Vrana IV: El otro lado del mundo.
A pesar de estar cansados y doloridos, Vrana siguió a Íofur durante horas, caminando torpemente y cuesta abajo por un páramo pelado y desapacible, a merced del frío viento y de las incomodidades que suponía ir campo a través. La constante presencia de patrullas que subían y bajaban del Hospicio les obligaba a distanciarse de la vía principal, y a orientarse sin ayuda de ninguna luz. Por suerte, la luna creciente y generosa emergía de cuando en cuando a través de un manto de nubes fantasmagóricas, iluminándoles el camino plagado de ortigas y matojos plagados de espinos. Lo cierto era que, después de tanto tiempo en la oscuridad de una mazmorra, aquella suave y fría luz se agradecía.
No hablaron durante el descenso, demasiado aturdidos por todo lo pasado. Necesitaban todas las fuerzas que les quedaban para alcanzar el pueblo que, según Íofur, encontrarían bajando aquel monte pelado e inhóspito. Durante la marcha, tuvieron frío, tuvieron sueño, hambre, dolor y sed. Pero nada les hizo detenerse, hasta que el primer vestigio del alba comenzó a clarear el horizonte, dibujando la forma de unas montañas al sur. Entonces se hicieron visibles algunas luces y columnas de humo emergiendo de las chimeneas que se desperdigaban en una amalgama de pequeñas granjas que se iban acercando más y más, hasta formar un pequeño núcleo urbano sobre la llanura.
—Ya estamos cerca—anunció Íofur, con una sonrisa esperanzada.—Jaremlan del Sur—. A Vrana no le sonó el nombre. Tampoco lo esperaba.
—¿Has estado aquí antes?—preguntó Vrana, entrecerrando los ojos para distinguir mejor el pueblo en la distancia. Con el cansancio ya empezaba a costarle enfocar la vista, y hacía ya rato que no paraba de tiritar.
—De pasada. Recuerdo pasar por aquí antes de...—. Se interrumpió, intercambiado una mirada con la mujer. Vrana supuso a qué se refería y no quiso insistir, pero aún así, hubo algo en aquella frase que le hizo plantearse una duda, tan seria como razonable.
—Oye... ¿Cuánto tiempo hemos estado encerrados en ese horrible lugar?—. En cuanto le miró a los ojos, Íofur esquivó el contacto visual con visible incomodidad.
—Es difícil de decir. Yo llegué después que tú...
—Íofur—le interrumpió ella, consciente de que estaba intentando de eludir la respuesta. Se plantó frente a él. Por primera vez se dio cuenta de que los dos eran más o menos de la misma altura.—Te pido que seas honesto. Por favor...
—...—. Vrana no había sido dura al pedirlo, pero sí firme. El hombre frunció el ceño y suspiró:—No sé si debería decirlo, no creo que sea el momento de...
—Tengo que saber cuánto tiempo he pasado ahí dentro. Lo necesito, Íofur. Dímelo, por favor...—insitió ella de nuevo. Íofur tragó con la garganta seca.
—Unos dos años—. Cambió el peso de pierna con incomodidad y se apresuró a añadir:—Más o menos.
—Dos años...—. Vrana repitió sus palabras sin lograr demasiado sentido en su cabeza.
Por más que se esforzaba no era capaz de rescatar ningún recuerdo coherente, ni de tener ningún tipo de referencia espacial o temporal de lo que había pasado antes de verse encerrada en aquella mazmorra. Volvió a ver aquellas imágenes desordenadas, en las que veía a los agentes golpeándola, torturándola, y a ese hombre enmascarado escribiendo algo en un rincón...
Se mareó, teniendo que apoyarse en Íofur para no perder el equilibrio.
—Deberíamos buscar algún lugar para descansar—determinó él.—Luego podemos reabastecernos y seguir nuestra marcha hacia el sur.
—Oye... ¿Cuánto tiempo hemos estado encerrados en ese horrible lugar?—. En cuanto le miró a los ojos, Íofur esquivó el contacto visual con visible incomodidad.
—Es difícil de decir. Yo llegué después que tú...
