Los dos anillos I: Ojos Azules
“[…] Who was yonder old Roman who said ‘call no man happy until he is dead’?
“¿Quién fue aquel romano que dijo ‘no hay hombre feliz hasta que muere’?”Mordred, The Mists of Avalon/Las brumas de Avalon (2001)
Hacía muchísimo frío aquella noche.
Una ola de frío polar azotaba España desde el norte, y el viento gélido se colaba por las calles de Madrid, espantando a todos los viandantes. Las pocas personas que andaban de un lado a otro, lo hacían arrimándose a los compañeros o arrebujándose bajo los abrigos y las bufandas, presionando las manos contra los bolsillos. Las luces anaranjadas de las farolas proyectaban sombras por todas las calles, y se reflejaban en los cristales de los cientos de escaparates que tapizaban los muros de los edificios de la capital. En la Plaza del Sol la fuente hacía rato que había apagado el suave susurro constante de sus chorros en arco, y en consecuencia una fina capa de hielo empezaba a volver opaca la superficie del agua. Por las carreteras de asfalto pasaban coches y decenas de taxis mostrando sus luces verdes, esperando que algún desesperado o desesperada por el frío optara por volver de forma más cómoda a casa, y no sufrir las inclemencias del tiempo por culpa del transporte público nocturno.
Eran las tres de la mañana de un frío viernes de Diciembre. La negra sombra de la luna nueva debería permitir aparecer a las estrellas, pero el nivel de contaminación lumínica de la ciudad sólo permitía ver el eterno manto negro sobre ella, enturbiado por aquel eterno resplandor de luz artificial. No obstante, en las calles más profundas e intrincadas del centro de Madrid, donde apenas había iluminación, o donde ésta era considerablemente menor; si uno miraba al cielo podía llegar a encontrar algún punto brillante en él, y se acordaba de que las estrellas seguían allí arriba a pesar de todo.
Aquella noche, en una de esas estrechas calles, encerrada en su pequeña tienda esotérica, Lorena observaba a través de los cristales de la puerta cómo el viento se iba haciendo poco a poco más fuerte, escuchándolo silbar debajo del felpudo, colándose la corriente aullante por los resquicios del umbral. La mujer sintió un escalofrío, y aferró con más fuerza el chal de lana que llevaba sobre sus hombros con sus dedos regordetes. Miró al cielo con su rostro lozano y sus ojos oscuros, y reconoció el cinturón de Orión recortado entre las cornisas de los edificios.
Tras ella, un calefactor de aire caliente un poco destartalado hacía un ruido infernal, intentando mantener la sala caliente. Se giró, dándole la espalda a la visión inusitadamente deshabitada de la calle, y se dirigió al mostrador. Sobre la superficie de madera desgastada, se extendían un montón de papeles remezclados, una libreta llena de cuentas y una calculadora vieja. Tanto tiempo haciendo la contabilidad de su negocio había provocado que se le hiciera tardísimo. Resultaba curioso cómo uno perdía la noción del tiempo en un alto estado de concentración.
Con varios movimientos ágiles, la mujer ordenó un poco todo aquel desbarajuste. Lo cierto es que impresionaba cómo aquella mujercita menuda y regordeta de sesenta y tres años se movía tan rápido, como si no le pesaran lo más mínimo todos sus inviernos de vida. Pronto, tras ella, empezó a escucharse un sonido burbujeante. Una tetera hervía agua y soltaba humo por el pitorro de metal, colocada sobre un pequeño hornillo eléctrico que estaba sobre una encimera que tenía el mismo nivel de desgaste que el mostrador. La estancia empezó a inundarse de un sutil aroma a té verde.
Con un paño, Lorena retiró el agua del fuego y sirvió la bebida en un vaso de cristal un poco desgastado. Los restos dorados en el cristal indicaron que algún tipo de filigrana debió decorarlo hacía años. El calor del té entre sus dedos resultó reconfortante. Casi llegó a pensar que podría hacerle olvidar aquel frío penetrante que se había adueñado de la capital. Pensándolo, resultaba lógico que no hubiera nadie en la calle, y que todo el mundo buscara un refugio donde fuera.
