Vrana XV: Tierra de lobos



—¿Conociste a alguien bueno en el hospicio, Vrana?—preguntó Knar al día siguiente mientras andaban. Vrana había decidido rebajar un poco el paso hasta que le bajara la fiebre.

La mujer se le quedó mirando largamente. No acababa de entender demasiado bien a cuento de qué venía la pregunta. Por la mirada del chico, hubiera dicho que era mera curiosidad. No dejaba de ser una cuestión sobre la que tenía que reflexionar. Se acordó del guerrero al que liberó, y el que permitió que pudieran escapar en medio del caos del patio. No obstante, no podía decirse que aquel sujeto fuera "bueno", menos aún cuando el recuerdo más vívido que tenía de él era el de su cara empapada en sangre...

—Creo que sólo a Íofur. Al menos, que recuerde.—. Vrana contestó mientras andaba, de forma que no tuvo que poner demasiado empeño en disimular el gesto entristecido que la asaltó al volver a pensar en él.
—Pero él no estaba ahí porque sí. Sólo entró porque fue a buscarte—puntualizó Knar. Vrana dejó ir una risa seca.
—La verdad es que no llegué a preguntarle cómo se las apañó para entrar en el hospicio.
—Íofur es muy fuerte, y muy inteligente—. No era la primera vez que escuchaba aquellas palabras en boca de Knar. Empezaba a sentir que la admiración del chico por Íofur era mucho más intensa de lo que pensaba.
—Hm... No lo fue lo suficiente—. Vrana amargó de nuevo la expresión.
—Yo no creeré que está muerto hasta que lo vea.

Vrana no supo si admirar o sentir lástima por la lealtad de Knar. Quiso pensar que para él era difícil hacerse a la idea de que alguien muy querido estaba muerto. En el fondo sólo alargaba su agonía, pero, ¿quién era ella para decirle lo que debía pensar o cómo debía sentirse? Si pensar que Íofur seguía vivo le ayudaba a seguir adelante, no veía por qué tendría que romper su fantasía. Casi deseó ser capaz de hacer lo mismo que él, en vez de dejarse llevar por el dolor de la pérdida. Aunque supiera que a la larga pudiera resultar aún más doloroso.

A medida que avanzaban, las poblaciones empezaron a multiplicarse. Los campos y las granjas ganaban mucho terreno al pantano, hasta el punto en el que les costaba andar en línea recta en su intento por evitar a la gente. Por las noches, Knar y Vrana dormían pegados intentando resistir el frío, sin la posibilidad de encender un fuego ahora que sabían que toda Dormenia les estaba buscando. Las fiebres de Knar comenzaron a agravarse seriamente, y Vrana se vio obligada a encontrar un refugio en un bosque aislado en el que perdieron casi una semana, ya que había días que el chico era incapaz de dar dos pasos en línea recta por mucho que lo intentara. Cuando por fin empezó a sentirse mejor, reanudaron su incesante caminata por medio de aquel pantano interminable, acompañados de niebla y lloviznas casi constantes.

No obstante, un día la neblina de las ciénagas se disipó, y vieron que estaban prácticamente al pie de las montañas Gundir. El cielo empezó a mostrarse cargado la mayoría de las veces y el frío dejó de ser húmedo para volverse seco y cortante. La cortina de lluvia fina de las ciénagas se vio sustituida por algún que otro aguanieve ocasional, y posteriormente, por nieve.
La primera vez que Vrana vio caer los cristalinos copos blancos alrededor, se quedó maravillada. Tuvo la profunda sensación de que hacía siglos que no veía la nieve, a pesar de que no podía estar segura de ello. Por suerte, se mantuvieron al pie de las montañas, donde las nevadas eran muy ocasionales y no llegaban a cuajar en el suelo, cada vez más rocoso y áspero.

A media que avanzaban hacia el sur, el humor de Knar fue mejorando. Ya empezaba a reconocer los paisajes y a reconocer el camino, por lo que el destrozado mapa quedó prácticamente relegado a un segundo plano. La arquitectura de las casas empezó a cambiar. Vrana no podía decir que reconociera nada, pero sí que los paisajes de las montañas le traían una sensación de familiaridad y añoranza. Seguramente habría extrañado mucho su tierra durante su encierro, y esa sensación provocaba que se emocionara al contemplar los altos y escarpados picos cubiertos de nieve.

—Ya estamos en los territorios del Clan del Lobo—le informó Knar.
—Íofur me dijo que nosotros pertenecíamos al Clan del Lobo—comentó Vrana entonces—. ¿Qué otros clanes hay?
—Pues está el Clan del Carnero, el del Águila, el de la Orca, los Ólvallor y el del Oso. Aunque con este último el Clan del Lobo no se lleva demasiado bien—. Knar se encogió hombros—. De hecho diría que no hay muchos clanes ahora mismo que simpaticen con el del Lobo.
—¿Y eso por qué?
—Porque el resto de Clanes vive al otro lado de las montañas, al norte. Pero el del Lobo forma parte de Dormenia. Muchos piensan que los del Lobo somos más dormenios que guneares. ¡Pff!—. Knar hizo un gesto de desquite con la mano, como si aquello le diera risa—. La verdad es que Arsgulf nunca se ha metido demasiado en temas de política. Nuestro pueblo siempre ha sido muy independiente. Tú siempre nos decías que nos debíamos a nosotros mismos, no a ningún clan, rey o país. Que eso era algo que había inventado el hombre para ponerle límites a la propia tierra, y que eso precisamente había traído muchas desgracias y guerras.

—Bueno, en cierto modo, así es—fue lo único que dijo Vrana. Knar estornudó y se arrebujó bajo su capa de viaje, sin lograr que ésta lograra protegerle verdaderamente del frío—. Deberíamos conseguir ropa de abrigo—apuntó.
—No nos queda dinero.
—Pues tendremos que robar.

No tardaron mucho en encontrar un pequeño poblado, no muy lejos del pie de la montaña. Vrana aprovechó para apoderarse de unas pieles de carnero que alguien había dejado secar y sin vigilancia, mientras Knar rellenaba los odres de agua en un riachuelo cercano. Ambos agradecieron el cálido abrigo de la lana gruesa sobre sus cuerpos, y aprovecharon los restos de sus capas raídas para reforzar sus botas y evitar el frío en sus pies.

Aunque Vrana no había visto carteles en el poblado, prefirió evitar pasar cerca de Gilanulf, así que se separaron de la loma de la montaña para adentrarse en la tundra. La mujer pudo ver la ciudad desde la distancia, a los pies de las montañas. Era mucho más grande de lo que había imaginado.

—Mañana llegaremos a Arsgulf—le informó Knar dos días después de dejar atrás la capital.
—¿Estás seguro?—inquirió Vrana con cierto nerviosismo. Casi le parecía imposible que, de pronto, su destino estuviera tan cerca. Llevaban tantísimo tiempo caminando sin parar, atravesando casi todo tipo de parajes, entrando y saliendo de tantas situaciones; que a Vrana le costaba asimilar el concepto de que ya estaban al otro lado del mundo. 
—Sí, conozco muy bien esta zona. Ya estamos muy cerca—. Knar sonrió con seguridad, como si con esa sonrisa fuera a darle punto y final al largo y tedioso viaje.

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