Vrana XIV: Invitados de honor
Tras la última línea de bosque, lo que esperaba a Knar y a Vrana era una larguísima llanura que se extendía hasta los pies de las lejanas montañas Gundir, cubierta casi por entero de aquella calima propia de los pantanos a la que Vrana ya empezaba a acostumbrarse. El clima se humedeció drásticamente. Los días de calor se volvieron bochornosos, y los días que no salía el sol dejaban que el frío les calara las ropas casi por entero. Los días, en general, se volvieron muy largos y agotadores. Caminaron sin parar por el engorroso cenagal hasta que se les llenaron los pies de ampollas. Al principio, debido a las heridas que Vrana sufrió el combate con Éunor, se vieron obligados a parar más repetidamente.
Knar ayudaba a Vrana a limpiar y vendar sus heridas con lo que les quedaba del equipo médico que la mujer robó del hospicio. Y a cambio ella le cosía la ampollas con aguja e hilo para que no le dolieran tanto al caminar. Durante aquellos días, Knar casi no había vuelto a hablar. Se mostraba taciturno y esquivo. Hasta que, en uno de aquellos descansos, la mujer no aguantó más:
—¿Vas a decirme de una vez a qué viene esa cara?
—... Pues es mi cara—espetó él, mientras terminaba de vendarla. Vrana enarcó una ceja.
—¿Estás enfadado?
—No.
—Estás enfadado—. Vrana usó un tono condescendiente que hizo que Knar la mirase como si fuera a protestar. Pareció pensárselo mejor, sin embargo, y agachó la cabeza antes de preguntar:
—¿Por qué no le mataste?—. Obviamente se refería a Éunor.
—Sentí que no era el momento de hacerlo—contestó ella, tras meditar unos segundos.
—Yo hubiera dicho que era el momento perfecto, pero bueno...—se encogió de hombros.
—¿Por eso estás enfadado? ¿Porque le dejé con vida?—. Vrana buscó su mirada para que no la evitara—. ¿O porque piensas que me dejaste sola en la pelea?—. Knar se puso tenso. Las mejillas se le encendieron y Vrana supo que había dado en el clavo. El chico apretó nerviosamente los puños.
—Todo pasó tan rápido que... No supe reaccionar, no sabía qué hacer. Me entró miedo—. Habló tan rápido que Vrana temió que se mordiera la lengua en el proceso—. Lo siento mucho...
—Knar—. Vrana le puso las manos en los hombros, interrumpiendo su acelerado discurso—. Si hubieras intervenido, Éunor te hubiera utilizado para chantajearme. Tú mismo me dijiste que no eras rival para él, y además, si gané fue en parte gracias a tu armadura—sonrió, ladeando levemente la cabeza—. Hiciste lo correcto quedándote atrás.
—Ya, pero...
—Knar, no tienes que sustituir a Íofur, ¿lo entiendes?—. El chico la miró, boqueó como si fuera a decir algo, pero finalmente apartó la vista y asintió—. Necesito que me ayudes, no que me protejas de todo. Y ya me ayudas mucho.
Knar dibujó una sonrisilla tímida y asintió. Aquella conversación pareció alejar un poco los nubarrones de su ánimo, y se mostró algo más animado en los días sucesivos.
Durante el viaje, Vrana empezó a ser consciente de ciertas partes de su propio carácter que no conocía. No sólo había pensado largamente en la entereza y la determinación que había mostrado durante su combate con Éunor. También se dio cuenta de que poseía una voluntad fuera de lo común, que hacía que el pobre Knar sudara tinta para seguir sus pasos a través de los cenagales. A pesar de que el muchacho no lo estaba pasando nada bien, entre los músculos agarrotados y el dolor de las ampollas, nunca protestaba y se esforzaba todo lo que podía en no quedarse rezagado. No podía negarse que le echaba mucho valor.
