Black in Limbo 3: Alas Negras

Nadet


Alas negras. 
El nombre lo dice. Sólo unos pocos pueden conservar sus alas después de la caída. Sufren dolor, como los otros. Pero sólo hasta que pierden sus plumas blancas. 
Cuando el símbolo de su pureza se desvanece, se ve reemplazado por plumas negras. Negras como la obsidiana. Como las alas del cuervo. Como el vacío de sus almas. 
Como el poder que ostentan.

A ver si lo he entendido. — No lo dije porque fuera estúpida. Sólo quería cerciorarme de que la idiotez de Mephisto y Uqbah no era contagiosa. — Os habéis encontrado un caído.
Ahá. — Mephisto asintió con la cabeza, sentado en la silla frente a mi. Me pareció un crío de seis años haciéndose el inteligente.
Pero creéis que puede ser un alas negras. — Me tuve que contener, para no sonar demasiado sarcástica. Aunque me pareciera una gilipollez, Mephisto seguía siendo el Archidemonio Caronte, Dios sabría por qué…
Eso es. Dos de dos. — Me quedé mirando a Uqbah, situado en un tercer asiento entre nosotros dos. Perdía la mirada vendada en alguna parte, y no había hablado apenas desde que me había presentado en la torre Caronte.
Pero por algún motivo que no entendéis, sufre el mismo dolor que cualquier caído. — Estar recitando yo aquella historia me hacía sonar como una completa lunática. Cada palabra resultaba más inverosímil que la anterior.
¡Qué chica más lista! ¡Continúa! — Si no conociera a Mephisto, hubiera pensado que su adulación era un sarcasmo. Pero no, el pobre era así de infantil.
Y vuestra gran idea es… que yo robe un pedazo de externum para que podáis utilizarlo para intentar paliar ese dolor.
¡Ding, ding, ding! ¡Premio!
Rotundamente no. — Si se dieran premios a las caras de decepción, Mephisto se hubiera llevado el Óscar. Uqbah permaneció impasible, para no variar.
¡Agh! — El Caronte resopló con frustración. Definitivamente, no se podía ser más crío. — ¡Venga Nadet! Porfaaaaaa…
Saqué las manos de los bolsillos de mi chaqueta de cuero, y me crucé de brazos y piernas. Sonreí debajo de la máscara de tela que me cubría el rostro hasta la nariz. Aquello me estaba empezando a divertir.

¿Qué parte de “no”, no has entendido Meph? — Enarqué la ceja, adornada con un piercing. El Caronte abrió la boca para responderme, pero le corté: — No, mejor no me contestes…
— ¿Pero por qué no? Sabes que yo siempre pago bien por tus servicios. — Se cruzó de brazos, enfurruñado. ¿De verdad? ¿En serio? No enarqué más la ceja porque de lo contrario se me habría subido a la estratosfera.
No hay precio que pague lo que me estáis pidiendo. — Volví a mirar a Uqbah, pero éste se limitó a coger su taza de té, y a darle un sorbo en silencio. — ¿Vosotros os pensáis que la gente anda por ahí con trozos de externum en el bolsillo, o qué?
Tú vas con un “trozo de externum” en el bolsillo, querida. — El Caronte sonrió con todo su encanto. Desvió sus ojos violáceos hacia el cuchillo que llevaba oculto bajo la chaqueta, sujeto con cintas de cuero. Me consoló saber que detrás del disfraz humano, su sonrisa debía de dar puta grima. — Como miembro de los Ahharu, seguro que sabes de sobra dónde puedes conseguir lo que necesitamos.
¿Tengo que recordarte que los Ahharu os compramos el externum a los Carontes, Meph? — Cambié el cruce de piernas. — Como Archidemonio, seguro que sabes de sobra cómo conseguir lo que me pides. — Sonreí.
¡Anda! Si resulta que la víbora tiene sentido del humor… — Eso sí había sido un insulto. Pero me hizo gracia. — Digamos que ando… corto de existencias últimamente. — Parecía joderle ese hecho. Así que me reí en voz alta.
Pues qué putada, ¿no crees? — Cogí yo misma la tacita de té de porcelana que me tocaba. Igual de hortera que el resto del juego de tazas, platos, tetera y cucharillas. Nunca entendería el gusto del Caronte por las antiguallas horteras.