Lo que ella no sabía, era que el frío no era la única razón por la que en aquel momento no había nadie atravesando aquella callejuela. Ni tampoco el motivo por el que la luz de la única farola que brillaba en ella parpadeó varias veces y perdió su brillo, dejando la atmósfera sumida en una tensa y silenciosa penumbra, que sólo rompía aquel frío con su viento aullante.
No, Lorena no se dio cuenta de nada de eso.
Por ese motivo, cuando tres golpes rápidos y secos sonaron contra la puerta de la entrada, la mujer no pudo evitar voltearse dando un leve respingo, sintiendo que se le subía el corazón a la garganta. Dejó el té que no había llegado a probar sobre la mesa del mostrador, y se asomó, intentando discernir quién era la figura oscura y encapuchada que se encontraba fuera. Debido a eso y al pasamontañas que llevaba subido hasta la nariz, sin la luz de fuera, le resultó imposible.
- ¿Desea algo? – le preguntó la mujer alzando la voz, sabiendo que podría oírla desde fuera.
- Eh… Sí, estoy buscando a Lorena Espinosa. – contestó una voz masculina y juvenil, con un claro acento extranjero. - ¿Podría hablar con ella, por favor?
- Lo siento joven, está cerrado. Vuelva mañana por la tarde. – alegó la mujer dándole indicaciones.
- Pero… - el joven miró a ambos lados de la calle. – Por favor… ¡es muy importante!
- ¿Tan importante es que tiene que venir a las tres de la mañana? – la mujer negó con la cabeza. – Lo siento, tendré que insistir en que vuelva mañana.
- ¡Por favor! – el joven aferró el pomo de la puerta cerrada, y ésta crujió y tembló ante su intento de abrirla. Por suerte Lorena tenía bastante experiencia de intentos de robo por parte de los jóvenes sinvergüenzas que muy a menudo iban a molestarla, y había cerrado con llave y echado la cadena por dentro. - ¡Es muy importante, necesito su ayuda!
- ¡Si no se marcha ahora mismo, llamaré a la policía! – la mujer pasó a la amenaza, dejando claro que no pensaba dejarse engañar y abrir la puerta.
- ¡Pero es que él… está aquí! ¡Tiene que ayudarme antes de que aparezca! - la voz del desconocido pareció volverse suplicante a la par que desesperada.
Golpeó el cristal con la mano, haciéndolo temblar peligrosamente con una ruidosa vibración. Lorena cogió el teléfono que tenía bajo el mostrador y empezó a marcar el 091. El chico pegó entonces su frente en el cristal. Tenía las venas hinchas y la piel perlada de sudor. Sus dedos enrojecidos por el frío se crisparon sobre el vidrio, y se escuchó una especie de sollozo.
- Por favor… Por favor, sólo usted puede ayudarme. No quiero que mate a nadie más… - suplicó de nuevo, temblando contra la puerta. – No parará hasta encontrarlo… por eso… por favor…
Lorena se quedó mirando fijamente al chico al otro lado de su umbral. Mantenía el teléfono contra su oreja, mientras daba el tono, pero empezaba a dejar de prestarle atención. Muchas posibilidades se cruzaron por su mente en aquel momento: desde que aquello era una treta más para que ella abriera la puerta y el chico aprovechara para robarla; a que aquel muchacho era un perturbado mental, en cuyo caso era peligroso. Como fuera, si esperaba a que la policía le cogiera el teléfono, tenía que darle coba para que pudieran cogerle.
- ¿De qué estás hablando, hijo? – le preguntó, empezando a impacientarse ante la tardanza.
Las luces parpadearon un momento. Lorena no pudo evitar asustarse de verdad. El teléfono entonces emitió un pitido agudo por el auricular, y un contestador automático con voz femenina le informó de que no podía realizar la llamada por culpa de un fallo en la línea. La mujer se quedó mirando el aparato extrañada, y volvió a intentar marcar el número, pero obtuvo el mismo resultado.
- Ya está… está aquí… - gimoteó el joven, volviendo a abrir la puerta. – Ya… ya es tarde. Está cerca… y él lo quiere.
- ¿Qué es lo que quiere? – quiso saber Lorena, sintiendo un leve ramalazo de curiosidad.
