Black in Limbo: Prólogo
Autor: Celica Soldream
Ambientación: Original, basada en Gabriel (película) y The Black Halo (foro de rol).
Ambientación: Original, basada en Gabriel (película) y The Black Halo (foro de rol).
El dolor es lo primero que recuerdo.
Alguien me dijo una vez que la existencia se basa en el dolor. Venimos al mundo en él, y nos vamos con él. Nos acompaña, nos hace fuertes, nos vuelve débiles, nos da miedo, o incluso, coraje. El dolor es algo que está ligado a la vida, a la carne, al espíritu. Hay muchas formas de llamarlo, e incluso, de darle forma. Y aún más maneras, casi infinitas, de experimentarlo.
Pero el dolor que yo recuerdo, no se parece a ningún otro. Ni siquiera tú podrías llegar a imaginártelo.
Mis primeros y agónicos minutos en el Limbo pasaron bajo una lluvia densa y continua. No sabría decir si era de día o de noche tras La Caída. Sólo que estaba muy oscuro. Estaba tirado en una especie de callejón, estrecho y maloliente. Me retorcía entre viejos bidones de gasolina y cubos de basura. Claro que, por entonces, yo ni siquiera sabía qué eran esas cosas. Por saber, no sabía dónde estaba, quién era, ni cómo me llamaba. No recordaba nada. No sabía nada.
En mi mente no había palabras, ni lenguaje. No experimenté aquello de un modo racional, en absoluto. Era pura sensación y sentimientos, puro caos, abrumador e intenso.
No comprendía qué era ver, sentir, oler, escuchar. Me sentía extraño bajo la humedad fría del agua, corriendo por mi cuerpo, desnudo y sangrante. No lograba identificar las imágenes excesivamente brillantes y molestas, los sonidos confusos y difusos a lo lejos, los relámpagos de la tormenta cegándome, los truenos dejándome sordo. No sabía por qué el olor nauseabundo a orín, mierda y basura, me hacía sentir mal y me retorcía el estómago, provocándome arcadas.
Y desde luego, no comprendía el dolor. Sólo podía sentirlo. Y era una auténtica tortura. Mis primeras palabras fueron gritos haciendo eco en las calles. Un niño recién parido en la agonía, alzando su llanto en la solitaria oscuridad. Así aprendí a reconocer mi propia voz.
De repente era consciente de que tenía pies y manos. Estaba encerrado en un cascarón hecho de músculo, piel y huesos, lleno de sensaciones confusas y apabullantes. Mis movimientos eran torpes, descoordinados. Quizá porque no sabía cómo realizarlos. O tal vez, porque el dolor me agarrotaba los músculos y me provocaba espasmos.
La tortura tenía su origen en mi espalda. A la altura de los omóplatos, tenía dos alas que temblaban presas de los mismos movimientos erráticos que el resto de mi cuerpo. No puedo describir con palabras cómo era aquel dolor. Y aunque pudiera, dudo que reflejara más de una décima parte de lo que realmente experimenté.
Sencillamente dolía. Era en lo único en lo que podía pensar.
No tenía noción del tiempo entonces. ¿Cuánto tiempo pasé así? ¿Minutos, horas…? A mi se me antojaron eras, bajo aquella lluvia cruel que entraba por mis fosas nasales y que, poco a poco, empezó a hacerme tiritar de frío.
Me dejé llevar, lenta e inocentemente, quedando en un estado de abotargamiento. El dolor no remitía, pero yo me había quedado demasiado débil como para seguir soportándolo. Los destellos y las luces empezaron a volverse borrosas. La lluvia se convirtió en un murmullo constante en mi cabeza. La humedad empezó a sentirse como un abrazo empalagoso y húmedo, calándome hasta los huesos. Bajo mi cuerpo tembloroso, la sangre se mezcló con los charcos del asfalto. Mi conciencia, poco a poco, comenzó a oscurecerse. Y cuando ya fui casi incapaz de distinguir nada tras mis párpados entrecerrados…

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