—Íofur—le interrumpió ella, consciente de que estaba intentando de eludir la respuesta. Se plantó frente a él. Por primera vez se dio cuenta de que los dos eran más o menos de la misma altura.—Te pido que seas honesto. Por favor...
—...—. Vrana no había sido dura al pedirlo, pero sí firme. El hombre frunció el ceño y suspiró:—No sé si debería decirlo, no creo que sea el momento de...
—Tengo que saber cuánto tiempo he pasado ahí dentro. Lo necesito, Íofur. Dímelo, por favor...—insitió ella de nuevo. Íofur tragó con la garganta seca.
—Unos dos años—. Cambió el peso de pierna con incomodidad y se apresuró a añadir:—Más o menos.
—Dos años...—. Vrana repitió sus palabras sin lograr demasiado sentido en su cabeza.
Por más que se esforzaba no era capaz de rescatar ningún recuerdo coherente, ni de tener ningún tipo de referencia espacial o temporal de lo que había pasado antes de verse encerrada en aquella mazmorra. Volvió a ver aquellas imágenes desordenadas, en las que veía a los agentes golpeándola, torturándola, y a ese hombre enmascarado escribiendo algo en un rincón...
Se mareó, teniendo que apoyarse en Íofur para no perder el equilibrio.
—Deberíamos buscar algún lugar para descansar—determinó él.—Luego podemos reabastecernos y seguir nuestra marcha hacia el sur.
—¿Cómo piensas hacerlo? No tenemos dinero para pagar nada de eso... ¡Ni siquiera tenemos un mapa!
—Tendremos que colarnos en algún sitio y robar lo que nos haga falta—. El pelirrojo se encogió de hombros. La proposición no parecía suponerle ninguna carga moral. Y, de todas formas, no podía considerar ninguna otra solución, dadas las circunstancias.
El lugar que escogieron para dormir, cuando el amanecer tenía de rojo las lejanas montañas al sur; fue el granero de una granja que, aún estando cerca del pueblo, se encontraba a una distancia prudencialmente alejada. Vrana tan sólo recordó acurrucarse sobre un montón de paja, detrás de unas alpacas, y caer inconsciente casi en el acto. Aquella noche pasó frío. No fue consciente de la presencia de Íofur detrás de ella, abrazándola por la espalda para intentar darle calor, mientras soñaba pesadillas inconexas e intranquilas.
El sol estaba ya en lo alto cuando se despertó. Mientras se sacudía el pelo de ramitas y pajitas, miró alrededor. El granero era bastante austero, y estaba casi vacío. Íofur no estaba, el único rastro de vida eran unas cuantas gallinas picoteando allí y allá.
Vrana sacó un trozo de pan duro y algo parecido a un trozo de cecina, que chupó y masticó. Desde luego no eran ningún manjar, pero le supo a gloria. La última comida que recordaba haber comido era esa especie de caldo vomitivo que les hacían comer en las mazmorras. Bebió también un poco de vino de una bota de piel pequeña, y decidió que era el momento de averiguar dónde había ido Íofur.
En cuanto se levantó, sintió un dolor agudo en el pie derecho. Al examinarse, se dio cuenta de que tenía los brazos y las piernas llenos de golpes y cortes, pero que sobre todo tenía los pies descalzos totalmente cubiertos de ampollas y arañazos tras su travesía por el campo. Le dolía un tobillo al apoyar, y seguía sintiendo buena parte del cuerpo malherido y agarrotado. Sin embargo no tuvo demasiado tiempo para reflexionar sobre qué debía hacer con su precario estado de salud.
El sonido de un alegre silbido le hizo esconderse detrás de unos aparejos, y observar cómo un hombre rondaba cerca de la entrada del granero. Era un hombre pequeño, aunque fornido. No le costó suponer que se trataba del dueño de la granja.
Vrana apretó las mandíbulas, preguntándose si debía interactuar de algún modo con el granjero, o si era mejor escabullirse mientras permanecía ajeno a su presencia. Justo entonces distinguió a Íofur acercándose por detrás del hombre, con el zurrón mas cargado de lo que recordaba. Intentó avisarle, pero al levantarse, dio con el pie sin querer a una de las gallinas, la cual empezó a cacarear ruidosamente, atrayendo la atención del hombre.
