Black in Limbo 5: Medidas desesperadas

Mephisto



En Limbo la vida ni se crea ni se destruye: se transforma. Las almas mortales no desaparecen al morir, se convierten en piedras de alma. Hermosos y brillantes cristales de energía pura, que se depositan en el fondo del río Estigio, donde van las almas. Nosotros, los Carontes, nos encargamos de recolectarlas porque somos los únicos a los que la muerte de sus aguas no afecta. 
Las piedras de alma lo son todos para nosotros: la comida, la bebida, la energía, la ropa que vestimos, las armas que forjamos, los edificios de la ciudad… Todo lo que utilizamos, todo lo “material”, proviene de las piedras de alma. 
No obstante, cuando los caídos mueren en Limbo, se convierten en algo mucho más especial y raro. Su alma se transforma en una piedra muy especial: el externum. El único metal capaz de herirnos. La muerte de los nuestros es lo único que nos mata.
Ironías de la vida.

El laboratorio de Uqbah era una maravilla para el Caronte. Todo estaba lleno de cacharritos, tarritos, libros, trastos y utensilios que le eran completamente desconocidos. No era tan grande como el de Abraxas, pero tenía su propio encanto. En su orden riguroso y en su disposición, el Archidemonio pudo ver en Uqbah la influencia de su Maestro, lo que se le antojaba incluso divertido.

El Maere le había dejado curiosear bajo la estricta norma del “no toques nada”. Por el momento, Mephisto estaba siendo un buen chico, y mantenía sus manos entrecruzadas en la espalda, dejando ir sus ojos violáceos por cada estantería y cada extraño artículo que encontraba en ella. De vez en cuando dejaba escapar un “oh” de sorpresa y admiración, y se tragaba las ganas de preguntar qué era o para qué servía lo que fuera que llamaba su atención. No le era fácil, la curiosidad del Caronte era imperiosa, pero sabía que más le valía no distraer a Uqbah en ese momento.

Se encontraba sobre su mesa de trabajo, sobre la cual había una especie de mechero que ardía con una mágica llama azulada. Calentaba el fondo de un caldero de metal grueso, dentro del cual la piedra de externum se fundía lentamente, convirtiéndose en un líquido hermoso, entre plateado y azulado. Nadet había hecho un buen trabajo consiguiendo el mineral. Mephisto sabía que el robo a Astaroth traería consecuencias. Pero ya las batallarían llegado el momento.

Las manos tatuadas del demonio se mantenían estáticas a ambos lados de la llama, asegurándose de mantenerla viva y ajustar el calor para fundir el preciado metal. Cuando consiguió fundirlo entero, Uqbah alzó los dedos, y una burbuja se desprendió de aquel brillante líquido, pequeña y voluble, liviana en el vacío. El Maere empezó a mover los dedos ágilmente, y el metal se dobló, se contorsionó, la pompa se volvió un cilindro, cada vez más alargado y fino. Acto seguido lo cerró, en una perfecta circunferencia, que remató con una cuenta de obsidiana en forma de esfera, que sacó de un tarro lleno de ellas que tenía justo al lado del codo.

¿Ya está? — Preguntó Mephisto por fin, acercándose por detrás.
Casi. Éste sólo es el primero. — Uqbah habló con su tono de voz monocorde habitual, pero el Caronte percibió casi en seguida que estaba cansado. Transformar el externum siempre requería mucha energía. — Crearé tantos anillos como me sea posible. Pero ésto es sólo una parte del proceso.
¿Crees que existe el riesgo de que muera cuando se los pongamos? — Casi vibró una nota preocupada en la voz del Archidemonio y todo.
En su estado, o su cuerpo energético responde al tratamiento y el externum logra redirigir sus canales a través de su espina dorsal para reconducir el dolor. O no se adapta, rechaza el externum, éste infecta su sangre y muere en el proceso. — Uqbah se pasó la mano por la frente, limpiándose unas gotitas de sudor. — No puedo decir que envidie su posición.
No, yo tampoco…
¿Pensáis en echaros atrás?
Claro que no. ¿Qué quieres, que Nadet me mate si le digo que le he hecho robar a Astaroth para nada? — Mephisto arrugó el morro y se cruzó de brazos. Uqbah sonrió bajo la venda, sin mirarle, sin ocultar que encontraba graciosa la idea. — Mira, no me contestes mejor…
Mejor. — Uqbah asintió, y volvió al trabajo.

