Vrana V: "Lo siento"



La idea de seguir el camino sur desde Jaremlan hasta Casfania se mostró como el más atractivo para los dos fugitivos. Pero pronto demostró ser menos prometedor de lo que aparentaba en un principio. Las patrullas de guardias habían empezado a recorrer la zona. Aunque intentaron transitar el camino principal sólo durante los tramos más imprescindibles, a medida que las montañas estrechaban el paso por sendos lados, los bosques y los lugares para caminar a cubierto empezaron a escasear más y más.

Finalmente entraron en un desfiladero en el que no pudieron volver a dejar el camino, y fue entonces cuando fueron interceptados por la patrulla de soldados que les había seguido la pista durante los últimos días. Cansados, sin un lugar en el que esconderse y ni un sólo refugio a la vista, Vrana e Íofur esperaron la llegada de los hombres a plena vista. Casi parecían haber asumido que no podrían evitar el encuentro. De haber tenido tiempo, quizá hubieran podido planear algún tipo de emboscada. Pero contra cuatro hombres armados y vestidos con cota de mallas, sus actuales armas poco podían hacer, ni aún contando con la ventaja del factor sorpresa.

—¡Vosotros dos! ¡Quedáis arrestados por los estragos causados en el Hospicio de Santa Lydia!—. El que habló no llevaba ningún tipo de galardón, pero dejó claro que era el oficial al mando—. Entregaos pacíficamente y nadie saldrá herido.
—No sé de qué hablas—mintió Vrana, escondiendo la mano que aferraba la porra a la espalda. Íofur se mantuvo igualmente a su diestra, estudiando al cuarteto en silencio—. Sólo somos viajeros...
—¡Y un cuerno!—. El oficial parecía bastante contrariado y nada dispuesto a dialogar. Tal vez por haberse visto obligado a perseguir a los dos fugitivos, o simplemente porque ya iba con idea de terminar aquel encuentro con violencia. Como fuera, desenvainó su espada sin demora, y los otros tres pusieron sus lanzas en ristre casi al unísono:—¡Prendedlos! ¡Si se resisten acabad con ellos!

La pelea fue caótica y mal organizada. Íofur se movió con agilidad y logró clavarle el cuchillo drásticamente en el cuello a uno de los que no llevaban la cabeza cubierta. Vrana esquivó algunos golpes, recibió otros, y logró romperle la cara a otro con la maza. Pero, en algún momento, alguien le pisó el pie que tenía lesionado desde la huida, haciéndola caer al suelo. Sintió que el acero de la espada se clavaba en su hombro izquierdo. Gritó de dolor, y acto seguido su atacante le pateó la cara.
Vrana perdió el sentido en el acto.


Al volver a abrir los ojos, lo primero que reconoció fue la sombra de las ramas de los árboles perennes ocultando el cielo y arrojando su sombra sobre ella. Lo siguiente, fue del sonido de la lluvia sobre las hojas. Y después, de la presencia de Íofur a su lado, cosiéndole pacientemente la herida sangrante del hombro.

—¿Qué ha...?—empezó a decir con voz pastosa, pero él la interrumpió:
—No hables. Descansa.

Vrana no rechistó. Estaba demasiado confundida y atolondrada. Sentía un dolor sordo por todo su cuerpo, y notaba restos del sabor metálico de su propia sangre en la boca.
Mientras él terminaba de curarla en silencio, la mujer se percató de que Íofur había aprovechado el hueco de un enorme tronco hueco, y que había dispuesto varias ramas y hojas por encima para improvisar un refugio. No supo precisar qué hora era debido al cielo plomizo, pero fuera empezaba a estar oscuro.

Durante todo el proceso, Íofur mantuvo una expresión levemente contrariada, frunciendo el ceño y moviendo los labios casi imperceptiblemente, murmurando para sí mismo en silencio. Vrana se hartó de aquel mutismo, y rompió por fin el hielo al hablar:

—¿Dónde estamos? ¿Y los guardias? ¿Qué es lo que pasó?—. Intentó sonar imperativa, pero no lo consiguió. Aún así, Íofur la miró de soslayo y contestó.
—Logré matar a dos de ellos y de herir a su oficial. Aún así, logré escapar contigo a cuestas y por los pelos. Tuve que retroceder bastante para encontrar un refugio y curarte antes de que te desangraras.—. La voz del hombre se había vuelto repentinamente monocorde y fría. Vrana temió que estuviera disgustado o enfadado con ella por lo ocurrido.
—¿Tú estás herido?
—Nada importante, no te preocupes.
—Quizá no debimos haber tomado el camino del desfiladero...
—Quizá...
—... Lo siento mucho—. Al murmurar aquello, Íofur alzó las cejas y la miró sorprendido. Al menos logró que cambiara aquella expresión molesta.
—¿Por qué lo sientes?—preguntó él sin entender a cuento de qué venía aquella disculpa. Los ojos de Vrana volvieron a llenarse de lágrimas impotentes.
—Esto ha sido culpa mía... Si hubiera sabido decidir... Si pudiera recordar todo lo que he olvidado, pero...—la mujer enterró el rostro entre las manos, ocultando los sollozos que hacían temblar sus hombros—... No puedo. No soy la mujer que fuiste a rescatar... Y lo siento, Íofur. Lo siento mucho.

Pasó un rato largo, en el que Vrana simplemente desahogó su llanto y en el que Íofur permaneció pasmado bajo la lluvia. Parecía demasiado chocado por la escena. Tal vez nunca había visto llorar a Vrana. Tal vez ella sólo había puesto de manifiesto lo que él ya sospechaba.
Mas fuera lo que fuera lo que el hombre tuviera en la cabeza, esperó a que la mujer se destapara el rostro. Sólo para alargar la mano suavemente hacia ella, y tocarle la cara con los dedos, limpiándole las lágrimas con el pulgar.
—Todo saldrá bien—sonrió. Aquel gesto pareció limpiar de un plumazo la desazón que habitaba en el corazón de Vrana. Íofur ladeó el rostro, sin dejar de mirarla a los ojos, y apartó la mano diciendo:—Ahora soy yo quien debe pedirte perdón.
—¿Por qué?
—Por tocarte sin permiso—. Íofur parecía recordar perfectamente lo que Vrana le dijo en el hospicio. Vrana también lo hacía, y en aquel momento se arrepintió de habérselo dicho.
—Pues no lo sientas.

Suavemente, la mujer volvió a cogerle la mano, y aproximó sus curtidos nudillos hasta su rostro. Íofur no dijo nada. Pero amplió su sonrisa.

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