El chico se retiró la capucha hacia atrás, dejando ver su media melena negra y despeinada. Se retiró la braga oscura de la nariz, revelando su rostro de facciones suaves, proporcionadas y redondeadas, y sus labios finos apretando los dientes, como si estuviera siendo víctima de algún tipo de dolor o sensación sumamente desagradable. Alzó sus dos ojos claros y febriles, clavándolos en la mujer a través del cristal de la puerta, y su respiración dejó una mancha de vaho.
- El Diario de las Sombras de Morgana LeFay… - la voz del muchacho había cambiado. No había hablado en castellano, sino en una especie de inglés arcaico.
El siguiente sonido fue el de Lorena colgando el teléfono. Su mirada se había vuelto desorbitada, mostrando una sorpresa que rápidamente se mezcló con el tono lívido de su piel. Le tembló el labio inferior. Se movió muy despacio, de pronto mostrando una temerosa cautela, mientras salía desde detrás del mostrador y se aproximaba a la puerta. Parecía estar acercándose a una especie de fiera enjaulada en vez de a un pobre muchacho de aspecto enfermizo.
- ¿Qué… qué acabas de decir?
- Yo… no podré… aguantar mucho más. Por favor. Por favor… dígame dónde… ahg… ¡Aaagh!
Hubo una nueva intermitencia en las luces, más pronunciada que la anterior. No podía verse desde allí, pero en las calles circundantes también se apagaron de súbito todas las farolas.
El muchacho se desplomó con aquel grito raspado. La puerta tembló ante la señal inequívoca de que acababa de golpearse contra ella al caer. Se empezaron a oír estertores.
Lorena sabía que no era buena idea abrirle la puerta al desconocido. Pero aquellas palabras la habían perturbado demasiado como para pensar con lógica. La necesidad de saber le impulsaba más de lo que podía refrenarla la precaución.
Abrió la cerradura, quitó la cadena, y con eso finalmente le permitió la entrada al frío helador de fuera. Vio al chico temblando, caído en su umbral. La mujer, a pesar de su edad, lo ayudó a levantarse y lo medio arrastró dentro de la tienda, cerrando la puerta tras ellos. Lo más que consiguió fue sentarle sobre el parqué del suelo, con la espalda apoyada en la madera del mostrador.
Él estaba temblando, y se retorcía como si le estuviera corroyendo un intenso dolor. Jadeaba y transpiraba. Lorena le colocó la mano sobre la frente, verificando que, efectivamente, tenía fiebre alta. En un examen general, dedujo que se trataba de un joven de fuera, vestía de negro, con un abrigo impermeable, la braga al cuello y la capucha de una sudadera oscura. No tenía nada de extraño, a parte del ataque que estaba sufriendo.
- Tranquilo, tranquilo… Llamaré a una ambulancia…
- ¡No! – el muchacho cogió a la mujer por el brazo, con inusitada fuerza, clavándole las uñas a través del chal. – No, ya… ya es tarde para eso. Necesito… el libro, lo necesito. – le dijo, hablando de nuevo en perfecto castellano. Lorena se preguntó si no habría malentendido aquella frase que tanto le había impresionado.
- ¿Cómo sabes tú de la existencia de ese libro? – le preguntó Lorena, cogiéndole el rostro para que obligarle a fijar sus ojos claros y enrojecidos en ella. - ¿Quién te ha hablado de él?
- Él… él me lo dijo… - era como si le costara un esfuerzo vital pronunciar cada palabra. De pronto sus ojos acuosos dejaron salir dos lágrimas. – Por favor señora, entrégueme el libro. No quiero… que le haga daño. No quiero matar a nadie más… - había miedo en su mirada. Muchísimo miedo.
Lorena lo miró sin comprender del todo lo que estaba pasando.
Entonces el joven volvió a gritar, crispando todo su cuerpo, y arqueando su columna vertebral. Sufrió un espasmo, luego otro, y sus temblores se volvieron más y más violentos. Sus gritos rajaban su garganta como una sierra cortando un hueso. Lorena notó sus dedos haciéndole daño en el brazo debido a la presión que estaban ejerciendo sus músculos en tensión. Se deshizo d su agarre y se apartó de él por puro instinto. Algo estaba pasándole a aquel muchacho, y ella no sabía qué hacer.