—¡¿Eh?! ¿¿Quién hay ahí??—exclamó, agarrando una horca en actitud amenazadora. Si no la hubiera cogido del revés, Vrana incluso habría sentido algo de miedo.—¡¡Sal ahora mismo, ladrón!!
—¡Espera!—. Vrana salió con las manos en alto, intentando parecer pacífica. Pero al ver la escena, Íofur había salido corriendo y terminó haciendo acto de presencia, cuchillo en mano.
—¡¡Ahh!! ¡¡Socorro!! ¡¡Ayuda, me están asaltando unos ladrones!!—el hombre dejó caer la horca con cara de espanto al ver el cuchillo y salió corriendo en dirección al pueblo.
Íofur hizo amago de perseguirle, pero Vrana le agarró por el brazo, impidiéndoselo.
—¡No!—exclamó, mirándole a los ojos—. Déjale ir, no tiene por qué morir.
—Nos ha visto. Irá a dar la alarma a la guardia y sabrán que hemos estado aquí—terció él.
—Entonces movámonos rápido y marchémonos cuanto antes.
Íofur no puso impedimento, aunque su expresión reflejó que se sentía frustrado por la situación. Vrana llegó a preguntarse por qué no discutía en vez de obedecer sin rechistar. Pero les corría más prisa
A media tarde alcanzaron el linde del bosque que bordaba el camino sur por el oeste. Se internaron en él para evitar ser vistos, y llegaron por fin a un pequeño río, en el que hicieron un nuevo alto para descansar y llenar los odres de agua.
Allí, Vrana pudo lavarse las heridas y ver su reflejo como si fuera la primera vez. Entre las ondas del agua corriente, la figura de una mujer joven le devolvió una mirada de un color a caballo entre el azul y el violeta oscuro. El pelo largo y enredado era negro como el ala de un cuervo, y la piel clara y pálida. Tenía toda la cara llena de cortes y con restos de moratones. Llamaba la atención un corte en especial, que le atravesaba oblicuamente toda la cara hasta el cráneo, de una forma seria y profunda. No le cupo duda que la cicatriz formaría parte de su expresión hasta el fin de sus días.
Aprovechando las pocas cosas que habían robado de la enfermería, Vrana se cortó el pelo con ayuda del cuchillo de Íofur y se rapó el lado del cráneo atravesado por el corte. También se cosió las heridas más serias e hizo lo mismo con Íofur, quien presentaba una seria herida en el labio, y otros tantos en la espalda y las piernas. Fugazmente se preguntó dónde y cuándo había adquirido aquellos conocimientos sobre sanar heridas, pero una vez más, no obtuvo ninguna respuesta clara entre sus recuerdos.
—Te he conseguido un mapa—dijo Íofur, mientras terminaba de tratarle las heridas—. Y también algo de ropa nueva. Las noches son más frías de lo que recordaba.
—Ah... Gracias—. Vrana rompió el último trozo de hilo con los dientes. Se quedó mirando largamente la espalda huesuda del hombre, tapada a medias por su larguísima melena pelirroja. Se mordió el labio inferior, antes de atreverse a inquirir:—Oye, Íofur... Si te pregunto algunas cosas, ¿me contestarás?
—Lo intentaré—. El hombre le dedicó una sonrisa amable.
—¿De qué me conoces?
—Soy tu seguidor—. La respuesta de Íofur fue tan escueta como insuficiente para Vrana.
—¿Y por qué me sigues?
—Ya te lo dije, eres la elegida.
—¿La elegida para qué?—Vrana negó con la cabeza con frustración. No estaban llegando a ninguna parte. Íofur también suspiró, algo apenado.
—Si tan sólo pudieras recordar...—. Se quedó mirándola largamente por encima del hombro—. Tu familia, todo el pueblo que te quería y te seguía, todo lo que nos enseñabas... ¿De verdad no te acuerdas de nada?
