Vrana IX: De paso por Bune



Vrana devoró con ansia el caldo que le sirvieron en la mesa que compartía con el viejo Rand. El plato en sí era bastante pobre, cualquiera notaría que habían recocido el mismo hueso hasta exprimirle la última gota de sabor, y que habían intentado darle sustancia con algunos mendrugos de pan duro. Pero para ella fue todo un manjar.

Nada más entrar en la taberna, el temor a llamar demasiado la atención debido a su aspecto pasó a un segundo plano. El lugar estaba casi más guarro que ella, y olía intensamente a cerveza, comida grasienta y mucha humanidad. Pero había un fuego crepitando en el centro de la sala, y eso para Vrana era más que suficiente. Casi había olvidado lo que era sentir el calor, o lo maravillosa que podía resultar la presencia del fuego a su lado.

El viejo Rand no comía nada, tan sólo mantenía llena una jarra de hidromiel con la tranquilidad propia de quien sabe que no le cobrarán por ella lo mismo que al resto.

—Tranquila muchacha, o tu estómago echará todo lo que metas ahora por comer con tanta prisa—rió él. Cada vez que lo hacía, sonaba como si aplastara insectos en su garganta.
—Gracias—. Vrana se había dado cuenta de que, aunque lo intentara, no lograba imprimirle personalidad a su voz. Aunque hubiera mejorado un poco su suerte, seguía manteniendo esa sensación desolada en el corazón, y esa misma desolación impregnaba sin querer cada una de sus palabras.
—Supongo que estás de paso por Bune. ¿Hacia dónde te diriges si puedo preguntar?—preguntó el viejo, ávido de conversación.
—Hacia el Oeste. ¿Sabes si aún quedan demasiado lejos las montañas Gundir?
—¡Huy!—. El hombre dio un respingo y abrió tanto sus ojos medio cegados por las cataratas que casi se le salieron de las cuencas—. Nunca he estado allí. Por lo poco que tengo entendido, sí que están muy lejos de aquí, sí...
—Ya veo...—Vrana bajó la mirada al plato, ya vacío. Hubiera querido sentir desazón ante la noticia, pero una vez más, no sintió nada en especial. Sólo la certeza de que aún le quedaba mucho por andar.— ¿Y me sabrías decir a cuántas jornadas de viaje está Bune de Casfania?
—Hmmm... A unas cuantas, si sigues el camino del río—. El viejo se mesó la barba y desvió la mirada hacia el techo—. Para que me entiendas, nosotros recibimos la visita del recaudador una vez al mes o así. No recibimos muchas noticias de allí. Diría que ya tenemos bastante con nuestros propios problemas aquí...
—¿Tenéis problemas?—Vrana enarcó una ceja levemente. El viejo miró en derredor antes de hablar, bajando tanto el tono que incluso a ella le costó entenderle.
—Bandas y delincuentes. Llevan ya tiempo moviéndose por el pueblo, encargándose de las mujeres...
—¿Mujeres?
—Prostitutas.

En ese momento, un hombre de aspecto desaliñado y al que le faltaban varios dientes irrumpió en la

—Vaya con el viejo Rand, ¡qué bien sabe escoger las compañías!—se carcajeó. El aliento le apestaba a alcohol, y a la vista saltaba que estaba completamente ebrio—. No te importará que te la robe un ratito, ¿verdad viejo?

El tipo se sentó sobre la mesa, a punto de tirar la jarra de Rand y colocándose justo entre ambos, de tal forma que Vrana perdió totalmente el contacto visual con el anciano. Sus ojos violáceos se cruzaron con los del borracho. El hombre tenía una constitución respetable y fuerte, y estaba armado. La mujer miró alrededor, echándose hacia atrás para intentar evitar su hedor. Y eso que ella tampoco olía precisamente a rosas...
No vio a nadie acompañando al matón, al parecer había decidido emborracharse solo. Hasta ahora.

—Bueno, entonces... ¿cuánto?
—¿Cómo dices?—inquirió Vrana, dedicándole una mirada asqueada.
—¡Venga! No te hagas la estrecha, que te he visto pidiendo en la calle esta misma tarde—. El tipo le agarró el mentón a la mujer, hincándole las uñas de roña en la piel. Deslizó una mirada lasciva por su cuerpo medio desnudo y se pasó la lengua por los labios—. Tú estás necesitada de dinero y yo... de otras cosas. ¿Por qué no ponemos intereses en común, eh?