Las luces de la tienda volvieron centellear, y un fuerte subidón de tensión las fundió con un chasquido y un chisporroteo. Pero no sólo se apagaron las luces de la tienda de Lorena. Las farolas de todas las calles del centro de Madrid sufrieron el mismo pico de tensión y las bombillas explotaron por las calles. Los generadores se saturaron, y la oscuridad invadió por completo el centro de la capital española. Miles de madrileños salieron a la calle y se asomaron las ventanas y a sus portales. Los teléfonos de emergencias se saturaron…
Y mientras el caos asolaba Madrid, el chico tendido en la tienda de Lorena había dejado de moverse y de gritar. Se quedó mortalmente quieto, de hecho, en la oscuridad, la mujer ni siquiera le escuchaba respirar.
- ¿Hola? – preguntó. Silencio por respuesta. – Joven, ¿te encuentras bien? – más silencio.
A tientas, Lorena se aproximó al mostrador, y cogió una de las velas aromáticas en tarritos de cristal que vendía sobre un expositor. Con la mano tanteó en busca del tirador del cajón, y luego en él se esforzó por encontrar la caja de cerillas. A los dos minutos, logró encender la vela, y ya pudiendo ver dónde pisaba, volvió a aproximarse al joven aparentemente inerte en el suelo. Dejó la vela a un lado, y se arrodilló junto a él. No pudo evitar que se le cruzara por la cabeza el pensamiento de que, sin esa mueca de sufrimiento, el rostro del chico resultaba atractivo, incluso dulce. De algún modo, se le antojaba familiar. Pero desechó de inmediato aquel pensamiento de colegiala, y le colocó los dedos en el cuello, buscando su pulso.
De repente, una férrea mano agarró el cuello de la mujer, estrangulándola, y la levantó del suelo. El joven se levantó con rapidez, tirando la vela que ella había colocado al lado, derramando la cera y provocando que la llama se extinguiese, dejándolo todo sumido de nuevo en la oscuridad. Lorena sintió sus pies separarse del piso y su espalda estrellarse contra una estantería de cristal que se hizo añicos con el resto de su contenido. Las esquirlas y trozos de aluminio y vidrio traspasaron su ropa y se le clavaron dolorosamente en la espalda. Pero aún más daño le hacían los inmisericordes dedos que le obstruían la garganta, impidiéndola respirar.
En medio de la oscuridad, dos ojos azules abrieron sus párpados, mostrando unos irises que brillaron con un intenso color azul claro en la oscuridad. En la penumbra, aquel rostro hermoso dejaba adivinar el atisbo de una afilada y torcida sonrisa.
- Esa cara… esos ojos… sabía que… me sonabas de algo… - jadeó la mujer, aferrando el antebrazo del chico. - Tú eres… Mordred…
- Me alegra mucho que te acuerdes de mi, a pesar de que es la primera vez que nos encontramos. – el joven volvió a sonreír, y se pasó la mano libre por el pelo negro, echándoselo hacia atrás y apartándoselo de la cara. Hablaba otra vez en aquella lengua extraña. – Siempre quise tener un encuentro contigo, Igraine. Es una pena que murieras en tu madriguera santa sin conocer a tu querido nieto.
- Yo… no respondo… a ese nombre. – la mujer boqueó, buscando aliento, empezó a sentir que le colapsaban los pulmones.
- Pero es lo que eres, quien realmente eres. – apuntó él, ladeando el rostro sin perder su sonrisa. Se puso de puntillas, y colocó el pulgar, en el que lucía un elaborado anillo con una piedra negra; sobre la parte superior de la frente de Lorena. Empezó a formarse una sombra en su piel allí donde él había tocado, como la marca de una vieja cicatriz, con forma de luna creciente. - No me interesa cómo te llames en esta vida. Hace siglos fuiste Igraine, Sacerdotisa de Ávalon, madre de mi madre, Morgana LeFay. La marca en tu frente así lo determina.