Cada vez que paraban por la noche para descansar, Knar caía rendido sobre su capa de viaje, y Vrana se encargaba de buscar comida y encender el fuego. Aquella zona estaba bastante despoblada, y sin el acoso constante de Éunor, podían tener al menos la seguridad de que nadie les seguiría a través de los pantanos.
Un día se pararon para ver el combate desesperado entre un caimán y una serpiente de varios metros de longitud. Fue impactante para los dos, pero sobre todo para Knar, ver cómo la desesperada serpiente trataba de envolver al caimán en su abrazo con el objetivo de estrangularle. Pero finalmente la poderosa mandíbula de su enemigo ganó la batalla, destrozándola y devorándola en cuestión de minutos. Fue una brutal lección sobre la naturaleza.
Al día siguiente Knar empezó a vomitar a comenzó a sufrir un fiebre bastante alta. Vrana reconoció los síntomas que ella misma había sufrido en su viaje hasta Bune. Aunque el muchacho insistió una y otra vez en que podía seguir adelante a pesar de ello, Vrana comenzó a preocuparse seriamente por su salud. Por ello, desviaron su rumbo hacia una granja que habían avistado el día anterior. Aunque les pillaba de camino, habían preferido evitar las zonas pobladas. Pero dadas las circunstancias, Vrana pensó que no tenían más remedio. Además, estaban empezando a quedarse sin agua limpia.
Cuando se acercaron a la granja, no tardaron en descubrir que en realidad se trataba de un aserradero a los pies de una colina baja. Ésta estaba parcialmente cubierta de árboles, ya que la mitad habían sido talados. Sólo había un edificio relativamente grande, así que calcularon que no debía de vivir allí más de una familia. Vrana se sintió cada vez más incómoda a medida que se acercaban, y no tardó en adivinar que era por la visión de los árboles cortados sin ningún cuidado ni consideración.
Dos personas descansaban junto a un tocón, aparentemente un padre y su hijo mayor, probablemente de la misma edad que Knar. No tenían las hachas a mano, seguramente estaban descansando.
Vrana y Knar se les acercaron sin prisa, dejando que les vieran llegar.
—Sólo somos viajeros, no pretendemos molestar—. Les dijo Vrana cuando ya estaban más próximo, intentando mantener una actitud conciliadora. No quería repetir el episodio del granjero chillando auxilio—. Mi... hijo está enfermo, necesitamos un sitio seco para dormir y algo que le baje la fiebre—señaló a Knar con la mirada. Al mirarle de reojo, vio cómo sonreía al oír como ella le llamaba "hijo"—. Les pagaré, si es lo que quieren.
Padre e hijo intercambiaron una mirada. Vrana detectó que estaban asustados y algo confundidos. La incomodidad de la mujer aumentó, aunque quiso suponer que se debía al aspecto que tanto ella como Knar debían tener, y al hecho de ir claramente armados. Probablemente aquella gente no estaba demasiado acostumbrada a que la gente de fuera perturbara su pacífica vida muy a menudo.
Finalmente, el padre asintió y les hizo un gesto para que les siguieran al interior de la casa.
—Sí, claro, claro, sin ningún problema—. Vrana tuvo la sensación de que la reacción del hombre estaba siendo un poco exagerada. Tampoco le gustó la mirada afilada que le dirigió el hijo.
Miró a Knar mientras les seguían hacia el interior, queriendo compartir con él la sensación de que aquello no le estaba dando buena espina. Pero el chico parecía encantado de pensar en dormir en algo mejor que el suelo por una vez, y en la posibilidad de comida caliente.
Al entrar, Vrana reconoció que aquella gente era míseramente pobre. Casi se sintió culpable por pedirles asilo. En la sala principal se encontraron con una mujer menuda y regordeta, junto a dos chicas jóvenes y no muy agraciadas, que claramente eran sus hijas.
—Niñas, id a preparar una habitación para nuestros... invitados de honor—. El padre hizo un gesto con las manos, para que no rechistaran y se fueran a toda prisa. Éstas se miraron con una expresión similar a la que Vrana había visto compartir al padre y al hijo, y obedecieron a toda prisa.
