Equalion 0: Prólogo



Autor: Kendooll

“Está prohibido bajar”

Se lo habían dicho muchas, muchas veces. Tantas que la voz del capitán parecía resonar en sus oídos...Pero ya no existía el capitán, muerto a manos de sus propios hombres después de un motín perfectamente ejecutado. Entre piratas aéreos las normas dejaban de tener sentido una noche, y al día siguiente volvían con fuerza. Y esta vez él, anterior lugarteniente y ahora capitán, era quién decidía.

El barco comenzó a aterrizar en una tierra yerma, del color de la tierra muerta. El ruido de las aspas girando a máximas revoluciones resultaba atronador, pero a nadie parecía importarle, demasiado ocupados en asegurar un aterrizaje seguro.

Mientras tanto, podía observar a sus hombres: Unos parecían disfrutar con ojos brillantes de un sugerente y peligroso botín. Los barcos mercantes apenas estaban protegidos por jóvenes inexpertos, y a muchos les cansaba. Sin embargo, el capitán podía observar a otros tantos que se removían en sus puestos con inquietud. La fama de las tierras yermas, de los monstruos y seres que se ocultaban en ellas, alcanzaba las Cuatro Islas...

“Cuentos de viejas, sin lugar a dudas”.

El barco aterrizó sin mayores problemas, y todos bajaron, en guardia y con las armas preparadas. Había consultado mapas antiguos, y en teoría unos metros al Norte de su posición tenía que existir, si tenían suerte, una sede de conocimiento antiguo. Y conocía a suficientes personas de cargos importantes que pagarían muy bien por cualquier cosa proveniente de ese lugar:
-¡En marcha, perros, el botín está delante, justo ahí! -Sus hombres parecieron ganar fuerza  y emprendieron la rápida marcha. Nadie se paraba a mirar detrás, a los lados, o a las ventanas de esas antiguas construcciones en las que varios pares de ojos les observaban en silencio...

La biblioteca acaparaba todas las miradas: El edificio presentaba signos evidentes de erosión: Le faltaban paredes, enteras o a trozos, el polvo se acumulaba en las cornisas, y el cálido viento resoplaba entre los huecos como un portentoso aullido, arrastrando hojas desgastadas como pergaminos allá por donde pasaba:

-¡Coged todo lo que esté entero y se pueda vender! ¡Vamos a ser ricos, muchachos!

Él no iba a mancharse las manos de mierda teniendo súbditos, pero la curiosidad, el afán de tocar lo prohibido fue superior, y entró con los demás. El interior le dejó claro que tendrían complicado encontrar algo en condiciones: Gran parte de las estanterías ya habían sido asaltadas, y otras tantas estaban en tales condiciones que resultaba imposible encontrar algo de valor. Sin embargo, sus hombres no desistieron y comenzaron a buscar con ahínco.

Mientras tanto, las figuras del edificio comenzaban a arremolinarse a las afueras de la biblioteca, ajenas a los ojos de un capitán que había encontrado una sección interesante y extraña al mismo tiempo: La hemeroteca.

La puerta chirrió, como si llevara muchísimo tiempo sin abrirse. Una nube de polvo le dio la bienvenida, provocando una fuerte tos afectada por la ingente cantidad de tabaco que mataba sus pulmones pero que no pensaba dejar:

-¡Un farol! -No tuvo que esperar más de dos segundos. Alzó la vela custodiada entre cristales, y la potente llama iluminó la pequeña estancia: Centenas y centenas de cajas negras permanecían apretadas unas con otras en las diferentes estanterías que cercaban la sala. En el centro, dos amplias mesas erosionadas y llenas de polvo; En una de ellas, la superficie era una pantalla. En la otra, descansaba un aparato. No tuvo que observarlo demasiado tiempo para darse cuenta de lo que era: El cable que salía como una serpiente de su parte trasera y se arrastraba por el suelo hasta terminar en una de las paredes así lo indicaba. Nunca había visto uno, pero algo sabía: Valía su peso en monedas.

Sin embargo, una idea surcó su mente, rápida como una culebra:

-¡El generador portátil! -Uno de sus hombres, el encargado de conseguir una mínima energía en momentos muy puntuales, acudió raudo. En cuestión de segundos había roto el cable, conectado las pinzas, una al extremo cortado y otra a la pequeña caja de metal, e iniciado el aparato. Los pequeños ventiladores comenzaron a girar a gran velocidad, y la energía obtenida encendió el aparato.- ¡Fuera, ya! -Solo él lo vería. Nadie más...

Lo que no vio fue como uno de sus hombres, entretenido en orinar en la esquina de la biblioteca, era arrastrado, su boca tapada por varios pares de manos, y desaparecía entre los edificios para no volver jamás.