—No...—. Vrana negó con la cabeza. Cada vez que Íofur hablaba con esa tristeza, le hacía sentir culpable por no recordar—. Explcícamelo—pidió.
—En Arsgulf todos te seguimos desde siempre. Tú eres quien nos ilumina y quien nos enseña el camino—. La mujer no dejaba de pensar que Íofur no hacía más que repetir algo que seguramente ni él entendía, o al menos le transmitió esa sensación.
—¿Arsgulf es... el lugar del que venimos?
—Sí. Es nuestro hogar. Espera—. Íofur se levantó un momento para rescatar el mapa de entre sus cosas, y mostrárselo a la mujer, desplegándolo sobre sus rodillas. Le cogió suavemente el dedo a Vrana, y lo depositó sobre un punto entre dos grupos de montañas, mas o menos en el centro del enorme continente—. Aquí estamos nosotros.
—Jaremlan... del...Sur...—leyó ella entre dientes. Íofur sonrió, alegrándose de que al menos recordara cómo leer.
—Sí. Y Arsgulf está...—. Arrastró mientras hablaba el dedo de Vrana por el mapa, primero hacia el sur, rodeando el grupo de montañas llamado "Macizo de Casfania" y luego siguiendo el camino más y más hacia el oeste, casi al otro lado del contienente, cerca de una larga cordillera:—... aquí. Cerca de Gilanulf, la ciudad del Clan del Lobo.
—¿Clan del Lobo?
—Uno de los seis clanes Guneares, a los que pertenecemos—. Íofur se quedó pensativo un momento, antes de decir:—Tal vez, si regresamos a Arsgulf, puedas recuperar la memoria.
—Pero... ¡está muy lejos!—exclamó ella.
—Lo está—asintió Íofur, esbozando una media sonrisa—. Pero es el único sitio al que podemos ir por ahora. Seguro que allí encuentras las respuestas que necesitas, mejor de lo que yo pueda contarte.
Al terminar de hablar, Íofur giró la cabeza hacia Vrana, que miraba por encima de su hombro. De pronto se encontró con sus ojos demasiado cerca, lo que provocó que ella se apartara y carraspeara. De nuevo su corazón se había desbocado, aunque no hubiera habido más contacto que el de sus dedos. Esa vez, sin embargo, no se le había antojado del todo desagradable.
—¿Crees que es una buena idea? Estamos al otro lado del mundo, no sé si lo conseguiremos...—. No podía evitar dudar. A duras penas habían logrado bajar desde el Hospicio hasta el pueblo, no quería ni pensar en un viaje hasta el otro lado del mundo.
—No lo sé—admitió él—. Siempre eres tú la que decide en estas cosas.
—No creo que esté en posición de decidir nada—terció ella con amargura.
—Pero debes tomar una decisión.
—Tampoco tenemos alternativa. Por lo que me cuentas, es Arsgulf o nada.
—Entonces ya está decidido.
El lugar que escogieron para dormir, cuando el amanecer tenía de rojo las lejanas montañas al sur; fue el granero de una granja que, aún estando cerca del pueblo, se encontraba a una distancia prudencialmente alejada. Vrana tan sólo recordó acurrucarse sobre un montón de paja, detrás de unas alpacas, y caer inconsciente casi en el acto. Aquella noche pasó frío. No fue consciente de la presencia de Íofur detrás de ella, abrazándola por la espalda para intentar darle calor, mientras soñaba pesadillas inconexas e intranquilas.
El sol estaba ya en lo alto cuando se despertó. Mientras se sacudía el pelo de ramitas y pajitas, miró alrededor. El granero era bastante austero, y estaba casi vacío. Íofur no estaba, el único rastro de vida eran unas cuantas gallinas picoteando allí y allá.
Vrana sacó un trozo de pan duro y algo parecido a un trozo de cecina, que chupó y masticó. Desde luego no eran ningún manjar, pero le supo a gloria. La última comida que recordaba haber comido era esa especie de caldo vomitivo que les hacían comer en las mazmorras. Bebió también un poco de vino de una bota de piel pequeña, y decidió que era el momento de averiguar dónde había ido Íofur.
