Vrana VII: "Todo saldrá bien"



A la mañana siguiente, mientras caminaban, Íofur avistó dos noticias importantes desde lo alto de un risco al pie de la montaña. La buena, era que por fin se avistaban las llanuras pantanosas que Dormenia que lindaban con la Cordillera Gundir. La mala, que una legión de nubes negras amenazaba con darles alcance desde el norte. Dicha amenaza se había visto corroborada durante la última noche, en la que el gélido viento norteño a duras penas les había dejado dormir. Y no tardó en cumplirse a lo largo del día.


El amanecer siguió siendo lluvioso, como el resto de la mañana. Los movimientos de tierra provocaban cascadas de tierra, lodo y piedras, taponando tramos del camino, obligándoles a dar rodeos y agotando cada paso que se les atascaba en los barrizales.
Finalmente se rindieron ante las inclemencias del tiempo. Los torrentes y las avalanchas constantes no les permitieron buscar un escondite seguro en la montaña. Así que se vieron obligados a descender casi hasta el linde del camino.

Lograron descansar sobre una roca plana, tiritando bajo la lluvia y con los miembros agarrotados e insensibilizados por el frío y el agotamiento. Sobre ellos se desató un espectáculo de rayos y truenos, que les acompañó casi hasta el final del día. Consiguieron guarecerse por fin en un amago de cueva, pequeña y llena de huesecillos de roedor. Seguramente fuera la guarida de algún pequeño depredador.
Pasaron la noche acurrucados el uno contra el otro, durmiendo a duras penas. En algún momento entre el sueño y la vigilia, Vrana escuchó que Íofur murmuraba una canción:

No preguntes por qué el sol se pone
o por qué esconde su calor al morir.
No preguntes por qué la luna se alza
cuando la noche carmesí se vuelve gris.

No preguntes por qué las estrellas tiemblan
o por qué ocultan su mirada al amanecer.
No preguntes por qué las nubes se lamentan
cuando oscurecen el cielo azul al llover.

Vrana no conocía la letra, pero la melodía se le antojó familiar. No llegó a preguntarle a Íofur sobre ella.

La terrible tormenta empezó remitir al tercer día. Los aguaceros y los truenos dieron paso a una cortina de lluvia fina e inconstante. Todo el paraje seguía estando encharcado, lo que les hizo mantener su ruta frente al camino durante otro largo trecho. Exhaustos, hambrientos y débiles, caminaron sin detenerse, y sin gastar aliento en más conversaciones. Vrana vio que, a ratos, Íofur echaba cabezadas mientras andaba, incapaz de resistirse al sueño.
Contra todo, casi habían logrado bordear lo que les quedaba de montaña. Casi podría decirse que empezaban a ver la luz al final del túnel.
Casi.

Aquella tarde, cuando el sol filtraba sus rayos cobrizos entre las pesadas nubes lluviosas, el sonido de cascos de caballo les alcanzó.
—Maldita sea...—masculló Íofur con voz ronca. Motivado por la adrenalina, tiró del brazo de Vrana para apartarla del camino—. ¡Venga! ¡Date prisa!

Vrana se esforzó por seguir su ritmo. Pero a través de la ladera embarrada y con su nivel de agotamiento, fueron incapaces de adelantarse demasiado. Los relinchos de los caballos galopando en el barro se volvieron tan perfectamente audibles como las voces de sus jinetes.

—¡Vamos, no os rezaguéis!—bramaba alguno, probablemente el oficial:—¡El rastro es fresco, no puede andar muy lejos!
—¡Sí, señor!—respondieron varios. No podrían precisar cuántos, pero desde luego eran más que la vez anterior.

Encontraron una zanja pedregosa en la que esconderse, oculta por unas matas relativamente tupidas. Mientras se agazapaban, asomando la nariz para ver el camino, vieron los caballos detenerse entre los árboles. Íofur masculló algo. Vrana imaginó que maldecía su mala suerte. No habían tenido tiempo ni energía de pararse a borrar el rastro que habían dejado al andar. Claro que tampoco esperaban que hombres montados a caballo fueran a perseguirlos con aquella tormenta. ¿Tan desesperados estaban por dar con ellos?

