cierto recelo pero paso firme y encontró a uno de los tripulantes observando las nubes, a diferencia de sus compañeros, enfrascados en subir diferentes cajas al barco.- Disculpe. -Silencio.- Disculpe. -Más silencio.- ¡DISCULPE!
-¿Qué quieres, niña? ¿No ves que estoy ocupado?
 -Quiero hablar con tu capitán.
-¡Yo soy el capitán, maldita sea! ¿No se nota o qué?

Aisha evitó hablar de lo que se notaba o se dejaba de notar. En los suburbios donde se había creado le enseñaron una norma de oro: No hablar más de lo estrictamente necesario:

-Quiero subir en su barco y que me lleven a las... islas del fuego. -El capitán, entonces y solo entonces, enarcó ambas cejas y se dignó a mirar al retaco que tenía al lado y que apenas rozaba el 1,50.
-¿A las islas del fuego, dices? Tenemos que dejar unas telas que hemos cogido aquí en esos lares, pero... ¿Por qué debería dejar que una niñita se adentrara en un barco lleno de hombres?

"Dinero, quiere dinero. Como todos"

Aisha cogió la bolsa y la vació en las manos ya tendidas del hombre. No sabía si era mucho o poco lo que le estaba dando, pero por el brillo en los iris del capitán, la niña supo que ya tenía un pasaporte. El hombre alzó una de sus nudosas manos y la colocó a escasos centímetros del rostro de Aisha:
-¡Bien, bien, muy bien, jovencita! ¡Pero no vas a tener ningún trato especial por ser una muchachita! ¡Trabajarás, limpiarás y sudarás como los demás!

Aisha tuvo ganas de morderle la mano:

-Sí, señor.

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