Vrana XI: Éunor
—¿Nos conocemos?—inquirió Vrana, enarcando una ceja con escepticismo. El hombre borró su sonrisa torcida, y le dedicó a la mujer una expresión severa que oscureció aún más sus facciones angulosas.
—¿Es una broma?
En ese momento, Knar se aproximó a Vrana por la espalda y le susurró al oído:—Él es Éunor.
Vrana volvió a mirar al hombre con expresión de alarma, y acto seguido se llevó la mano al cuchillo del cinturón. El hombre resopló, con cierto hastío. No supo por qué, la mujer tuvo la sensación de que, aunque hubiera logrado sacar el cuchillo, habría sido inútil. Éunor había tenido tiempo de sobra para ponerse en guardia o realizar un ataque. Empero, lo único que hizo fue entrar en la taberna y cerrar la puerta tras él, sin dejar de mirar a Vrana.
—¿Qué es lo que quieres de mi?—le espetó ella, sin soltar el mango del cuchillo. No porque pensara en utilizarlo realmente, sino porque había algo en él que lograba darle entereza en situaciones como aquella. Fugazmente, pensó que era como tener a una parte de Íofur con ella.
—Cobrar mi sueldo, obviamente—. El cazarrecompesas se guitó la capa. Vrana pudo ver que llevaba un mangual sujeto al cinturón. No quiso imaginarse un combate contra un arma así. Ni contra su dueño. Éunor parecía ser un adversario a tener en cuenta, ¿de verdad había logrado vencerle en el pasado, como había dicho Knar?—. Pero esperaba poder recurrir a la vía pacífica, por una vez...
—¿"Vía pacífica"?
—Tenía la esperanza de que te entregaras voluntariamente y vinieras conmigo.
Vrana dejó ir una carcajada sarcástica. Éunor frunció el ceño y la miró sin ocultar su molestia.
—¿Y por qué iba a hacer eso? ¿Crees que soy estúpida?
—Creo que eres lo suficientemente inteligente como para saber que deberías venir conmigo...
—¿Y dejar que me entregues a los Correctores? No, gracias.
—Tú mejor que nadie que deberías saber que hay Correctores... y Correctores—. Éunor estaba haciendo verdaderos esfuerzos por conservar su aparente calma. Pero la leve tensión en su voz revelaba claramente que por dentro estaba deseando pasar a la acción—. Cuando vuelvas al hospicio...
—¡¡NO!!—. Vrana reculó, como si algo acabara de darle un calambre. Negó con la cabeza con vehemencia, y sacó finalmente el cuchillo, apuntando a Éunor con él—. No pienso volver... ¡¡No vas a obligarme a volver!!
La mujer empezó a sentir que le costaba respirar. De nuevo volvió a verse a sí misma dentro de aquella oscura celda, a recordar los golpes, las risas de aquellas máscaras de cuero, un hombre apuntando en un papel mientras ella gritaba, torturada...
Se llevó una mano a la cabeza, luchando contra la ansiedad de aquellos recuerdos dolorosos y confusos. No podía dejar que su mente la traicionara en ese preciso instante, con el peligro ante sus propias narices. Además, Íofur se había sacrificado para salvarla y que ella pudiera llegar hasta allí. Pensar siquiera en la posibilidad de entregarse le parecía un insulto a su memoria.
—No volveré... No volveré allí...—se repitió a sí misma.
—No lo pongas más difícil—. Éunor le dedicó a la mujer una mirada inesperada. Casi hubiera dicho que sentía lástima por ella, aunque fue tan sólo una sensación—. Te estoy ofreciendo ayuda. Pero mi generosidad tiene un límite.
—Me ofreces una celda y cadenas, para que esos monstruos con máscara hagan lo que quieran conmigo. ¿A eso llamas "ayuda"?
—No tiene por qué ser así—. Éunor insistió, pero no imprimió demasiado énfasis a sus palabras. La mirada que le dedicó Vrana le dejó claro de que no iba a convencerla. Y así quedó patente cuando la mujer siseó entre dientes:
—Antes prefiero morir.
—No lo pongas más difícil—. Éunor le dedicó a la mujer una mirada inesperada. Casi hubiera dicho que sentía lástima por ella, aunque fue tan sólo una sensación—. Te estoy ofreciendo ayuda. Pero mi generosidad tiene un límite.
—Me ofreces una celda y cadenas, para que esos monstruos con máscara hagan lo que quieran conmigo. ¿A eso llamas "ayuda"?
—No tiene por qué ser así—. Éunor insistió, pero no imprimió demasiado énfasis a sus palabras. La mirada que le dedicó Vrana le dejó claro de que no iba a convencerla. Y así quedó patente cuando la mujer siseó entre dientes:
—Antes prefiero morir.
—Tsk...—Éunor chirrió los dientes, pero terminó por encogerse de hombros—. Como quieras. Yo lo he intentado—. Dicho aquello, Éunor se dirigió hacia el interior de la posada, pasando de largo, sin mostrar hostilidad, ni siquiera un mínimo interés, hacia Vrana o Knar.
—¿No... no vas a arrestarme ahora?—preguntó ella, confundida.
—En esta provincia la Corrección no me abala. Y dado que no quieres cooperar, actuar con violencia no sería bueno para mi reputación. Tienes suerte, Vrana—. El hombre se giró para señalarla con un dedo enguantado y amenazante—. Pero tarde o temprano se te acabará. La ley no puede protegerte en todas partes.
Vrana se quedó un momento estática, viéndole acercarse a la barra y pedir unas cervezas con una pasmosa tranquilidad. Tuvo el impulso tentador de clavarle el cuchillo en la espalda mientras bebía. Pero por suerte Knar, que se había pasado toda la escena lívido e incapaz de decir nada, logró reaccionar y empezó a tirar del brazo de Vrana, deseando salir de allí.

Comentarios
Publicar un comentario