Black in Limbo 1: Dolor inimaginable

Mephisto




Muchos interpretan “La Caída” como la precipitación literal de un ángel desde el Cielo hasta el mundo terrenal, después de haber perdido la gracia de Dios. Una patada en el culo de proporciones divinas. Si tal cosa fuera así de cierta, podría asegurarte dos cosas:  
Una: que gracias a Dios no llueven ángeles del Cielo, porque de lo contrario no habría paraguas que nos protegiera de la pecaminosa tempestad de la que se suele dar parte ahí arriba.  
Dos: que muchos caídos hubiéramos deseado que el proceso fuera así de simple. 

No hay necrosis en las alas, por el momento. — La voz de Abraxas podía resultar realmente gélida sin que se lo propusiera. Igual que su expresión facial, que reflejaba la misma capacidad emocional que un ladrillo. ¿Si no fuera ciego, expresaría más? Yo, personalmente, lo dudaba. — Deberíamos amputárselas ahora, antes de que empiecen las úlceras. — Alegó, lavándose las manos, negras por los tatuajes, de restos de plumas y sangre. 
¿Por qué? No hay necrosis, lo acabas de decir. — Le respondí yo. A su lado, mi voz calmada y jovial era la alegría de la huerta. Bien pensado, tampoco había que tirar la piedra lejos para eso… 
El dolor ha empezado. Es sólo cuestión de tiempo. — Ladeó levemente la cabeza, mirando al caído tendido en la cama. El pobre diablo sudaba, tiritaba y respiraba agitadamente bajo las sábanas. A través de sus pupilas cubiertas de aquella reveladora niebla blanca esperé encontrar, al menos, un atisbo de curiosidad. Pero me llevé un chasco. No obstante, sí que me sorprendió su pregunta consiguiente: — ¿Disfrutas viéndolo sufrir? 

Logré bajar las cejas del asombro y esbozar una media sonrisa. — Sabes que no. — Dije con tranquilidad. 
No entiendo, entonces, qué lógica tiene alargar su dolor. Incluso inconsciente, sufre. — Prueba de ello fue el gemido ahogado que el interpelado dejó escapar entre dientes mientras hablábamos. 
Uhh… ¿No me digas que te está dando lástima? — Alegué, alzando una de mis finas cejas. 
Él me es indiferente. — Lo dijo con un tono tan monocorde que no me quedó más remedio que creerle. — Sólo digo que, viniendo de ti, no es lógico,
No me estoy basando en la lógica. 
¿Entonces en qué te basas, Mephisto? — Abraxas apartó por fin su ceguera del muchacho, y la clavó impasiblemente en mi. Seguí sonriendo, sabedor de que él me veía hacerlo, a su manera. 
 — Tengo una corazonada. — Respondí simplemente, sin dar más detalles. 
Ya. Y yo cosas más importantes que hacer. — Determinó él. ¿Adiviné un suspirito hastiado saliendo de su nariz? — Cuando te canses de experimentar con él, avisa a Uqbah para que realice el procedimiento habitual. — No sonó especialmente imperativo, pero hasta yo sabía que era mejor no abusar de la paciencia de Abraxas. Aún sí, escuchar el nombre de su subordinado no me supuso ninguna alegría. 
Ay, no… ¡Uqbah! - Saqué la lengua haciendo un mohín. — ¿No puedes enviarme a otro que no sea un aspirante a aguafiestas profesional? 
¿Que sea capaz de pasar tus extravagancias sin usarlas en tu contra? - Casi sonrió. Casi. — No. 

Abraxas se fue, dejándome sólo con el caído convaleciente. Me senté en uno de los sillones de desgastado cuero rojo, crucé los dedos de las manos sobre el regazo, una pierna sobre la otra, y esperé. 

Me he saltado la parte en la que explico cómo yo mismo encontré al pobre desgraciado que ahora reposaba en la cama. Presentaba parte de los síntomas propios de los ángeles tras caer: sin ropa, tirado en el suelo, lleno de sangre, restos de plumas por todas partes, y chillando de dolor como un cerdo en el matadero. Hasta con lluvia como telón de fondo, todo muy pintoresco. No se podía pedir un escenario mejor para venir al mundo sufriendo el dolor más atroz e inimaginable. Sí, inimaginable. O sea, deja de intentar imaginártelo, porque no se puede. 

No obstante, hubo un síntoma que no encontré en aquel caído en particular. Un síntoma que por desgracia yo conocía demasiado bien, y que eché en falta desde el minuto cero. Esa falta era la que el mismo Abraxas había puesto en evidencia, tras examinarlo. Y la que había llamado notoriamente mi atención. 

Por ese, entre otros motivos, había decidido traerlo a mi propia casa. Por eso había llamado a Abraxas. Aunque su visita no hubiera sido tan fructífera como esperaba…

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