—¿Invitados? Pero si...
—¡Calla mujer!—. El padre interrumpió a su esposa—. ¿No ves que están cansados? Tenemos que demostrar nuestra hospitalidad.
La mujer no dijo nada más, y se limitó a seguir con sus labores. Vrana quiso insistir en que no era necesario que se tomaran tantas molestias por ellos. Pero pensó en que podía haber una forma mejor de compensarles. Salió a la entrada de la casa, concentró sus energías en los árboles que había a los lados del camino, y éstos se llenaron inmediatamente de frutos jugosos y maduros. Los tres miembros de la familia que se habían quedado para verlo quedaron maravillados ante aquel milagro, y compartieron aquellos frutos durante la cena.
Ésta transcurrió tranquila y sin mucha conversación. Lo poco que hablaron fue banal y superficial, y Vrana y Knar no tardaron en excusarse para ir a descansar. La mujer le entregó a Vrana una infusión de olor denso antes de retirarse.
—Para la fiebre—fue lo único que dijo. Parecía tener prisa porque Vrana lo aceptara, porque en cuanto lo cogió se dio la vuelta sin dejar que ella pudiera darle las gracias.
La "habitación" era en realidad una manta que habían colocado a modo de cortina sujeta por una cuerda, para dar sensación de intimidad, en un rincón de la sala. Sólo había un colchón, en el que Knar se derramó como cera derretida. Vrana se acurrucó a su lado, de espaldas a él. No tardó en oírle roncar suavemente, y esbozó una media sonrisa al pensar en el esfuerzo que estaba haciendo por ella.
Ella, sin embargo, no tuvo la misma facilidad para encontrar el sueño. La familia poco a poco se retiró y fue apagando todas las luces, salvo las de las ascuas del fuego, que siguieron prendidas durante la noche.
Vrana se quedó sumida en una duermevela inquieta, que se vio interrumpida por las voces que empezaron a murmurar al otro lado de la cortina.
—Necesitamos el dinero—. Vrana reconoció la voz del hijo mayor. Era el único al que no había oído hablar hasta el momento—. Lo necesitamos para la dote.
—Ya, pero, hijo...—murmuró el padre.
—Si no, Ilya no se casará nunca. ¿No ves que se le está pasando el arroz? Ya tiene dieciséis años...
Vrana se removió silenciosamente y despertó a Knar. Le indicó con gestos que se levantara y cogiera sus cosas sin hacer ruido.
—¿Estás seguro, hijo?
—Ya te he dicho que sí. Lo vi en el pueblo. Es ella...
La cortina se descorrió súbitamente, y Vrana vio cómo los dos padres y el hijo se habían agazapado al otro lado, con la intención de echárseles encima mientras dormían. El hijo estaba armado con una horca y el padre con un hacha. La mujer, al verla, chilló con nerviosismo y se apresuró a coger un cuchillo por el lado que no era, cortándose en el proceso. A todos les temblaban las manos y se les reflejaba el miedo en el rostro. El padre hizo un amago de ataque poco convencido, que ella esquivó sin apenas esfuerzo. El hacha se clavó en la pared de adobe, y se quedó ahí atascada. El hombre reculó, totalmente aterrorizado, probablemente arrepintiéndose de su error.
—No vuelvas a hacer eso—. Vrana habló con tranquilidad, pero con un tinte amenazante que hizo que el padre se quedara lívido.
—Eres... ¡eres Vrana!—. Su hijo se aferró al mango de la horca, como si eso fuera a infundarle más valor o algún tipo de fuerza divina.
—¿Y qué si lo soy?—. Espetó ella.
—Tú... ¡tú mataste a cien dormenios!
—¿Cómo dices?—. La mujer parpadeó con incredulidad. Intercambió una mirada con Knar, pero él se limitó a encogerse de hombros. Volvió a observar de nuevo al hijo, al cual seguían temblándole las manos—. Supongo que los rumores son más interesantes que la verdad.