Mephisto volvió a dar una vuelta por la habitación, dejando tranquilo al Maere mientras daba forma al segundo anillo. Internamente, el Caronte cavilaba. Tanto que al final no pudo evitar poner en palabras su preocupación interna:

He estado pensando…
Qué peligro… — Uqbah sonrió.
Calla y escucha. — Mephisto sonrió. Al menos el Maere ya estaba empezando a demostrar cierto sentido del humor. — Estará en un contacto directo con externum mucho tiempo, puede que toda su vida, ¿eso no le hará más débil a la larga?
Evidentemente. — Uqbah usó ese tono condescendiente suyo. Mephisto entrecerró los ojos. ¿En algún momento se darían todos los Maere que no todo el mundo estaba en su cabeza ni daba por sentado las cosas que ya sabían? Alucinante cómo el conocimiento podía hacer rebosar la pomposidad de todo el mundo… — Pero los peces débiles al menos pueden correr a esconderse. Los desvalidos no duran en Limbo. Lo sabéis, por eso me estáis pidiendo que haga lo que estoy haciendo. — Uqbah dejó el segundo anillo junto al primero. Alzó levemente la cabeza. Mephisto se imaginó de repente que desviaba la mirada oculta por la venda al cielo. - Aunque…
¿Sí? — Mephisto sonrió. “Aunque”. Sí, cómo adoraba el Caronte los peros y los aunques.
Existe una muy remota posibilidad de que desarrollase inmunidad. — A Mephisto se le quedó cara de póker. Uqbah giró muy levemente la cabeza hacia él, lo justo para indicarle que estaba prestándole atención. — Los cuerpos orgánicos sólo tienen dos formas de reaccionar contra un agente alérgico. O sobrerreaccionan a él; o aprenden a tolerar el agente por habituación y desarrollan una forma de convivir con ello, de forma que no se ven afectados por él. — Se encogió de hombros y añadió: — Explicado muy a grosso modo.
No sé, me suena complicado hasta a mi… — Mephisto se rascó la nuca.
Yo diría, más bien, improbable — puntualizó el Maere. — Bastante será que sobreviva al proceso. Será un pez débil, sus poderes se verán mermados en comparación con el resto. Pero supongo que no hacen falta grandes poderes ni facultades para sobrevivir, o incluso triunfar, en este acuario.
Muy correcto. — Mephisto sonrió con orgullo.

Mephisto era un Alas Negras, eso era verdad. Era el Archidemonio de la casa Caronte, eso también era verdad. Pero no era fuerte, ni por asomo. No sabía luchar. Por saber, no sabía ni usar un arma más allá del “se clava por donde pincha”. No tenía grandes poderes destructivos. Siempre había sido un pez débil en el acuario. Y ahora era un pez débil e importante.

¿Abraxas sabe algo de todo esto, mi señor? — Preguntó de repente el Maere, poniéndose a trabajar en el tercer anillo de externum.
¿Tú que crees? — Mephisto sonrió y enarcó una ceja.
Que pienso echaros la culpa enteramente cuando se entere.
Es bien. Dile que te he obligado, no sé, con alguna amenaza chunga. — El Caronte puso cara de zombie y movió los dedos de forma artrítica, como si eso fuera a dar más miedo.
Le diré la verdad: que sois cargante y no me apetecía escucharos. — Remató el Maere con tono neutro.
¡Perfecto! Seguro que lo entenderá.

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