Vrana I: "Soy yo".

Autora: Celica Soldream, Verion Álendar
Ambientación: Espada Negra (Juego de Rol).



Los golpes de las patadas y los puñetazos hicieron eco por toda la mazmorra. Un hombre golpeaba y el otro miraba, sosteniendo en su mano un oxidado portavelas. La llama iluminaba trémulamente sus ojos, hundidos morbosamente en la escena detrás de una horrenda máscara de cuero. Parecía expectante, tal vez intrigado, preguntándose: ¿Cuándo hablará? ¿Le hará gritar antes? ¿O volverá a dejarla inconsciente antes de poder articular palabra?

Todo lo contrario que su compañero, quien pagaba su frustración con ensañamiento. La joven víctima no habló, ni tampoco gritó. Sólo emitió algún quejido ocasional fruto de los golpes.
—¡Habla de una vez, zorra! ¿Dónde está el resto de tu grupo?—escupió, derramando su aliento amargo sobre la cara amoratada de la prisionera.
—... No... no sé... de qué me hablas...—. Había perdido la cuenta de las veces que había repetido aquellas palabras, con una vez cada vez más áspera por la sed y agotada por las sucesivas palizas sufridas.
—¡Venga! Ya estabas empezando a cooperar, no lo estropees ahora—. La cruel mano de su torturador agarró su pelo oscuro a la altura de la nuca, obligándole a levantar la cabeza. El sabor de su propia sangre le empapó la lengua.—¿Y bien?—insistió él.

La mujer hubiera querido dedicarle una mirada torva, pero no fue capaz de sostener demasiado tiempo aquellos ojos inmisericordes tras las facciones demoníacas que mostraba su máscara de cuero. Lo que sí hizo fue toser, escupiendo sangre de forma deliberada sobre la máscara de su captor.

—Ya te lo he... dicho... No sé... de qué me... hablas...

Su insolencia le costó un nuevo tortazo en la cara. No podía decir si le había dolido, pues tenía las dos mejillas totalmente insensibilizadas bajo un hormigueo constante y ardiente. El golpe había logrado aturdirla lo suficiente como para no entender demasiado bien la conversación siguiente. Se quedó colgando de los grilletes que suspendían sus muñecas del techo. Sintió las manos dormidas e hinchadas.
Las voces se aclararon en su cabeza, y logró prestar de nuevo atención al intercambio de palabras

—¿Cómo que no lo sabéis?—. Al mirar hacia la entrada, la cautiva pudo distinguir la sombra de un tercer hombre enmascarado en la oscuridad. Parecía tener prisa por algo porque les apremió a seguirles fuera de la celda.
—¡Eso no importa! ¡Deprisa!

Su agresor rechinó los dientes tan fuerte que resonó en el silencio. Los pasos del tercer hombre se alejaron chapoteando en la oscuridad. Los otros dos la miraron un momento, dudando sobre si dejar su trabajo a medias, antes de seguir el camino de su compañero. La luz de la vela se fue con ellos, sumiendo la celda de nuevo en la oscuridad.
Sólo entonces la mujer se permitió el lujo de llorar su dolor, sollozando en silencio, sintiéndose desorientada y confundida. No sabía qué hacer, ni qué decir a aquellos hombres. No tenía ni idea de lo que estaba pasando, o sobre lo que le estaban preguntando. Se quedó así un minuto, tal vez dos, tal vez veinte... Los suficientes como para determinar que lamentarse no la ayudaría a salir de aquella situación.

Apretando las mandíbulas, empezó a mover los pies engrilletados. Tras varios tanteos, descubrió que los enganches de cuero estaban bastante desgastados. Tiró y se revolvió, haciendo acopio de la rabia para sacar las pocas fuerzas que le quedaban. Finalmente una de las tiras se partió con un sonido sordo, y pudo por fin apoyar un pie en el suelo: Estaba frío y encharcado. El olor intenso a orín descartó automáticamente la posibilidad de que fuera agua.
Empezó a tirar del segundo pie, tratando de soltarlo, cuando una voz amortiguada logró llamar su atención por encima de sus esfuerzos.

—¿¿Me oyes??

Se quedó congelada en el sitio, temiendo por un momento que fuera algún guardia. Pero no lo parecía. Estaba segura de haber escuchado esa voz a través de la pared situada a su izquierda.

—¿Qui... quién er...es?—. Sintió un nudo incómodo en la garganta al preguntar, por lo que la voz se le entrecortó.
—...¿Qué?—. Bueno, no podía esperarse menos de una conversación a través de un muro de roca.
—¿Quién eres?—repitió, esta vez con más convicción.
—¡Soy yo!—. Ella no respondió. Pero evidentemente no tenía ni idea de quién era "yo".—No te preocupes, estoy contigo.

Ella no supo qué decir. No reconocía aquella voz. No lograba hacerse a la idea de quién podía ser la otra persona, aunque por la gravedad del tono, sólo pudo suponer que se trataba de un hombre.