– “22 de Diciembre de 2012” -Murmuró para sí, cogiendo la caja. Dentro encontró una cosa redonda, de aspecto cristalino por el brillo pero flexible al tacto y con la fecha inscrita: Un DVD en la era antigua, ahora convertido en algo menos que una antigualla. Dio media vuelta, arrastrando algunas cajas rotas con el paso de sus pies, acercándose al aparato. No le hizo falta mucho tiempo para discernir cuál era su función, por lo que lentamente, con el miedo propio de lo desconocido, intentó introducir el disco en la ranura. Dio un paso atrás, y a punto estuvo de irse al suelo al ver como en el fondo de la estancia se iluminaba algo que le había pasado desapercibido. Parecía una pantalla de tela, pero en ella se proyectaban una serie de imágenes: Primero, la fecha que acababa de leer, segundo, sobre fondo azul, una serie de frases que desaparecieron al cabo de un par de segundos sin que al capitán le diera tiempo a leer.
Y luego...

“¡Mike, Mike! ¡Graba, joder! ¿Estás grabando?”

La imagen de un hombre de cabello castaño y sucio invadió la pantalla. No tendría muchos más años que el capitán, pero su forma de vestir y todo lo que le rodeaba era completamente diferente. Se encontraba en una calle, rodeado a ambos lados de largos edificios en los que se podían observar decenas de cabezas asomadas por las ventanas. Sin embargo, no era eso lo sorprendente: Justamente detrás del  hombre se encontraba un enorme haz de luz, de una altura que superaba el cielo y de color verdoso. De repente, ante el asombro del capitán, una voz diferente a la del periodista comenzó a hablar. Serena, calmada y, sobre todo, antinatural.

“Seres humanos de la Tierra. Os habla Gaia, vuestra madre. Durante eones os he estado observando, velando por vosotros. Os he dado frutos para alimentaros, animales para nutriros, agua para sobrevivir. Os he dado el Paraíso... Y lo habéis destruído. La tierra se seca. El mar, agoniza. Y mis hijos se matan entre ellos, aprovechándose de los recursos de la Tierra, explotándolos y desgastándolos. Pero se acabó”.

“¿Qué coño está diciendo, Mike? ¿Qué cojones es eso?”

No obtuvo respuesta, puesto que Gaia continuó hablando.

“No voy a eliminaros. Os quiero demasiado, hijos míos, como para pensar siquiera en hacerlo... Pero me veo obligada a intervenir. Desde este mismo momento, os privaré de lo único que yo no os he dado y que, sin embargo, habéis esgrimido contra mí: La energía.”

“¿Pero qué está...?"

La grabación terminó, y la estancia quedó sumida de nuevo en la penumbra. El capitán parpadeó un par de veces. A partir de ese momento la historia estaba escrita, y cualquiera con recursos podría acceder. De hecho, se acordaba de sus épocas de escuela, de  la aparición de los avatares de Gaia, de la guerra, la esclavitud de esos seres... De todo lo que había desembocado en el mundo en el que él vivía: Tierras yermas, inertes y carentes de vida. Cuatro islas flotantes, los únicos bastiones de la humanidad, cada una con sus leyes, costumbres y normas. Los avatares habían perdido su pseudónimo. Unos, viviendo bajo el yugo de altos señores o cualquiera que pudiera pagar un esclavo cambiaformas. Otros, convertidos en piratas, temibles adversarios. Y tan solo unos pocos seguían buscando aún la forma de contactar de nuevo con su madre, de recuperar la vida en la Tierra...

-Ilusos... -Se rió ante sus propios recuerdos. Ahora mandaban los magos, aquellos que habían conseguido recuperar las artes arcanas de antaño y que sometían bajo su mando a la gran mayoría, y nada iba a cambiarlo.

Un rugido agónico inundó la biblioteca, seguido del estrépito de varias armas cayendo al suelo. Un segundo después, el sonido más escalofríante que un pirata curtido como él había escuchado jamás sacudió todo a su alrededor. Tuvo que hacer acopio de valor para no echarse al suelo de puro pavor, intimidado por los perforadores aullidos que ganaban en intensidad.

Finalmente se levantó y salió de la sala espada en mano. Sus ojos contemplaron una verdadera carnicería que no parecía terminar: Sus hombres se defendían de personas desnudas, aunque bien diferentes a un humano normal. Podía distinguir las facciones humanas, pero muchos presentaban deformidades, como brazos más grandes, o una pierna en vez de dos, o los huesos recubriendo la piel, y no al revés. Pero esos no eran los más peligrosos. Uno de sus lugartenientes, el que custodiaba la entrada a la hemeroteca, terminaba en el suelo boca arriba, desgarrado desde la barbilla hasta la cintura por uno de esos seres, cuyas uñas se alargaban varios metros.

No le dio tiempo a ordenar a sus hombres, porque ese mismo ser se abalanzó con las uñas en ristre. Intentó alzar la espada, pero el miedo atenazó su mano y el arma cayó al suelo.

Todo se volvió oscuro de repente: Su capitanía había terminado nada más empezar, y mientras agonizaba en el suelo sintiendo como la piel se rasgaba bajo la presión de muchos dedos, recordó unas sencillas palabras...

“Está prohibido bajar”.

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