—¡Lo he visto en los carteles!—. Insistió el joven, y meneó la horca intentando mostrarse amenazador. No lo consiguió—. No te defiendas y... y... ¡y no te pasará nada!
—¿Quieres jugar a las amenazas, muchacho? Bien—. Vrana estrechó los ojos y le atravesó con la mirada—. ¿Has visto cómo he hecho crecer los frutos de los árboles de tu entrada? Con la misma facilidad puedo hacer que esos árboles tiren tu casa abajo, con toda tu familia dentro—. Casi vio cómo el miedo le dilataba las pupilas—. Tira eso. Ahora.
El joven obedeció y dejó caer la horca al suelo. Acto seguido se derrumbó de rodillas en el suelo y comenzó a suplicar clemencia. Las dos hijas salieron al escuchar el escándalo, y se llevaron las manos a la boca, reprimiendo gritos de espanto. Vrana se sintió mal y poderosa al mismo tiempo. Fue una sensación agridulce que no supo cómo interpretar.
Le hizo un gesto con la cabeza a Knar, indicándole que se dirigiera hacia la salida, y ella le siguió dedicándole una última mirada indignada a toda la familia.
Ya en el exterior, mientras Knar se lamentaba de abandonar el lugar sin haber descansado todo lo que le hubiera gustado, Vrana detuvo el paso cuando ya se había alejado algunos metros de la casa y miró atrás. Toda la familia se encontraba arremolinada en el umbral de la entrada.
—¿Y te preguntas quién se casará con tu hermana siendo la hija de un pobre leñador?—. Vrana increpó al hijo mayor—. Pregúntate mejor quién querría casarse con la hermana de un pobre perro desagradecido.
Dicho esto, Vrana dejó ir su cólera con su energía interna y alzó una mano con los dedos engarfiados, Del suelo brotaron raíces y ramas llenas de espinas que bloquearon por completo la entrada de la casa. Les oyó gritar, espantados, al verse enjaulados dentro de su propia casa. Seguidamente reanudó la marcha sin mirar atrás.
—¿Por qué has hecho eso?—le recriminó Knar, siguiendo sus pasos.
—Para que no nos sigan—. Vrana habló sin mirarle, aún con la voz tensa por la rabia contenida. Incluso su paso se había vuelto más vehemente de lo normal—. El hijo ha mencionado un pueblo por aquí cerca. Si ya hay carteles con mi cara, prefiero que tarden en ir a dar la alarma.
—Si hablaban de dinero, supongo que habrá una recompensa.
—Evidentemente.
—Pero... Pero no vas a echarle la casa encima a esa gente...—. Knar tragó saliva con nerviosismo—. ¿... Verdad?
—Claro que no. Sólo era un farol—. Vrana aflojó el paso y miró a Knar por encima del hombro, dedicándole una sonrisa cansada.
Lo cierto era que aquello había consumido sus últimas energías, y ahora volvía a notar el peso del agotamiento sobre sus hombros. No había sido algo muy premeditado, tenía que admitirlo. No esperaba dejarse llevar por la ira de aquella manera. Aquella era otra parte de sí misma que desconocía y que le daba... miedo. Igual que a Knar.
Suspiró. Retrasó un poco el paso para ponerse a la misma altura que él y poder posar así una mano sobre su hombro.
—Lo siento, me temo que a partir de ahora nos tocará dormir al raso y sin fuego.
—No hay otro remedio, supongo—. El chico se encogió de hombros. No podía decir mucho en plena noche, pero al parecer la infusión de la mujer había hecho su efecto y ahora Knar lucía mejor aspecto—. Tranquila, estaré bien.
—Oye, ¿tú sabes qué ha querido decir con eso de que yo he matado a cien dormenios?—preguntó ella de repente. Knar se encogió de hombros.
—Sinceramente, no tengo ni idea.
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