Vrana XII: "Gracias".



—Éunor se ha ido—informó Knar al regresar de la taberna—. Compró provisiones y se fue poco después—. Vrana hubiera querido soltar un suspiro de alivio, pero el joven no se lo permitió. —Nos estará esperando a la salida de la región. No es la primera vez que lo hace—. Knar negó con la cabeza con cierto derrotismo—. Al final nos acabaremos topando con él.
—Parece que le conoces muy bien...
—No, en realidad hoy ha sido la primera vez que le he visto en persona—. Knar se sentó en el banco de piedra, junto a ella. Se sacó una manzana del bolsillo y se la ofreció a Vrana, quien se la aceptó con una sonrisa vaga—. Pero nos has hablado muchas veces de él. Siempre has dicho que es un rastreador muy inteligente.

Tras su encuentro con Éunor, Knar había llevado a Vrana a una casa abandonada en las afueras del pueblo. Apenas quedaba de ella más que las cuatro paredes principales, pero en la parte de atrás aún había vestigios de lo que en su día debió ser un pequeño jardín. Entre ellos, una fuente medio rota y llena de enredaderas se inclinaba hacia un lado, y el banco de piedra lleno de musgo sobre el que estaban sentados.
En ese pedacito olvidado y prácticamente invadido por la vegetación se podía respirar algo parecido a la paz. Empero, el encuentro con el cazarrecompensas les había dejado bastante perturbados a los dos. Se quedaron un rato en silencio, cada cual asimilando sus propios pensamientos. Vrana le dio vueltas a la manzana entre los dedos, sin llegar a probarla.

—Perdóname, Knar—. Vrana rompió súbitamente el silencio. Knar la miró con los ojos muy abiertos—. Por no tratarte bien. En realidad te estoy muy agradecida por ayudarme. Y me alegra haberte encontrado.
—No tienes que dármelas—. Knar intentó fingir modestia, pero ya nada parecía poder borrar aquella sonrisa fácil y afable que le caracterizaba—. Imagino que es muy duro no recordar nada de tu pasado. Pero pronto estaremos de vuelta en Arsgulf, seguro que al reencontrarte con todos recuperas la memoria.
—Ya... ¿Y si no puedo recordar, Knar? Es más, ¿y si no debo recordar?—Vrana se quedó mirando al chico, revelando su inquietud interna—. Tal vez perdí todos mis recuerdos por un motivo. Si hubiera hecho algo horrible en el pasado, creo que no querría saberlo...
—Pero, ¿qué pasa con el traidor? ¿Y con tu propósito?—Knar se giró hacia ella.

Vrana no podía decir nada respecto a "su propósito". Imaginaba que se refería a lo que ya le había mencionado Íofur: Acabar con el mal en el mundo. Era un concepto demasiado grande y vago como para poder tomárselo en serio. Sin embargo, el tema del traidor sí que le parecía mucho más inmediato e importante. Si de verdad les había traicionado uno de los suyos, cabía la posibilidad de que la gente de Arsgulf estuviera en peligro.
Suspiró, sintiendo una vez más la honda necesidad de saber lo que había pasado. Aunque aquello le diera miedo, aunque pudiera resultar doloroso, tenía que recordar.

—Tienes razón, lo siento—se disculpó ella, encogiéndose de hombros. Acto seguido le puso una mano en el hombro a Knar, y éste amplió la sonrisa bajo su contacto—. Averiguaremos quién me hizo esto, Knar, te lo prometo—. El muchacho pareció animarse un poco más, pero aún quedaba una duda en el aire.
—¿Qué haremos con Éunor?
—Dijiste que ya le había vencido antes, con el poder de Nadruneb, ¿no?—. Knar asintió y se puso en pie. Miró en derredor, como asegurándose de que estaban efectivamente solos, y se acercó de nuevo para susurrarle:
—¿Quieres que te enseñe?

Vrana parpadeó dos veces, pillada por sorpresa.

—¿Tú... sabes usar ese poder?
—¡Claro! Aprendí de la mejor—. Knar le guiñó un ojo y le ofreció una mano para ayudarla a levantarse—. Ven.

Vrana cogió su mano, y se dejó guiar por él fuera de la ruinosa casa. El cielo volvía a mostrar el tono plomizo típico de Dormenia, envolviéndolo todo en una luz taciturna. Knar llevó a Vrana hasta el límite del pueblo, asegurándose de encontrar un sitio relativamente aislado. El lugar elegido fue una charca, en la que se alzaba un viejo árbol de tronco grueso. El chico se paró justo entre sus raíces, y colocó la mano de Vrana sobre su tronco áspero y húmedo. Luego le cogió la otra, formando así un círculo entre ellos dos y el árbol.