En cuanto se levantó, sintió un dolor agudo en el pie derecho. Al examinarse, se dio cuenta de que tenía los brazos y las piernas llenos de golpes y cortes, pero que sobre todo tenía los pies descalzos totalmente cubiertos de ampollas y arañazos tras su travesía por el campo. Le dolía un tobillo al apoyar, y seguía sintiendo buena parte del cuerpo malherido y agarrotado. Sin embargo no tuvo demasiado tiempo para reflexionar sobre qué debía hacer con su precario estado de salud.
El sonido de un alegre silbido le hizo esconderse detrás de unos aparejos, y observar cómo un hombre rondaba cerca de la entrada del granero. Era un hombre pequeño, aunque fornido. No le costó suponer que se trataba del dueño de la granja.
Vrana apretó las mandíbulas, preguntándose si debía interactuar de algún modo con el granjero, o si era mejor escabullirse mientras permanecía ajeno a su presencia. Justo entonces distinguió a Íofur acercándose por detrás del hombre, con el zurrón mas cargado de lo que recordaba. Intentó avisarle, pero al levantarse, dio con el pie sin querer a una de las gallinas, la cual empezó a cacarear ruidosamente, atrayendo la atención del hombre.
—¡¿Eh?! ¿¿Quién hay ahí??—exclamó, agarrando una horca en actitud amenazadora. Si no la hubiera cogido del revés, Vrana incluso habría sentido algo de miedo.—¡¡Sal ahora mismo, ladrón!!
—¡Espera!—. Vrana salió con las manos en alto, intentando parecer pacífica. Pero al ver la escena, Íofur había salido corriendo y terminó haciendo acto de presencia, cuchillo en mano.
—¡¡Ahh!! ¡¡Socorro!! ¡¡Ayuda, me están asaltando unos ladrones!!—el hombre dejó caer la horca con cara de espanto al ver el cuchillo y salió corriendo en dirección al pueblo.
Íofur hizo amago de perseguirle, pero Vrana le agarró por el brazo, impidiéndoselo.
—¡No!—exclamó, mirándole a los ojos—. Déjale ir, no tiene por qué morir.
—Nos ha visto. Irá a dar la alarma a la guardia y sabrán que hemos estado aquí—terció él.
—Entonces movámonos rápido y marchémonos cuanto antes.
Íofur no puso impedimento, aunque su expresión reflejó que se sentía frustrado por la situación. Vrana llegó a preguntarse por qué no discutía en vez de obedecer sin rechistar. Pero les corría más prisa
A media tarde alcanzaron el linde del bosque que bordaba el camino sur por el oeste. Se internaron en él para evitar ser vistos, y llegaron por fin a un pequeño río, en el que hicieron un nuevo alto para descansar y llenar los odres de agua.
Allí, Vrana pudo lavarse las heridas y ver su reflejo como si fuera la primera vez. Entre las ondas del agua corriente, la figura de una mujer joven le devolvió una mirada de un color a caballo entre el azul y el violeta oscuro. El pelo largo y enredado era negro como el ala de un cuervo, y la piel clara y pálida. Tenía toda la cara llena de cortes y con restos de moratones. Llamaba la atención un corte en especial, que le atravesaba oblicuamente toda la cara hasta el cráneo, de una forma seria y profunda. No le cupo duda que la cicatriz formaría parte de su expresión hasta el fin de sus días.
Aprovechando las pocas cosas que habían robado de la enfermería, Vrana se cortó el pelo con ayuda del cuchillo de Íofur y se rapó el lado del cráneo atravesado por el corte. También se cosió las heridas más serias e hizo lo mismo con Íofur, quien presentaba una seria herida en el labio, y otros tantos en la espalda y las piernas. Fugazmente se preguntó dónde y cuándo había adquirido aquellos conocimientos sobre sanar heridas, pero una vez más, no obtuvo ninguna respuesta clara entre sus recuerdos.