—¡Aquí termina el rastro, señor!
—Debe de haber subido la montaña al oírnos llegar—. Vrana e Íofur bajaron la cabeza al adivinar que la mirada del oficial ascendía por su ruta de huida—. ¡Desmontad y seguid las huellas! Casi puedo olerlo...

Vrana sintió cómo se le aceleraba el corazón. Miró a todas partes, intentando buscar una salida. Pero entonces se fijó en la expresión que tenía Íofur. Una expresión que ya había visto en él antes, y que no le había gustado en absoluto.

—No... No, no, ni se te ocurra...—comenzó a susurrar ella, negando con la cabeza.
—Es la única salida y lo sabes—. Íofur habló con tanta seriedad, tanta convicción...
—¡No!—. Vrana sintió que algo dentro de ella se rompía al mismo tiempo que se resistía a tomar en serio sus palabras—. ¡Tiene que haber otra salida! ¡Siempre la hay! Siempre...
—Vrana—. El pelirrojo la interrumpió, cogiéndole las dos manos. Al ver cómo le temblaban los dedos, las apretó entre los suyos, intentando darle confianza—. Sabes que no la hay—. Vrana abrió la boca, queriendo llevarle la contraria. Pero al ver la expresión de aquellos ojos verdes, se quedó sin palabras—. Si están hablando en singular, es que dan por sentado que sólo buscan a un fugitivo. Les distraeré y te daré tiempo para que puedas seguir.
—No, no me dejes—Vrana cerró los puños sobre su ajada camisa y apoyó la frente en su pecho—. No puedo hacer esto sola, Íofur... No puedo...
Debes hacerlo—. Íofur la cogió por los hombros para levantarla y evitar que se viniera abajo. Le dedicó toda la fuerza que podía transmitirle con su mirada y se sacó el cuchillo del cinto, entregándoselo acto seguido.—Tienes que seguir hacia el oeste, pase lo que pase, ¿lo has entendido?
—Sí... Pero... pero...—. Vrana sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. Otra vez. La impotencia que sintió fue tan grande que pensó que se ahogaría en ella, igual que casi se ahogaban en el barro.
—¿Lo has entendido?—insistió él.

Ella asintió con la cabeza, al borde del llanto, viéndose incapaz de convencerle. Las voces de los soldados desmotando empezaron a aproximarse. Vrana volvió a cruzar su mirada con él. Y muy, muy despacio, aproximó su mano empapada de barro y agua a su rostro, acariciando torpemente aquella barba pelirroja y desaliñada.
—Todo saldrá bien...—logró decir, con voz ahogada. Íofur sonrió bajo el gesto, torciendo la cabeza hacia él, dejando caer dos lágrimas solitarias en silencio.

Acto seguido respiró hondo y se apartó de ella, escabulléndose entre las rocas y los arbustos. Vrana se quedó un momento con la mano alzada en el aire, con los restos de aquellas cálidas lágrimas hormigueándole en los dedos.

—¡Ahí está!—bramó uno de los soldados:—¡Rápido, cogedle!
—¡Mierda, es muy rápido!
—¡Montad de una vez, panda de imbéciles! ¡¡Vamos, vamos!!

Vrana se dejó caer al suelo, abrazándose a sí misma, dando rienda suelta a su llanto silencioso y asfixiante. Lloró, mientras escuchaba a los caballos protestar bajo la premura de sus jinetes.
Lloró, mientras oía el sonido de cascos alejarse.
Lloró, mientras el eco de las espadas desenvainándose resonó por toda la montaña.
Lloró, mientras el jaleo se atenuaba en la lejanía, dejándola sola en el silencio.
Lloró, acurrucada bajo la lluvia, bajo un cielo carmesí que, poco a poco, se apagaba.

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