Vrana reaccionó con rapidez, movida por la repulsión que le provocó su contacto físico. Desenfundó el cuchillo del cinto y lo apoyó sobre la entrepierna de aquel pobre desgraciado. Éste tardó un poco en parpadear y poner cara de asombro. Iba más borracho de lo que parecía.

—Si vuelves a tocarme, vas a estar necesitado "de otras cosas" el resto de tu vida—siseó ella, poniéndose en pie. Por fin parecía haber salido de aquel estado apático, viéndose inundada por la furia impotente que había contenido todo aquel tiempo y que ahora emergía, avivada por las intenciones de aquel patán—. No quiero compartir nada contigo.
—¡Tsh!—. El hombre se apartó, levantándose de la mesa. De pronto su expresión deseosa se vio sustituida por una mezcla de asco y rabia—. ¡Deberías agradecer mi interés, perra malparida! Con esa cara que tienes ningún otro hombre se te acercaría...

Vrana no le contestó. Sólo siguió señalándole con el cuchillo hasta que el hombre se alejó, y se dirigió hacia la puerta de la taberna, gruñendo y farfullando.
La mujer echó entonces el aire que, hasta el momento, había estado conteniendo en los pulmones. Debía reconocer que por un momento había pasado miedo. Pero en su ira, había encontrado un aplomo que no se habría esperado de sí misma.
Bajó el cuchillo despacio, sabiéndose observada por los presentes en la taberna. Se sentó, dejando que la atmósfera volviera a llenarse con barullo y que los parroquianos volvieran a meterse en sus asuntos. Vrana se quedó mirando al viejo, quien hizo el amago de abrir la boca para decir algo.

Mas fue otra voz la que atrajo su atención:

—Me alegra ver que Vrana de Arsgulf sigue mantienendo su dignidad—. Vrana dio un respingo en el sitio y miró hacia atrás sin reprimir una expresión de sorpresa.

Se encontró con un muchacho de cabellos rubios y un rostro pecoso e indudablemente atractivo. Sonreía, achinando levemente unos ojos azules y vivaces. Vrana le estudió de arriba a bajo. A pesar de ser tan sólo un adolescente, la superaba en altura, y su constitución, aunque delgada, estaba fibrada y bien entrenada. Llevaba un peto de cuero y una espada visible en el cinturón.
Alegeándose de no haber bajado el cuchillo, Vrana volvió a alzarlo, señalándole con evidente desconfianza.

—¿Quién eres? ¿De qué me conoces?—. El chico perdió la sonrisa casi de inmediato, y en su lugar adquirió una expresión extrañada.
—¿Cómo que quién soy? ¡Soy Knar!—. Vrana se le quedó mirando, frunció el ceño y negó con la cabeza. Era obvio que no lo recordaba. El chico le dedicó una mirada profundamente decepcionada—. Soy tu hijo adoptivo.
—¿Qué...?
—Bueno, creo que será mejor que me vaya—. El viejo Rand se levantó de la mesa con una urgencia repentina. Vrana se giró hacia él, temiendo haberle ofendido de alguna manera. 
—¡Espera! Déjame darte las gracias por...
—Sí, sí, no te preocupes, de nada...

El viejo hizo un aspaviento con la mano y se marchó con evidente prisa. Vrana se sintió un poco mal por él, imaginando lo incómoda que debía de haberle resultado la situación. Pero a fuer de ser sincera, su atención la empujaba más fuertemente a centrarse en Knar.
El chico, de la misma forma, no parecía muy importunado por la reacción del viejo. Sólo parecía tener ojos, unos tristes ojos, para Vrana.

—¿En serio... no me recuerdas?
—No... Lo siento, pero no—. Vrana no sabía qué decir. 
—¿Y a los demás tampoco? ¿Ni a Vranjorn?
—¿Vranjorn?
—Tu hijo, Vrana—. Knar parecía mantener la esperanza de que aquello le hiciera reaccionar de alguna manera. Indudablemente lo hizo.
—Yo tengo un hijo...

La mujer comenzó a respirar con dificultad, sintiendo que el vacío del olvido se la tragaba como un pofundo océano. ¿Cómo podía haber olvidado algo así? ¿Por qué Íofur no le había mencionado antes que tenía una familia? Dejó caer el cuchillo de la mano. Éste rebotó contra el suelo con un sonido amortiguado y lejano. Knar se volvió borroso ante sus ojos. Le oyó decir algo, pero no le entendió.
Todo se volvió negro.

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