—Ahora tenemos que concentrarnos. Cierra los ojos y escucha mi voz—le indicó Knar. Vrana reprimió una sonrisilla y obedeció. No pudo evitar preguntarse qué aspecto debían tener los dos, cogidos de las manos en medio de una charca, plantados frente a un árbol.
—Esto... es un poco ridículo, ¿no te parece?—Knar se rió.
—Eso te dije yo la primera vez, y me diste una colleja. ¿Debo hacer lo mismo?
—Ni se te ocurra...—sonrió ella, sin abrir los ojos.
—Concéntrate. No intentes abrir los ojos. Olvida lo que ves.—. Vrana asintió. Empezó a prestar atención a todo lo que escuchaba: los pájaros cantando, las ranas de la charca, alguna chicharra lejana, los mosquitos zumbando cerca...—Olvida lo que oyes—. Vrana frunció un poco el ceño, pero hizo el esfuerzo. Se concentró entonces en el calor del aire, el tacto de la joven mano de Knar entrecruzando los dedos con la suya, el roce de la corteza del árbol bajo la otra, alguna hormiga despistada trepando entre sus dedos...—Olvida lo que sientes—. Tras un leve escalofrío, Vrana se concentró en el olor del bosque, del agua de la charca...—Olvida lo que hueles. Olvida lo que saboreas. Y vuelve a empezar. Olvida lo que ves. Olvida lo que oyes. Olvida lo que sientes. Olvida lo que hueles. Olvida lo que saboreas. Y vuelve a empezar. Olvida lo que ves. Olvida lo que...es. Olvid... que... es. Ol... lo...

Las palabras de Knar empezaron a dejar de tener un sentido coherente en su cabeza. Tras varios minutos de retahíla, Vrana encontró una sensación familiar en aquel enclaustramiento sensorial. Lejos de sentirse agobiada o atrapada, se notó especialmente cómoda así, suspendida en un estado semi-inconsciente. Entonces empezó a "ver" algo en la oscuridad. No era como percibirlo con la vista, era más bien una sensación en forma de imágenes que nunca había visto. De olores nuevos. De sabores desconocidos. De sonidos que jamás había escuchado. De sentimientos que nunca antes había experimentado. De pronto era una con el bosque, con la tierra, con aquel árbol, con Knar... No escuchó voces, pero le inundó una sensación reconfortante. Sentía que había recuperado algo que había perdido hacía mucho. ¿Acaso se trataba de Nadruneb?

Abrió los ojos, y el mundo ya no era el mismo. Reconocía el lugar donde se encontraban. Pero había mucho más. Había luces y sombras que antes no estaban, formas y figuras que no formaban parte del paisaje, pero que para ella parecían ser tan reales como el árbol que estaba tocando. A pesar de no recordar haber hecho algo así antes, supo reconocer lo que estaba viendo. El Más Allá, solapado con el mundo de los vivos.
Al fijarse en Knar, vio cómo de su interior emanaba una energía intensa y reluciente que pasaba por su mano agarrada. Un hormigueo cálido la recorrió, y llegó hasta su interior, llenándola de energía. Por fin aquel agotamiento que había arrastrado desde su huida se esfumó de su cuerpo y de su alma, dejando en su lugar una sensación de liberación y ligereza.

Knar cortó lentamente la conexión, y apartó la mano del árbol. Vrana le imitó, y lentamente las figuras y las sombras del Más Allá se desdibujaron y desaparecieron como el humo en el aire. La sensación revitalizadora siguió presente en su interior. Pero Knar se había quedado pálido, y sufrió un mareo que casi le hizo caer. Vrana reaccionó rápido y le sujetó contra el tronco.

—¡Knar! ¿Te encuentras bien?—. El muchacho asintió, y recobró un poco la compostura—. ¿Qué es lo que has hecho?
—Te he dado toda mi energía—. No parecía arrepentido en absoluto. Sonreía, de hecho—. No te preocupes, me recuperaré.
—Eso ha sido muy peligroso.
—Era la forma más rápida de que volvieras a conectar con ella. No te enfades...

Vrana quería enfadarse con él, pero no le salía. Era incapaz de sentir ira en ese momento. Se rió, primero entre dientes, y luego a carcajadas. Knar también se rió, acompañándola en aquella súbita euforia. La mujer finalmente avanzó hacia él, y le abrazó.

—Gracias Knar... Gracias—. Le susurró ella, aún medio riéndose. Knar asintió, sin dejar de reír pero también soltando lagrimones de felicidad. Él se abrazó a ella también, demostrando lo mucho que había extrañado y necesitado aquel contacto.

Vrana, por primera vez, no sintió ningún rechazo. No sintió miedo, ni dudas. No dejó que ninguna sombra se adueñara de su corazón. Ahora se sentía capaz de recuperar todo lo que había perdido, de plantarle cara a Éunor y a todo lo que estuviera por llegar.

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