Los labios de la mujer estaban empezando a volverse amoratados. Con un suspiro hastiado, Mordred le soltó el cuello. Lorena sintió que sus pies tocaban el suelo haciendo crujir algo debajo. Su cabeza mareada fue incapaz de mantener el equilibrio, por lo que terminó cayéndose de rodillas, clavándose de nuevo trocitos de cristal y restos de figuritas de resina. Jadeó, intentado recuperar el aire que le faltaba.
Mientras la mujer buscaba de nuevo su aliento, Mordred tiró de una patada los libros que había sobre una vieja silla, y la arrastró por el suelo, colocándola frente a la anciana. Durante todo el proceso, incluso al sentarse en ella, el joven pisó y aplastó los trocitos de cristal que habían tapizado por completo el suelo con sus botas de montaña. Sus movimientos eran ejecutados con aburrida parsimonia.
Ya cómodamente sentado en la silla, abrió la cremallera de su abrigo, y empezó a rebuscar en el bolsillo interior del mismo. Lorena, aún en el suelo, logró sentarse en el suelo. No parecía darle mucha importancia a sus rodillas ensangrentadas y a su espalda magullada por el golpe y los cortes.
- Tú… No es posible que te hayas rencarnado en un cuerpo humano. – dijo, hablando en el mismo idioma que él, mirándole como quien mira al monstruo protagonista de su peor pesadilla. – La Diosa te maldijo con la marca del traidor.
- Hmm… digamos que es una larga historia. Y no me apetece compartirla contigo. – resumió, restándole toda importancia, al tiempo que sacaba un objeto envuelto en un trozo de tela marrón, algo más pequeño que la palma de su mano. – Además, tengo un poco de prisa. Preferiría ir directamente al grano Igraine. ¿Dónde está el libro?
- No sé por qué presupones que voy a saberlo yo. – espetó la mujer. - Tu madre huyó con él hace siglos. Nadie ha vuelto a saber de él. – Mordred se quedó mirándola en silencio, mientras desenvolvía suavemente el misterioso bulto. – Además, ¿para qué lo querrías? Tú no tienes poder para utilizarlo, ni siquiera para poder leerlo.
- Bueno. Digamos por una serie de circunstancias, sí, lo tengo. – retiró por fin el paño, y desveló el revelador destello de un medallón en la penumbra.
Era circular, plateado, y tenía el diseño de dos círculos atravesados verticalmente por una especie de lanza.
- No es posible… - susurró Lorena, incapaz de dar crédito a sus ojos. - ¿De dónde has sacado…?
- Acabo de decir que no voy a compartir mi historia contigo. – le cortó Mordred, volviendo aún más gélida su expresión. – El libro, Igraine, ¿dónde está?
- Ya te he dicho que no lo se.
- Mientes. – se escuchó una especie de silbido procedente del medallón, y Lorena lo miró con recelo. – Sé que está aquí, puedo sentirlo, aunque su energía es muy débil. No me obligues a dejar de portarme como un caballero contigo Igraine. – la mujer apretó los labios. Mordred ensanchó su sonrisa torcida, dejando claro que no se estaba tirando ningún farol.
- Lo que percibes es la huella de que una vez estuvo aquí. Pero hace mucho tiempo que no lo tengo en mi poder. – le reveló ella. – Alguien selló su magia y lo escondió.
- Entonces sabes quién se lo llevó, ¿no es así? – inquirió él, enarcando una de sus oscuras cejas.
Lorena no podía dejar de mirar de reojo el medallón. Sentía una fuerza oscura manando de él, una especie de aura maligna que provocaba esa especie de silbido sordo que parecía introducirse en su mente como un gusano invasivo.
- Dejó este mundo hace años. – alegó ella, de mala gana. – Se llevó el secreto de la ubicación del libro a la tumba.
- Y entonces, ¿no tienes ni la más remota idea de dónde lo colocó? – canturreó él, aterciopelando su voz de una forma que sólo podía describirse como escalofriante.
- No. – la voz de Lorena sonó determinante. – Y aunque lo supiera, jamás te lo diría.
Mordred suspiró decepcionado, y removió los dedos entre los cuales se enredaba la cadenilla de plata que sostenía el medallón. Lentamente se levantó de la silla, y se acuclilló en el suelo, acercándose a la mujer como si fuera un felino predador. Ella hizo el amago de intentar apartarse, mirando de nuevo el medallón con evidente temor. Mordred acarició uno de sus largos mechones de pelo rizado entrecano, y observó a la mujer con una mirada lastimera.