—Te he conseguido un mapa—dijo Íofur, mientras terminaba de tratarle las heridas—. Y también algo de ropa nueva. Las noches son más frías de lo que recordaba.
—Ah... Gracias—. Vrana rompió el último trozo de hilo con los dientes. Se quedó mirando largamente la espalda huesuda del hombre, tapada a medias por su larguísima melena pelirroja. Se mordió el labio inferior, antes de atreverse a inquirir:—Oye, Íofur... Si te pregunto algunas cosas, ¿me contestarás?
—Lo intentaré—. El hombre le dedicó una sonrisa amable.
—¿De qué me conoces?
—Soy tu seguidor—. La respuesta de Íofur fue tan escueta como insuficiente para Vrana.
—¿Y por qué me sigues?
—Ya te lo dije, eres la elegida.
—¿La elegida para qué?—Vrana negó con la cabeza con frustración. No estaban llegando a ninguna parte. Íofur también suspiró, algo apenado.
—Si tan sólo pudieras recordar...—. Se quedó mirándola largamente por encima del hombro—. Tu familia, todo el pueblo que te quería y te seguía, todo lo que nos enseñabas... ¿De verdad no te acuerdas de nada?
—No...—. Vrana negó con la cabeza. Cada vez que Íofur hablaba con esa tristeza, le hacía sentir culpable por no recordar—. Explcícamelo—pidió.
—En Arsgulf todos te seguimos desde siempre. Tú eres quien nos ilumina y quien nos enseña el camino—. La mujer no dejaba de pensar que Íofur no hacía más que repetir algo que seguramente ni él entendía, o al menos le transmitió esa sensación.
—¿Arsgulf es... el lugar del que venimos?
—Sí. Es nuestro hogar. Espera—. Íofur se levantó un momento para rescatar el mapa de entre sus cosas, y mostrárselo a la mujer, desplegándolo sobre sus rodillas. Le cogió suavemente el dedo a Vrana, y lo depositó sobre un punto entre dos grupos de montañas, mas o menos en el centro del enorme continente—. Aquí estamos nosotros.
—Jaremlan... del...Sur...—leyó ella entre dientes. Íofur sonrió, alegrándose de que al menos recordara cómo leer.
—Sí. Y Arsgulf está...—. Arrastró mientras hablaba el dedo de Vrana por el mapa, primero hacia el sur, rodeando el grupo de montañas llamado "Macizo de Casfania" y luego siguiendo el camino más y más hacia el oeste, casi al otro lado del contienente, cerca de una larga cordillera:—... aquí. Cerca de Gilanulf, la ciudad del Clan del Lobo.
—¿Clan del Lobo?
—Uno de los seis clanes Guneares, a los que pertenecemos—. Íofur se quedó pensativo un momento, antes de decir:—Tal vez, si regresamos a Arsgulf, puedas recuperar la memoria.
—Pero... ¡está muy lejos!—exclamó ella.
—Lo está—asintió Íofur, esbozando una media sonrisa—. Pero es el único sitio al que podemos ir por ahora. Seguro que allí encuentras las respuestas que necesitas, mejor de lo que yo pueda contarte.
Al terminar de hablar, Íofur giró la cabeza hacia Vrana, que miraba por encima de su hombro. De pronto se encontró con sus ojos demasiado cerca, lo que provocó que ella se apartara y carraspeara. De nuevo su corazón se había desbocado, aunque no hubiera habido más contacto que el de sus dedos. Esa vez, sin embargo, no se le había antojado del todo desagradable.
—¿Crees que es una buena idea? Estamos al otro lado del mundo, no sé si lo conseguiremos...—. No podía evitar dudar. A duras penas habían logrado bajar desde el Hospicio hasta el pueblo, no quería ni pensar en un viaje hasta el otro lado del mundo.
—No lo sé—admitió él—. Siempre eres tú la que decide en estas cosas.
—No creo que esté en posición de decidir nada—terció ella con amargura.
—Pero debes tomar una decisión.
—Tampoco tenemos alternativa. Por lo que me cuentas, es Arsgulf o nada.
—Entonces ya está decidido.

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