—¿Le has contado algo?—preguntó entonces la voz.
—Creo que no...—. Intentó hacer memoria. Pero sólo logró rescatar imágenes difusas e inconexas de golpes, amenazas, insultos y un hombre apuntando algo en un papel.
—¿¿Crees??
—¡No lo sé! ¡No puedo saberlo!—. La frustración hizo que alzara la voz más de la cuenta. El nudo en su garganta se transformó en lágrimas de rabia ante la incapacidad de ordenar sus pensamientos adecuadamente.

Lo pagó con el grillete que aún le apresaba el pie derecho, provocando otro crujido sordo del cuero gastado al partirse. Sus pies chapotearon en la oscuridad. Sus rodillas débiles y heridas fueron incapaces de sostener su propio peso, por lo que obligó a los dedos de sus manos a recobrar la movilidad para aferrarse a las cadenas en su intento por mantenerse de pie.
Después, se hizo el silencio. Al fondo, el repetitivo "plic plic" de algún goteo lejano parecía taladrarle la mente sin descanso.

—¿Te han violado?—preguntó de repente "yo".

La mujer apretó los labios hinchados y cubiertos de sangre seca. Intentó concentrarse en su entrepierna: la sentía dolorida, pero no más que el resto de su cuerpo. De nuevo imágenes confusas y desordenadas inundaron su mente, provocándole hasta un leve mareo.

—No lo sé... No me acuerdo.

No hubo respuesta desde el otro lado de la pared. En parte, lo agradeció. Por otro lado, echó de menos aquella voz. La prefería mil veces más antes que al silencio o al incesante goteo que resonaba en alguna parte.

—¿Cómo sé que eres... ehm... "de los míos"?
—Deberías saberlo...—. Hubo una nota de decepción en su respuesta. —Estoy aquí por ti.
—¿Por mi?
—¡Para sacarte de aquí!
—Pero... ¿por qué...?—. De nuevo las lágrimas amenazaron con salir de sus ojos doloridos y cansados, fruto de la frustración ante la incapacidad de recordar, de ponerle cara a aquella voz aparentemente amiga.— ¿De qué me conoces? ¿Quién eres? ¿Por qué estamos aquí? No me acuerdo... No sé dónde estoy... No sé qué está pasando...—. Decirlo fue liberador, a la par que desolador.
—... ¿De verdad no te acuerdas de mi, Vrana?

Hubo un destello de familiaridad en aquel nombre, que logró que parase de llorar. Pero tan sólo fue eso: una punzada en forma de sensación.

—Vrana... ¿soy yo?

El chapoteo húmedo de las botas en la oscuridad empezó a hacerse audible. "Yo" no retomó la conversación, y la luz de las antorchas no tardó en hacerse visible a través del ventanuco enrejado de la puerta. Ésta se abrió con un desagradable chirrido, revelando de nuevo a sus dos captores. La luz del fuego le cegó durante unos segundos cuando entraron en la estancia.

—¿Pero qué...? ¿¿Cómo diablos te has soltado??—preguntó el hombre de aliento nauseabundo, acercándose a ella y agachándose hacia sus pies, al ver que los grilletes se habían soltado.

Al verle agachado, en una posición tan vulnerable, ella tuvo el acto reflejo de recurrir a sus últimas fuerzas para propinarle un rodillazo a aquella cara enmascarada. Notó algo partirse debajo del cuero, probablemente su nariz. La antorcha del susodicho cayó al suelo y se apagó casi al instante.
Escuchó gritos en la oscuridad, y cerró los ojos, esperando que en cualquier momento llegaran los golpes. Maniatada era incapaz de defenderse, no tenía nada que hacer.

Pero los golpes no llegaron, y las voces rabiosas pronto se vieron transformadas en gritos agónicos, acompañados de jadeos y estertores. Abrió los ojos, pero no vio nada. Las antorchas se habían apagado, sumiendo de nuevo el mundo en oscuridad.
Entonces algo le rozó la mano izquierda, provocando que diera un respingo y ahogara un grito.

—¡Shhhh! Tranquila, soy yo—. Reconoció la voz de "yo", justo a su lado. Éste rebuscó a tientas entre los cuerpos inertes de los dos hombres, y pronto hizo tintinear unas llaves en el eco rocoso de la celda.—¿Te han herido?
—No...

Al liberarle las manos, Vrana sintió que las rodillas le temblaban y se le doblaban, haciéndola caer al suelo. De repente fue consciente completamente de su alarmante estado de debilidad. 
A decir verdad, no recordaba la última vez que había comido o bebido agua.
A decir verdad, no recordaba absolutamente nada.

—Hay que salir de aquí, ya—le apremió su desconocido y salvador.
—No puedo andar...
—Tienes que hacerlo, ¡vamos!—. Dos manos le cogieron el brazo por debajo de la axila, obligándola a levantarse.—Apóyate en mi. Yo te guiaré.
—Espera— le detuvo ella, antes de que la arrastrara hacia el pasillo.—Dime al menos tu nombre.
—¿En serio no te acuerdas?—. Ella negó en la oscuridad y, a pesar de que no podía verla, él se limitó a contestar:—Soy Íofur.

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