- Pobre Igraine. Desde aquellos tiempos, siempre has vivido bajo la sombra de la Diosa. Siempre intentando resistirte a lo inevitable, y al mismo tiempo siendo incapaz de hacer nada. – dijo él, acercando el medallón al rostro de la anciana. – Ni el Dios cristiano pudo salvarte, ni ningún otro lo hará. Estás sentenciada a mentir y engañar a los tuyos, y sacrificar tu propia felicidad, incluso a costa de tu vida. – pasó sus fríos dedos por la cara arrugada de la mujer. De no ser por la insensibilidad de sus intenciones, casi podría haberse confundido con un gesto cariñoso. - Créeme, es inútil luchar contra el Destino.
- Tú estás intentando luchar contra el tuyo. – le espetó Lorena. – Por eso estás buscando el libro. – Mordred cortó el contacto y miró a la anciana con una expresión insondable. – Sí… ya veo qué es lo que pretendes. Pero será inútil, Mordred. La senda por la que caminas, no te llevará a ningún sitio. Sólo encontrarás tu perdición al final del camino.
- Oh… ¿Eso debo tomármelo como una amenaza? – el joven parecía divertido. – Tus predicciones tenían fama de siempre cumplirse en el pasado. Pero ya no posees esa habilidad, ¿no es así?
- Tal vez. – Lorena desafió la mirada de Mordred sin amedrentarse. – Tómatelo como una advertencia de una vieja con experiencia.
- Lo tendré presente.
Mordred se levantó con agilidad. Dio dos pasos atrás, extendió la mano que sostenía el medallón con la cadena enredada entre los dedos, y lo mantuvo balanceándose en el aire. Cerró los ojos, soltando lentamente el aire de sus pulmones, y sintió la energía del medallón recorriendo su sangre e inundando su cuerpo.
- ¿Qué estás haciendo? – preguntó Lorena, mirando de nuevo el medallón con nerviosismo.
Lo que surgió de los labios de Mordred no fue una respuesta. Fueron las palabras de un conjuro.
Biotáille dóiteáin aer, agus talamh.
Déan an anam ar ais go dtí a thionscnamh.
De pronto el cuerpo de Lorena se convulsionó, presa de un severo espasmo, y súbitamente sus pupilas se dilataron, mientras el último aliento de sus pulmones salía de su boca en forma de una especie de neblina plateada y brillante, como formada de cientos de pequeños puntos de luz. El medallón palpitó, provocando una onda silenciosa que estremeció el aire, y aquella esencia brillante se dirigió hacia él. El objeto estaba absorbiéndola, lentamente, hasta la última gota.
Mordred abrió lentamente sus brillantes ojos azules, y percibió que el medallón vibraba con un brillo plateado durante unos segundos antes de apagarse y volver a quedarse inerte. A sus pies, Lorena yacía sin vida sobre los restos de cristales y figuritas.
El muchacho guardó el medallón en el trapito marrón, y de nuevo en su bolsillo interior del abrigo. Lentamente se arrodilló y le bajó los parpados a la mujer.
- Lo siento, querida Igraine. Pero ya contaba con que no cooperarías conmigo. – sonrió de nuevo, golpeando levemente la parte izquierda de su pecho, sobre el lugar donde estaba bien guardado el medallón. - Te he dicho que destino es traicionar a aquellos que confían en ti. Y lo harás, lo quieras o no.
Giró sobre sus talones, haciendo crujir de nuevo los trocitos de vidrio bajo sus pies. Salió fuera, colocándose la braga de nuevo sobre la nariz, evitando que su boca soltara nubes de vaho al aire; y la sombra de la capucha sobre su cabeza. Alzó sus ojos azul brillante hacia el cielo que se adivinaba contra las siluetas negras de los edificios a su alrededor.
Mientras se oían voces y ecos de caos y confusión por la ciudad, Mordred se alejaba por sus oscuras calles como una sombra más entre lo que se había convertido en un mar de sobras.
Madrid volvía a ver esa noche sus estrellas.

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