Un quejido lastimero interrumpió nuestra reunión, haciéndome girar la cabeza hacia la cama situada en un lado de la habitación circular. El caído se retorcía entre las sábanas. Pude ver sus alas, medio peladas como un pollo antes de echarlo a la cazuela. No le compadecí, pero tampoco quise verme en su pellejo. Yo también sufrí La Caída, y era una experiencia que no quería repetir por nada del mundo.

Necesitamos más cantidad de la que Mephisto dispone. — Uqbah habló por fin, recuperando la atención de mi oscura mirada. — Si no podemos recolectar nuestro propio externum, la única solución es robárselo a otros… — Aplaudir dramáticamente, elogiando su lógica irrefutable. Bravo. Me puso mala cara, y me lamenté de no poder ver sus ojos tras la venda. Seguro que me habría acuchillado con la mirada de haber podido. — Ahí es donde entras tú.
Ni de coña. — Me volví a negar, y me levanté de la silla. — El único que tiene el externum suficiente como para lo que pretendéis, es Astaroth. Y, como supongo que ya sabréis, los Kaessar y los Ahharu tenemos un tratado que respetar. — Empecé a rondar por la habitación, mirando sin interés lo que había en ella.
Por eso te he llamado a ti, Nadet. — Mephisto sonaba encantador cuando quería convencer a alguien. Normalmente, le funcionaba. Conmigo, no. — Eres la única capaz de entrar y salir sin ser vista de allí.
Por eso sabrán que he sido yo.
Ah, pero ya sabes cuál es la ley del Limbo. — Pude imaginarme la mirada y la sonrisa del Caronte, sin necesidad de mirarle. — Si no se ha visto, no es ilegal. No te acusarán si no tienen pruebas.
Eso no quita que mi Señora sepa igualmente que he sido yo. — Tercié, y me incliné delante de un viejo televisor del año catapún. Me pregunté si aún funcionaba. — Si se entera de que he robado a su hermano, me hará bañar en cal viva.
No quedaría mucho que desperdiciar… — Uqbah sólo había susurrado. Fue más que suficiente para que me girase de nuevo y le dirigiera una mirada torva. Sabía que no podía verla. Pero sí que pudo sentirla.
Tienes razón. — Asentí, y acto seguido me dirigí a la salida de la habitación. Aquello sí había sido un insulto, y no tenía por qué aguantar ninguno, y menos aún por parte de un gilipollas cegato con complejo de superioridad. — Fin de la conversación.  — Mephisto miró a Uqbah y masculló:
Genial. Gracias chavalote, no sé qué haría sin ti…

Casi había alcanzado a abrir la puerta. Pero entonces, escuché otro gimoteo proveniente del caído agonizante. Me giré, y pude ver sus facciones constreñidas por el dolor, y el sudor resbalando por su cabeza, tapizada por una suave pelusa. Si ya tenía pelo, debía llevar al menos tres o cuatro días así. Se agitó, con un grito ahogado, y las sábanas revelaron el tatuaje que tenía en el dorsal izquierdo.

Se me petrificaron los pulmones cuando lo vi. O más bien, cuando lo reconocí. Me costó volver a coger aire, así como me costó disimular la impresión que me había causado reconocer aquella marca en su piel. Y, en parte, también el fastidio por saber que no podía marcharme después de aquello.

Joder. Qué asco…

Desvié la mirada a Mephisto y Uqbah, los cuales me miraban confundidos. No me extrañó, pero tampoco pensaba explicárselo.

— Me mordí el labio inferior bajo la máscara de tela. Y solté el pomo de la maldita puerta. — Cómo me voy a arrepentir de esto…

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